Creo que ya te he recomendado PostCapitalismo, de Paul Mason, que indaga sobre unos viejos papeles de Marx que, visto lo poco acertadas que fueron sus predicciones, nadie se molestó en tomar en serio.
Dice Marx que (ojo, pensando en la tecnología de su tiempo) los costes marginales llegarán a ser 0 -> las cosas llegará a valer 0 -> abundancia, fin del trabajo -> el capital se habrá devorado a sí mismo.
¡O sea que un poco marxista si eres! :) Apuntas, me parece en buena dirección. Pero ojo con el capitalismo, que igual se reinventa otra vez.
En diciembre hablamos a ver si peta este asunto de la IA. Para la humanidad no estaría mal, para los ahorradores un desastre...
Aah, vale. Sí. Leí Postcapitalism (y el de Rifkin de la Zero Marginal Cost Society).
Mi problema con Marx es que le ocurre como a la Biblia. Escribió tanto y durante tanto tiempo que a veces tengo la sensación de que uno puede encontrar cualquier cosa en sus tesis (y algo así dicen sus followers, no?).
Muy interesante seguir el marco de la abundancia para ordenar todo esto. Yo añadiría, además, que para entender cómo se despliega realmente la tecnología no basta con mirar su potencial técnico o su eficiencia, sino que hay que poner en el centro las relaciones de poder: quién es propietario de la tecnología, quién puede desplegarla y bajo qué condiciones.
Un ejemplo clásico es la automatización industrial. Las primeras máquinas de control numérico eran mucho más eficaces que los sistemas mecánicos simples, pero requerían ingenieros altamente cualificados y bien remunerados. Durante décadas, muchas empresas prefirieron máquinas más toscas, basadas en tarjetas o sistemas rígidos, porque encajaban mejor con estructuras de poder existentes: mano de obra más barata, control jerárquico más simple y menos dependencia de expertos escasos. La “mejor” tecnología no siempre gana; gana la que es compatible con quién manda y cómo se organiza el trabajo.
Con la IA pasa algo muy parecido. No hay una única trayectoria inevitable hacia megamodelos centralizados y oligopolios computacionales. Es perfectamente posible imaginar IAs más sencillas, instalables en ordenadores personales más o menos potentes, que resuelvan tareas útiles del día a día sin pasar por hyperscalers ni centros de datos mastodónticos. Eso también es abundancia: capacidad distribuida, control local y menor dependencia de rentas artificiales de escasez.
Por eso la disputa no es solo tecnológica, sino política. Abundancia frente a escasez no es un debate abstracto: es elegir entre un modelo donde la inteligencia se concentra y se alquila, o uno donde se reparte y se usa. Posicionarse por la abundancia hoy implica enfrentarse explícitamente a la escasez organizada del oligopolio.
Gracias, María, vuelves a resumir muy bien el planteamiento de la abundacia y la escasez, y es muy interesante cómo lo aplicas al desarrollo de la IA. Pero, precisamente por esa IA que vuelve a jugar al juego de la escasez con la capacidad de procesamiento, vuelve al primer plano la cuestión que planteaba Arjona: ¿cómo esquivamos, en particular desde el punto de vista material, esta nueva trampa de la escasez, cuando además nos puede fastidiar los planes de construir más casas? Habla Arjona de la herramienta de la política (en el buen sentido de la palabra), pero el problema es que la política que hemos conocido hasta ahora en Occidente apenas ha conseguido ser algo más que un tonto útil para la incansable capacidad de reinventarse del capitalismo que apunta otro lector.
El texto recorre fenómenos reales y relevantes —abundancia productiva, transformación del empleo, burbujas, tensiones del capitalismo— y los articula a través de un hilo narrativo coherente. Eso lo hace legible y convincente.
El efecto colateral de ese enfoque es que algunos marcos explicativos se aceptan o se descartan en bloque, en función de si encajan en la conclusión general. La destrucción creativa, por ejemplo, se describe correctamente en su funcionamiento histórico y luego se desactiva como marco porque hoy produce resultados distintos o menos visibles. Algo similar ocurre con el capital, tratado más como categoría narrativa que como conjunto de incentivos operativos.
El problema de este tipo de cierre no es que sea “incorrecto”, sino que reduce el espacio para pensar qué ha cambiado exactamente: contexto, escala, instituciones, demografía, regulación. Al desplazar la pregunta del “cómo opera ahora” al “si era real o no”, se pierde parte de la complejidad que el propio texto identifica.
Quizá el reto no sea sustituir unos relatos por otros, sino sostener durante más tiempo esa zona incómoda donde los patrones siguen operando, pero ya no producen los efectos que esperábamos.
Marxista? Sí?
No estoy muy puesta en marxismo...
Creo que ya te he recomendado PostCapitalismo, de Paul Mason, que indaga sobre unos viejos papeles de Marx que, visto lo poco acertadas que fueron sus predicciones, nadie se molestó en tomar en serio.
Dice Marx que (ojo, pensando en la tecnología de su tiempo) los costes marginales llegarán a ser 0 -> las cosas llegará a valer 0 -> abundancia, fin del trabajo -> el capital se habrá devorado a sí mismo.
¡O sea que un poco marxista si eres! :) Apuntas, me parece en buena dirección. Pero ojo con el capitalismo, que igual se reinventa otra vez.
En diciembre hablamos a ver si peta este asunto de la IA. Para la humanidad no estaría mal, para los ahorradores un desastre...
Gracias por revolvernos
Aah, vale. Sí. Leí Postcapitalism (y el de Rifkin de la Zero Marginal Cost Society).
Mi problema con Marx es que le ocurre como a la Biblia. Escribió tanto y durante tanto tiempo que a veces tengo la sensación de que uno puede encontrar cualquier cosa en sus tesis (y algo así dicen sus followers, no?).
😂
Marx: Capital constante=abundancia, Capital variable=escasedad. Dialéctica marxista.
Un saludo, Juan
Muy interesante seguir el marco de la abundancia para ordenar todo esto. Yo añadiría, además, que para entender cómo se despliega realmente la tecnología no basta con mirar su potencial técnico o su eficiencia, sino que hay que poner en el centro las relaciones de poder: quién es propietario de la tecnología, quién puede desplegarla y bajo qué condiciones.
Un ejemplo clásico es la automatización industrial. Las primeras máquinas de control numérico eran mucho más eficaces que los sistemas mecánicos simples, pero requerían ingenieros altamente cualificados y bien remunerados. Durante décadas, muchas empresas prefirieron máquinas más toscas, basadas en tarjetas o sistemas rígidos, porque encajaban mejor con estructuras de poder existentes: mano de obra más barata, control jerárquico más simple y menos dependencia de expertos escasos. La “mejor” tecnología no siempre gana; gana la que es compatible con quién manda y cómo se organiza el trabajo.
Con la IA pasa algo muy parecido. No hay una única trayectoria inevitable hacia megamodelos centralizados y oligopolios computacionales. Es perfectamente posible imaginar IAs más sencillas, instalables en ordenadores personales más o menos potentes, que resuelvan tareas útiles del día a día sin pasar por hyperscalers ni centros de datos mastodónticos. Eso también es abundancia: capacidad distribuida, control local y menor dependencia de rentas artificiales de escasez.
Por eso la disputa no es solo tecnológica, sino política. Abundancia frente a escasez no es un debate abstracto: es elegir entre un modelo donde la inteligencia se concentra y se alquila, o uno donde se reparte y se usa. Posicionarse por la abundancia hoy implica enfrentarse explícitamente a la escasez organizada del oligopolio.
muy buen artículo, María!
Y que no te etiqueten, llamar a alguien marxista es demasiado fácil
Gracias, María, vuelves a resumir muy bien el planteamiento de la abundacia y la escasez, y es muy interesante cómo lo aplicas al desarrollo de la IA. Pero, precisamente por esa IA que vuelve a jugar al juego de la escasez con la capacidad de procesamiento, vuelve al primer plano la cuestión que planteaba Arjona: ¿cómo esquivamos, en particular desde el punto de vista material, esta nueva trampa de la escasez, cuando además nos puede fastidiar los planes de construir más casas? Habla Arjona de la herramienta de la política (en el buen sentido de la palabra), pero el problema es que la política que hemos conocido hasta ahora en Occidente apenas ha conseguido ser algo más que un tonto útil para la incansable capacidad de reinventarse del capitalismo que apunta otro lector.
!Aja, muy, muy requetemuy marxista.
Juan
El texto recorre fenómenos reales y relevantes —abundancia productiva, transformación del empleo, burbujas, tensiones del capitalismo— y los articula a través de un hilo narrativo coherente. Eso lo hace legible y convincente.
El efecto colateral de ese enfoque es que algunos marcos explicativos se aceptan o se descartan en bloque, en función de si encajan en la conclusión general. La destrucción creativa, por ejemplo, se describe correctamente en su funcionamiento histórico y luego se desactiva como marco porque hoy produce resultados distintos o menos visibles. Algo similar ocurre con el capital, tratado más como categoría narrativa que como conjunto de incentivos operativos.
El problema de este tipo de cierre no es que sea “incorrecto”, sino que reduce el espacio para pensar qué ha cambiado exactamente: contexto, escala, instituciones, demografía, regulación. Al desplazar la pregunta del “cómo opera ahora” al “si era real o no”, se pierde parte de la complejidad que el propio texto identifica.
Quizá el reto no sea sustituir unos relatos por otros, sino sostener durante más tiempo esa zona incómoda donde los patrones siguen operando, pero ya no producen los efectos que esperábamos.