IA, la última promesa de un mundo escaso.
La inteligencia artificial ha triunfado manipulando todos nuestros miedos a perder el control, a ser reemplazados, a quedarnos atrás.
Abra usted el capó de su automóvil. Asómese al motor. ¿Lo comprende? No, pero quizá siga observándolo un buen rato a la espera de una revelación. Abra ahora el capó del mundo, asómese a ese revoltijo de calamidades y explosiones de júbilo que lo componen. ¿Lo comprende? No, pero continúa inclinado sobre él, a ver qué pasa. Es lo que hacemos cada vez que abrimos el periódico: ver qué pasa, de dónde rayos procede ese ruido semejante al del coche cuando está a punto de fallar.
— Juan José Millas, ‘¿Hay o no hay avería?’, El País
La semana pasada, a raíz de este post donde yo argumentaba que el mundo debe elegir la abundancia para acabar con el odio, Daniel Arjona escribió una revisión de las propuestas del incipiente abundantismo que terminaba con un cuestionamiento: ¿Es compatible la abundancia con el consumo disparado de energía eléctrica de la IA? ¿o los abundantistas terminaremos estrellándonos con esa “realidad termodinámica” de la tecnología nada más salir de boxes?
Y yo no creo que la IA vaya a frenar la abundancia. Pero me parece que la pregunta da en un clavo tan profundo que no puedo evitar meterme en este charco. La dicotomía entre la escasez que promete la IA y la abundancia apunta directamente a la razón por la que el siglo XXI se siente como un coche al que se le hubiera averiado el motor sin que podamos encontrar la causa.
Este artículo intenta explicar por qué funcionan las promesas de la escasez y cómo los artífices de la IA han conseguido que se convierta en la mejor y, quizás, en la última que nos hagamos.
Los dos dioses del capitalismo
Los seres humanos siempre nos habíamos prometido un futuro de abundancia. Desde donde alcanza la memoria histórica y hasta hace unos pocos años, creímos en el paraíso. En la ‘salvación’. En una existencia más allá de la escasez y de las miserias terrenales. Incluso aunque tuviera que ser tras la muerte.
Así que cuando el capitalismo ocupó el lugar de la religión en el orden moral, se empeñó con mucho esmero en mantener intacta esa promesa:
«Es la gran multiplicación de las producciones de todas las artes distintas, como consecuencia de la división del trabajo, la que provoca, en una sociedad bien gobernada, esa opulencia universal que se extiende hasta los estratos más bajos del pueblo. Cada trabajador dispone de una gran cantidad de su propio trabajo más allá de lo que él mismo necesita; y dado que todos los demás trabajadores se encuentran exactamente en la misma situación, puede intercambiar una gran cantidad de sus propios bienes por una gran cantidad —o, lo que viene a ser lo mismo, por el precio— de los bienes de los demás.»1
El dios del capitalismo —que ya no se llamaba Allah, ni Jehova, sino “división del trabajo” y “mano invisible” del mercado— también prometía una versión moderna del paraíso. Un futuro de opulencia para todos los hombres.
Esa coincidencia fue la que nos permitió alcanzar la Edad Contemporánea sin dejar de creer. Usando la misma cosmovisión que nos había guiado durante milenios: los seres humanos, si actuamos de manera virtuosa, podemos ganarnos el cielo. Los impuros, los herejes y los infieles tendrán un merecido castigo en el infierno (o en la pobreza). Zanahoria y palo.
Pero el capitalismo trajo, quizás sin darse cuenta, una mutación profunda de ese principio ancestral. El nuevo orden no abolió a Dios: pero sí lo partió por la mitad. Desde entonces le rezamos a dos divinidades distintas: una que promete abundancia y otra que anuncia escasez.
El dios de la abundancia: la cadena de montaje
El dios favorito de Adam Smith era la “división del trabajo”. El escocés estaba fascinado por la organización humana y la potencia inagotable de la industrialización para disparar el progreso material. Su divinidad era un ser de abundancia. Uno que multiplicaba todo lo que tocaba. “Si un obrero, por su cuenta, puede hacer quizás 10 alfileres al día”, decía Smith”, en una cadena de montaje podrá hacer miles”. La industria era el milagro moderno de los panes y los peces.
Pero para que esos obreros llegaran al paraíso, necesitaban que su trabajo fuera remunerado. Que alguien le viera el valor a su producto y quisiera intercambiarlo por el fruto del trabajo de otros. El dios de la productividad, por sí mismo, no podía cerrar el círculo. Necesitaba otro dios: el del mercado. Y este, a diferencia del de la producción industrial, era un dios de la escasez.
El dios de la escasez: el mercado
Un bien solo puede tener un precio si su acceso no es libre: si es escaso. Para que yo quiera comprar algo a otra persona, ese bien no puede estar disponible para mí sin pagar. Según la teoría económica, su consumo debe ser rival: o lo consume el comprador, o lo consumo yo. Solo así podemos intercambiarlo. El mercado es, en esencia, el mecanismo mediante el cual ambos nos ponemos de acuerdo sobre su precio.
Los bienes escasos —como los coches, las lavadoras y los discos de vinilo— son fáciles de intercambiar en los mercados. Pero cuando los bienes son abundantes —como la luz de las farolas o la salud pública— es imposible cobrar por ellos. Por eso los mercados no son capaces de proveerlos. Tanto es así que hasta los teóricos más aguerridos del capitalismo acabaron apoyando la creación del Estado moderno para hacerse cargo de algunos de ellos.
(En este artículo y en este otro explico esto con mucho más detalle).
La esquizofrenia del capitalismo
Así, el capitalismo ha existido desde que nació en una auténtica esquizofrenia; en una batalla sin cuartel entre sus dos grandes dioses. Por una parte, promete que la organización humana puede hacer los bienes abundantes. Por otra, necesita que los bienes sigan siendo escasos para que los mercados sigan existiendo.
La consecuencia es que nuestro sistema económico, sobre el que hemos depositado el futuro de la sociedad, avanza desde sus inicios devorándose a sí mismo. Las industrias nacen, crecen y se reproducen volviendo los bienes cada vez más abundantes. Pero cuanto más abundantes se vuelven los bienes, más se devalúan en el mercado. Hasta que un día, empujadas por sus propias mejoras e innovaciones, su producción se vuelve omnipresente (se ‘comoditiza’) y deja de ser rentable. Así, las industrias se vuelven a sí mismas innecesarias y terminan desapareciendo.
¿Cómo pudo sobrevivir el capitalismo durante 200 años en esta tensión? ¿No debería haber desaparecido? ¿No debería haber explotado como una supernova, de puro éxito? Esto es algo que quizás deberían haber pensado más en el siglo XX pero, oye, nadie pregunta de dónde sale el maná que cae del cielo. Así que mientras la economía funcionó a pleno pulmón, a nadie le pareció que esto fuera un problema. Al contrario, un economista muy famoso, Joseph Schumpeter, tuvo una idea para explicarlo y le puso un nombre tan catchy que nadie quiso nunca más cuestionarlo. El motor del capitalismo era la “destrucción creativa” de la economía.
La magia de la “destrucción creativa”
Las industrias viejas, al desaparecer, liberaban trabajadores y capital a la atmósfera económica. Ese excedente, con el tiempo, se convertía en un caldo de cultivo del que nacían nuevas industrias más innovadoras, más productivas, capaces de absorber ese empleo y ese capital en mejores condiciones. Así es como el coche sustituyó al caballo, el petroleo, al carbón y el motor eléctrico al de vapor. El capitalismo era mágico. La abundancia de una cosa creaba nueva escasez en otro lugar y todo —la cadena de montaje y el mercado— seguía su curso.
Es fascinante. Porque eso fue en 1942 y desde entonces nadie ha logrado demostrar nunca que esa relación exista de verdad; nadie ha podido identificar el mecanismo por el que la destrucción de unas industrias produce otras. La “destrucción creativa” nunca dejó de ser una teoría. Una hipótesis. Un relato. Y, sin embargo, a finales del siglo XX ese relato orientó la política económica, justificó la desindustrialización forzada de Occidente, desplazó poblaciones enteras y transformó la fisonomía de los países en nombre de la ‘reconversión’ industrial.
Justo al tiempo —ya es mala pata— en que se hizo evidente que había dejado de funcionar. Aquel motor del capitalismo había girado unos 225 años cuando, hace 25, se gripó y se detuvo.
Desde entonces, desde el cambio de milenio, la destrucción creativa de la economía brilla por su ausencia. Las viejas industrias —como el comercio local, el correo postal, las agencias de viajes, los kioskos— siguen muriendo. Pero las nuevas que deberían nacer no producen ni tanto empleo, ni tanta economía como para compensar las pérdidas de las que desaparecen a su paso. Como consecuencia, las economías occidentales comenzaron a estancarse a finales de los 90.
La burbuja que no cesa
Entonces los países iniciaron una huida hacia adelante que dura ya 25 años. Primero, se entregaron a los cantos de sirena de las ‘puntocom’. Confiaron en que Internet iba a producir esa revolución de la productividad que estaban esperando. No ocurrió. En su lugar, cuando estalló la burbuja, la Reserva Federal americana comenzó a aplicar la receta que nos ha traído hasta aquí: insuflar dinero artificial a la economía (estímulos monetarios) para que no terminase de pararse y mantenerla con vida hasta que llegara la prometida revolución de la tecnología que nos devolvería a la senda del crecimiento.
Pero eso tampoco ocurrió. En su lugar, todo ese dinero fresco encontró acomodo en el mercado de las hipotecas y produjo una segunda burbuja, que explotó en 2008. Y aunque de aquellas el mundo empezaba a ser muy consciente de que algo más grave que una simple crisis estaba ocurriendo, la receta fue la misma: más liquidez para reactivar una economía que llevaba en parada cardiorrespiratoria desde principios del milenio.
Así hemos llegado a 2026 tras 25 años de inyectar más y más dinero con la esperanza de reactivar una economía que se desinfla. Como si fuera un globo, literalmente, por un lado le metemos presión mientras la pierde por otro. Esta es la razón por la que yo afirmo sin ningún temor a equivocarme que la IA es una burbuja que explotará en 2026. Y puedo asegurar también que, si no cambiamos de rumbo, volverá a haber otra burbuja después y otra y otra. Porque lo que le ocurre al mundo es que cada vez produce más abundancia, pero ya no puede producir escasez.
El siglo de la abundancia
Uno de los dos dioses del capitalismo, el de la cadena de montaje, está a tope. Cada vez somos capaces de hacer más con menos y el mundo nunca fue tan abundante.
A pesar del vertiginoso aumento de la población mundial, hoy producimos un 50% más de calorías por persona que en 1960. 4,5 veces más energía que aquel año. Hemos reducido el analfabetismo del 60 al 12%. Hoy hay 5 billones de personas conectadas a Internet y 1,12 líneas de teléfono móvil por persona en el mundo. Según el Simon Abundance Index, la vida en 2026 es 518,4 veces más abundante que en 1980. No es de extrañar que la esperanza de vida global haya aumentado en 25 —¡25!— años.
Más aun. Cada nueva innovación que se crea nace abundante (como el email, la información digital, los contenidos en redes sociales, o la inteligencia artificial). Como consecuencia, el dios del mercado, que era el que pagaba los salarios y daba una rentabilidad a las inversiones, el que hacia posible que hubiera empresas, ingresos fiscales y todos los demás mecanismos económicos de los estados modernos, está cada vez más pocho.
Un ejemplo muy sencillo. La venta de CDs llegó a máximos históricos en 2001 y desde ahí, cayó en picado hasta prácticamente desaparecer antes de 2010. Las ventas por streaming de música no alcanzaron el volumen de negocio de los CDs hasta 15 años después, en 2015. Aún así, en la industria musical, por ejemplo, en Estados Unidos, hoy trabajan poco más de la mitad de personas de las que estaban empleadas en 2000.
¿Por qué? Porque no hay escasez. Al contrario: la música está por todas partes. Por lo mismo que pagábamos por un CD en 1990 hoy tenemos un mes de suscripción a una plataforma que nos ofrece toda la música del mundo. La gente pasa horas y horas conectada a Spotify. Mientras tanto, los ingresos y los puestos de trabajo que dependían de que la música fuera escasa (como las tiendas, los fabricantes y las distribuidoras) han desaparecido.
La historia se repite en todos los demás sectores: buscadores, plataformas de alojamiento, comercio electrónico, servicios de mensajería, redes sociales y software en la nube han creado productos y servicios abundantes, accesibles para millones de personas al mismo tiempo. Pero, como ocurre con la música, esa abundancia de bienes no genera empleos ni riqueza material en proporción a la magnitud de su consumo, porque la retribución del trabajo y el capital estaban ligados a que hubiera escasez para que hubiera un mercado.
Esta es la esquizofrenia del mundo actual. Esta es la arritmia en el corazón del último capitalismo que tiene al mundo living. La razón por la que, como dice Millás, “el motor de la sociedad hace un ruido raro”. En la pelea eterna de los dioses del capitalismo, el de la abundancia tiene al otro contra las cuerdas y le está pegando una paliza.
La rebelión del escasismo
Aunque nunca se haya explicado así, hoy más o menos todo el mundo intuye que esto es cierto (es muy probable que tú tengas ahora mismo una sensación de “¡ajá, nunca lo había visto así, pero es evidente!”).
El problema es que, sin un contrato social distinto del que teníamos en el mundo de la escasez, mucha gente ha aprendido a ver la abundancia como una amenaza. Entonces, se encuentran en una cierta esquizofrenia también, donde por una parte quieren acceder a los beneficios de este nuevo mundo (como los precios baratos de Amazon o los tratamientos para el cáncer) pero por otra parte les aterra que esta derive les perjudique. De esa intuición emana el miedo al futuro y a todo lo que tenga que ver con el progreso.
Así nos negamos, colectivamente, a aceptar que vivimos en un mundo de abundancia porque, como decía Uptón Sinclair, “es muy difícil hacer a un hombre entender algo cuando su salario depende de que no lo entienda”. Y da la casualidad de que hay mucha gente cuyo “salario” depende de que el mundo no sea un lugar abundante.
Para empezar, los trabajadores. Elevada a su máxima potencia, la abundancia haría desaparecer gran parte del trabajo (más de lo que ha hecho desaparecer ya). Por ejemplo, si maximizamos la producción de alimentos apoyando las tecnologías que permiten cultivar proteínas con bacterias, resolveríamos para siempre la inseguridad alimentaria. Además, haríamos caer en picado los precios de la carne, liberaríamos una inmensa cantidad de terrenos que podrían volver a reforestarse y evitaríamos la emisión de miles de toneladas de CO2 a la atmósfera. Pero también desaparecerían centenares de miles de puestos de trabajo en la agricultura y la ganadería. Con ellos, los sindicatos y todas las estructuras de poder que se sustentan sobre esos puestos de trabajo.
Y los partidos. Porque las corrientes políticas del siglo XX siempre fueron algo así como iglesias distintas que adoraban al Dios del capitalismo. Unos, al de la fábrica, los otros, al del mercado. Por eso, en mi opinión, todas las corrientes políticas han dejado de hablar del futuro y se han ido volviendo escasistas; refugiándose en los marcos que seguían contando el mundo como si fuera un lugar escaso (como la inmigración, la redistribución, los ‘límites’ del planeta, el decrecimiento, la desigualdad, la insostenibilidad de los servicios públicos, la deuda, etc). Por eso están mucho más interesados en que siga habiendo carencias (de vivienda, por ejemplo) para erigirse en salvadores de sus followers, que en explorar las oportunidades de la abundancia.
Pero el gran perjudicado por el abundantismo no es ninguno de estos actores. Los trabajadores, antes que eso, son personas. Y la sociedad se puede reordenar (y lo hará) para que siga habiendo un papel y un lugar para cada persona en una mundo abundante donde el trabajo ocupe un papel secundario. Y los partidos se pueden reformular, o pueden nacer otros.
El cadaver que apesta en este entierro es el del capital. ¿Qué sentido tiene el capital en un mundo de abundancia?
En busca de la escasez
Esto es lo que dice una de las primeras consultoras del mundo:
“En una economía cada vez más impulsada por activos intangibles como el software y otra propiedad intelectual, un exceso de ahorros ha tenido dificultades para encontrar inversiones que ofrezcan retornos económicos suficientes y un valor duradero para los inversores. En cambio, estos ahorros han encontrado su camino hacia el sector inmobiliario, que en 2020 representaba dos tercios de la riqueza neta.”2
O sea, ninguno. A medida que el mundo se hizo abundante, a finales de los 90, el capital dejó de encontrar donde invertirse. Entonces se lanzó desesperadamente a buscar nuevos nichos de escasez. Primero quiso encontrarlos en la bolsa de las puntocoms. Después, se refugió en el sector inmobiliario. En torno a 2015 regresó a la bolsa, esta vez en busca de “Unicornios”, esas empresas tecnológicas —como AirBnB o Uber— que prometían rentabilidades estratosféricas a base de arrasar sectores enteros por la vía de convertirlos en abundantes.
Una parte de Internet se empeño en crear el primer activo digital escaso, Bitcoin, “la única escasez del mundo”. Desde entonces hemos sido testigos de varios intentos más o menos exitosos de crear escasez artificial: los NFTs, que intentaron repetir la jugada de Bitcoin, el Metaverso que quiso ser una forma de “real estate” digital controlado por Meta, y todas esas cosas que se han ido poniendo de moda convenciendo a la audiencia de que eran escasas, como las “tierras raras” o los chips.
Todos estas cosas comparten la misma propuesta de valor. En un mundo cada vez más abundante donde se está volviendo muy difícil encontrar una rentabilidad al capital, su producto era la siguiente cosa escasa, the next scarce thing a la que sería posible extraer —por fin— una rentabilidad.
El Santo Grial de Sam Altman
La IA es la última y la mejor versión de ese escasismo. Un cuento casi perfecto, exquisitamente moderno, contado a partir de tres mentiras:
La IA era “inteligente” y podía “sustituir a los humanos”.
Por lo tanto, iba a reemplazar millones de puestos de trabajo (y, por lo tanto, a incrementar la productividad, la piedra de toque de toda esta historia).
La clave de su éxito no era la tecnología en sí misma, sino la escala, la cantidad de procesadores que cada actor de mercado fuera capaz de concentrar.
Fue Sam Altman, casi en exclusiva, quien creó este monstruo. Primero, fue él quien lanzó la idea de que eso que hemos llamado “IA” era una forma de inteligencia. También quien, cuando se fue demostrando que los LLMs son poco más que cuñados estocásticos, anunció la creación de una “inteligencia artificial general”, pero para dentro de un rato.
Pero su gran invento, el que puso patas arriba el mundo, como cuentan muy bien en este post, fue la escala.
Y es que la IA es una tecnología tan abundante como el email. No es, de hecho, una sola tecnología que alguien pueda patentar, sino un conjunto de principios generales y compartidos que están siendo aplicados por muchos equipos distintos. Debería ser tan (poco) invertible como un lenguaje de programación o unas recetas de cocina. Esto es, nada.
Pero un grupo de científicos en OpenAI encontraron que el rendimiento de ChatGPT mejoraba cuanto más procesadores usaba. “La escala”, la capacidad de computación de cada modelo de LLM era la clave para tener éxito con esta nueva tecnología (que, recordemos, ya nos habían convencido de que podía sustituir a los humanos y por tanto ser muy productiva).
“él reinterpreta el descubrimiento de las leyes de escalamiento como una especie de epifanía fundacional y se presenta a sí mismo como alguien cuya carrera gira en torno a “escalar” lo que funciona. Un ingeniero que trabajó con él describió una conversación en la que Altman le dio una pequeña especie de sermón sobre su carrera, diciendo que escalar es la idea que define su vida.“
Lo que Sam Altman comprendió es que esa idea de una tecnología que había nacido abundante y que iba a sustituir a los humanos, pero que podía venderse como escasa porque iba asociada a la capacidad física de computación de cada empresa, era el Santo Grial que llevaba buscando el capital desde los primeros 2000. Ese elusivo ser tecnológico con alma de algoritmo y pies de inversión en real estate con mucho capex, era el reclamo perfecto que haría salivar a todos los inversores.
La escala o, dicho de otra manera, la escasez, fue la gran invención de Altman que propulsó la IA a la burbuja trillonaria en la que nos encontramos. Este 2026 se espera que los grandes de la IA (Microsoft, Amazon, Google, Meta y Oracle) inviertan en capacidad de procesamiento más de 600 mil millones de dólares.
Todas las historias que giran en torno a esto, de los “hyperscalers” a esa de la demanda disparada de electricidad (que, por cierto, ya se usó con Bitcoin), mucho más que certezas, son refuerzos de esa misma promesa de la última tecnología escasa que los interesados del sector quieren seguir instalando en nuestras cabezas.
Durará lo que tarde en explotar la burbuja.
Si quieres saber por qué se volvió el mundo abundante en el cambio de milenio, te gustará Hijos del optimismo. Es mi primer libro, el hermano mayor de esta newsletter y un proyecto en el que llevo trabajando un montón de años.
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También puedes leer más sobre mi y sobre la historia que me empujó a escribirlo.
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https://www.mckinsey.com/industries/financial-services/our-insights/the-rise-and-rise-of-the-global-balance-sheet-how-productively-are-we-using-our-wealth




Marxista? Sí?
No estoy muy puesta en marxismo...
!Aja, muy, muy requetemuy marxista.
Juan