La venganza de los Europoors, o cómo Europa ganará el siglo XXI
Spoiler: no será trabajando
Por si no te habías enterado, el hit político del momento es este: Desde que Trump empezó a escorar a Estados Unidos cada vez más lejos de Europa y, con mayor intensidad, desde que los países europeos se negaron a ir a la guerra con Irán, la mente colmena trumpista ha puesto el foco sobre el viejo continente. Como anticipando el conflicto que se avecina, y que con toda seguridad amenazará muerte y destrucción entre EE.UU. y la UE, desde hace unos meses miles de usuarios se dedican a inundar las redes con la idea de que los europeos somos pobres, vagos e incapaces de sobrevivir por nuestra cuenta en la escena global. Nos han puesto hasta nombre. Ya no somos “"Europeans”; somos “Europoors”.
La semana pasada, en ese caldo de cultivo se produjo un debate en la élite de la economía mundial sobre el futuro de Europa y, por extensión, sobre el tuyo y el mio. Y yo, que tenía pensado pasar el fin de semana en la pradera —es San Isidro en Madrid— no he podido resistirme y he terminado por emparedarme entre artículos de Paul Krugman, Luis Garicano, Noah Smith y Branko Milanovic para contártelo.
Porque mi intuición, que seguro que vas a compartir conmigo cuando termines de leer, es que este tema es mucho más que un tecnicismo económico. Es una batalla campal por el modelo de civilización que va a imponerse en el siglo XXI. La economía es el método, que diría Margaret Thatcher, el objetivo es cambiar el alma y el corazón de los occidentales.
Allá vamos.
La cosa viene de lejos. Desde hace una década, el alma calvinista del establishment europeo reniega de la deriva… epicurea, digamos, del continente. Europa no se esfuerza lo suficiente —denuncian—, se ha abandonado a algunos hábitos propios de una sociedad decadente, no es productiva y se está quedando atrás. Tanto es así que el ex-gobernador del BCE, Mario Draghi, en un informe encargado por la Comisión Europea sobre la competitividad de la eurozona, alertaba que Europa, más que en un bache económico, está en una encrucijada existencial:
“Mi preocupación no es que de repente nos volvamos pobres y subordinados a otros, sino que, con el tiempo, nos volvamos inexorablemente menos prósperos, menos iguales, menos seguros y, como consecuencia, menos libres para elegir nuestro destino.”
Nuestro destino. Nada más y nada menos. Si es esto lo que está en juego, era de esperar que todos los primeros espadas del continente entraran al trapo del debate.
Así fue. En febrero el primer ministro alemán, Friedrich Merz, de vuelta de un viaje a China, tomo el papel de solista del coro y afirmó que “Alemania —léase ‘Europa’, por extensión— tiene que trabajar más horas”.
“La productividad general de nuestra economía nacional no es lo suficientemente alta. Dicho de forma aún más clara: el equilibrio entre vida y trabajo y la semana laboral de cuatro días no bastarán para mantener en el futuro el nivel actual de prosperidad de nuestro país. Por eso necesitamos trabajar más duro.”
Merz es alemán y pertenece al Partido Popular Europeo. Es esperable que defienda esa cultura del esfuerzo. Lo que nadie podía anticipar es que a los pocos días uno de los grandes economistas de la izquierda, Branko Milanovic, refrendaría las palabras del canciller:
El mundo es un lugar competitivo. Los países que no logran desarrollarse económicamente no solo quedan rápidamente rezagados frente a sus competidores: se convierten en potencias económicas y militares de segunda o tercera categoría, y su población acaba emigrando para trabajar en otros lugares. Sus tecnologías se vuelven obsoletas. Es un hecho, señalado por economistas y politólogos de todo tipo, que el poder económico está correlacionado con el poder político y militar. De modo que, si muchos ciudadanos europeos siguen eligiendo ir a la ópera y hacer picnics con amigos mientras chinos e indios lo hacen cada vez menos, Europa entrará en declive.
Y como a una parte del establishment americano siempre le hacen cosquillitas estas ideas tan convenientes para justificar el disparate de haber elegido vivir en Washington y no en Barcelona, hace un par de semanas el Wall Street Journal echó aún más leña al fuego con un reportaje titulado "¿Qué pasará cuando los europeos se den cuenta de lo pobres que son?".
Desde 2007, argumentan, el PIB per cápita de Estados Unidos se está distanciando del de eurozona y va camino de ser el doble del de algunos países que consideramos “ricos”. Los autores no se cortan en equiparar ese PIB per cápita con la “prosperidad” y concluyen que Europa se está volviendo menos próspera. Pero lo peor no es esto, no. Como clama el titular, ¡el problema es que los europeos se niegan a darse cuenta!
Casi se podía sentir el enfado de los periodistas. Aquellos días muchos europeos se estaban dedicando a trolear a la turba trumpista en redes sociales a base de fotos de terrazas en París y de unos vídeos muy divertidos donde dos señores de mediana edad con pinta de no saber lo que es un gimnasio, luciendo michelín en camiseta y pantalón corto, pinchan música al aire libre mientras balancean sobre la misma mano un pitillo y un Aperol.
Ay, Twitter. Qué buenas risas.
De vuelta a los hombres serios, en estos días Paul Krugman ha salido en defensa del modelo europeo en una serie de artículos donde argumenta que la disparidad entre el PIB americano y el de Europa es una ilusión estadística que deriva de la manera en que se miden las mejoras tecnológicas en el PIB.
Ocurre que la tecnología mejora a una velocidad vertiginosa: un ordenador de hace veinte años tenía una fracción de la capacidad de uno actual. Al mismo tiempo, el precio de los ordenadores no ha dejado de desplomarse. Pero por fuera, y para el usuario, sigue siendo “un ordenador”. Si el PIB se limitase a contar cuántos ordenadores se venden cada año, sería incapaz de captar las mejoras de calidad que percibe el usuario y la caída brutal de precios que las acompaña. El resultado sería absurdo: una economía que produce máquinas mil veces mejores aparecería como estancada, simplemente porque está vendiendo “lo mismo” en términos de unidades físicas.
Para resolver este problema, los econometristas —no solo los americanos, pero sobre todo los americanos— recurren a lo que se conoce como ajustes hedónicos. En lugar de contar ordenadores, descomponen el producto en sus características técnicas (gigahercios de procesador, gigas de memoria, resolución de pantalla, eficiencia energética) y estiman cuánto contribuye cada una al precio. Cuando esas características mejoran, aunque el precio nominal se mantenga igual, registran ese cambio como si el precio hubiera caído y las ventas hubieran aumentado. Es decir, cuando la tecnología mejora, el PIB refleja que la cantidad real de tecnología producida se dispara, aunque nadie haya comprado más unidades físicas.
Como prácticamente toda la industria tecnológica del mundo se concentra en Estados Unidos, ese ajuste hedónico beneficia desproporcionadamente al PIB americano. Aunque tanto los europeos como los americanos disfrutan de la misma tecnología, en las cifras de Europa como consumidor ese ajuste no aparece. Por eso el PIB europeo se queda quieto mientras el americano se dispara. Y, sin embargo, en términos de bienestar real la diferencia es muchísimo menor que la que sugieren las cifras.
Dicho en fácil: buena parte de la divergencia entre Estados Unidos y Europa no es real, es contable. Si lo medimos de otra manera (los detalles, aquí) resulta que el PIB de la eurozona y el de EEUU no difieren tanto. O más aún, si consideramos la calidad de vida y las conquistas sociales que ha alcanzado Europa y que no se miden en el PIB, como apunta también en estos días Thomas Piketty, resulta que es muy difícil afirmar que Estados Unidos tiene un modelo que merezca la pena copiar.
Todo esto podría parecer un tema técnico aburridísimo, pero no. Este es un hot topic tan hot que Luis Garicano, según su propia descripción, cuando se encontró el artículo de Krugman dejó todo lo que estaba haciendo para dar la réplica: “Esto es enormemente importante. La divergencia con Estados Unidos es la prueba más contundente de la necesidad de reformas en Europa.”
Y este es el meollo del asunto. El tema de la competitividad herida es el campo sobre el que se está luchando la batalla —moral— sobre el futuro de Europa en el mundo. Una parte de la intelectualidad europea ansía un cambio de modelo económico que nos acerque mucho más al de Estados Unidos, mientras otra defiende que no existen tales divergencias en la productividad y que… no se sabe muy bien qué, en este caso.
Garicano, en su artículo, niega la mayor, afirma que Krugman, hace unos años, habría estado de acuerdo con él y argumenta que el estancamiento es real y que no solo importa el precio, sino la capacidad de producir:
“El crecimiento de la producción estadounidense se ha concentrado en la tecnología, donde los precios han caído enormemente a medida que aumentaba la productividad. En términos del volumen de cosas producidas, Estados Unidos se ha distanciado de Europa.”
Por su parte, Noah Smith, uno de los influencers (?) del panorama económico del momento, toma la vía del medio y afirma que aunque la calidad de vida en ambas regiones es equiparable, como demuestra el hecho de que la migración neta entre ellos sea casi cero, el hecho es que Estados Unidos se está escapando.
Sinceramente, este no es un gran resultado para Europa. Lo ideal sería que los países ricos convergieran hacia niveles de renta similares; el hecho de que Europa no haya conseguido alcanzar a Estados Unidos es un fracaso real, incluso aunque no se esté quedando más rezagada. Y el crecimiento mucho más rápido de la producción por hora en Estados Unidos debería hacer saltar todas las alarmas.
Mentiras, grandes mentiras y el mito de la productividad
Hasta aquí, el resumen del culebrón y el reparto de los papeles.
A mí, que siempre observo la economía con mucha distancia, lo que me tiene trastornada es el enésimo ejemplo de cómo esta disciplina tan seria abandona todos sus principios y se torna en alquimia, incluso al máximo nivel, en cuanto se tocan determinados temas que afectan al corazón moral de sus presupuestos. Este debate sobre la productividad es el ejemplo paradigmático.
Porque veréis: este sainete que os acabo de relatar entre un premio Nobel y algunos de los economistas más reputados del mundo está armado sobre un supuesto que cualquier estudiante de primero de económicas debería saber desmontar. En concreto, sobre la premisa de que un país es rico porque produce mucho. Que la prosperidad nacional es una cuestión de capacidad productiva y que si Europa trabajara más, fabricara más chips, más coches, más servidores, más cosas en general, sería más próspera.
Y sin embargo hoy sabemos que lo que uno produzca es irrelevante.
No siempre fue así, en los inicios del capitalismo se creía que el valor de las cosas emanaba del trabajo: el precio de algo se podía calcular sumando las horas de esfuerzo que se hubieran invertido en fabricarlo. De manera que producir mucho te hacía muy próspero, porque el valor de lo que habías producido era una constante, una evidencia, una certeza universal. Pero a finales del siglo XIX tuvo lugar lo que se conoce como la "Revolución marginalista", un giro copernicano en la economía que tuvo consecuencias colosales para la civilización.
Lo que observaron sus autores es que el trabajo invertido en producir algo y el precio que ese bien alcanzaba en el mercado no iban de la mano. Hay productos que requieren cantidades ingentes de trabajo y cuestan muy poco —las patatas, por ejemplo—mientras que otros que exigen menos esfuerzo se venden a precio de oro, como los percebes. Incluso puede ocurrir que dos bienes con exactamente la misma carga de trabajo —dos cuadros pintados durante el mismo número de horas, por ejemplo— coticen a dos precios distintos, o a distinto precio para distintas personas. Lo que para una persona vale una fortuna, para otra puede no valer nada. El valor, observaron los marginalistas, no sale del taller; no emana del trabajo. Es subjetivo, variable, y está en los ojos del comprador.
Las teorías del valor son mi imperio romano. Mi particular obsesión. Creo que son la clave de bóveda de los sistemas de pensamiento humano por una razón: y es que usamos la misma mecánica para otorgar valor a las cosas… y a las personas. De manera que las teorías del valor que son hegemónicas en la sociedad son el manual que nos permite colocarnos a nosotros mismos y a los demás en el mapa mental que usamos para navegar la sociedad. Por eso la teoría marginalista del valor, aunque parece una cosa técnica y oscura, era una bomba que contenía un cuestionamiento radical de nuestra civilización. Y por eso este tema está detrás de este melón sobre la competitividad de Europa.
La cosa es esta: Durante milenios —probablemente desde que somos capaces de pensarnos como grupo humano— habíamos creído que todas las personas tenían un valor intrínseco. Eran valiosas porque eran devotas de Dios. Con matices distintos, todas las religiones albergaban la misma idea. La fe te otorgaba valor, y la falta de fe te lo quitaba. Easy peasy.
El capitalismo en el siglo XIX tomó el relevo a la religión en la asignación de ese valor. Ya no sería la fe, sino el trabajo y el ahorro lo que haría a las personas valiosas. Pero aunque parecieran dos cosas distintas, la fe y el trabajo operaban de la misma manera: ambas emanaban de la voluntad de cada persona, de manera que ser valioso seguía dependiendo de uno mismo: había un valor intrínseco en las personas.
La revolución marginalista rompe con ese paradigma. Por primera vez —me atrevería a decir que en la historia de la humanidad— afirma que no existe ningún valor intrínseco a las cosas ni, por extensión, a las personas. Que no somos valiosos per se: ni por nuestra fe, ni por nuestro trabajo, ni por nada que hagamos. Solo somos valiosos si los demás piensan que lo somos y solo en la medida en que lo piensen.
Y aquí es cuando uno se lleva las manos a la cabeza: “¡pero qué barbaridad!, ¡qué pensamiento tan cruel e inhumano eso de que nadie vale nada si no hay otro dispuesto a pagar un precio por ello!”.
Y sin embargo es una conclusión tan sencilla, tan evidente, que podríamos razonarla con un niño de ocho años. Si lo piensas un momento, para sostener que existe un valor intrínseco en las personas, hace falta que haya alguien que lo otorgue. No puede existir un “valor universal” sin una autoridad cuyo criterio se imponga sobre el de los individuos. Durante milenios ese alguien fue Dios. Las guerras religiosas y la Contrarreforma fueron disputas sobre quién era esa autoridad que dictaba el valor. Pero si asumimos que Dios no existe —o que, si existe, ha sido relegado a la intimidad de cada cual— la fuente del valor se evapora con él. Yo, en mi fuero interno, creo que todo el mundo es valioso y me conduzco como si fuera verdad. Pero no puedo obligar a nadie más a compartir mi valoración. No tengo dónde anclarla. El valor, querámoslo o no, es subjetivo. Solo podría ser objetivo si volviéramos a creer —o a crear— en una instancia superior.
Esta verdad es tan violenta —nos aterra tanto la idea de que no exista una instancia que nos reconozca un valor absoluto— que, a pesar de que desde su publicación, en torno a 1870, la teoría marginalista se volvió hegemónica entre los economistas, en el mainstream tardó un siglo en cuajar. La gente prefería —y prefiere todavía— pensar que el trabajo produce valor por sí mismo. Y desde luego también ocurría algo más peligroso: era endiabladamente difícil organizar un Estado donde los ciudadanos no se arrancasen la piel a tiras si creían que los demás no tenían ningún valor. “Todos los hombres son iguales” encaja mal con la idea de que una persona vale exactamente lo que alguien esté dispuesto a pagar por ella.
La sociedad contemporánea vive atrapada en esta paradoja. Quiso hacer una sociedad sin Dios, pero se niega a reconocer del todo que, sin Dios, tampoco hay valor intrínseco en las personas. Y por eso ha terminado construyéndose sobre dos principios contradictorios que conviven… a duras penas.
Por un lado, creemos que la participación en la vida económica —el trabajo, el ahorro—, con independencia de su resultado, da “derecho” a una vivienda, a la sanidad, a la educación, al reconocimiento de los demás, como si existiera una entidad superior obligada a proveerlos. Esa entidad es el Estado, que asume el papel que tenía Dios: una instancia universal que reconoce el valor de cada uno por el mero hecho de existir y participar. En este lado pensamos como creyentes: hay un valor intrínseco en las personas y el sistema debe respetarlo.
Por el otro lado, en cuanto salimos del territorio del Estado y entramos en el del mercado, abrazamos sin pestañear la lógica marginalista. Queremos que se reconozca el esfuerzo desigual, el talento y la pericia diferente de cada uno. A nadie le parecería razonable que las plazas de profesor de económicas, o de delantero de la selección, se repartieran por sorteo entre quienes se hayan esforzado el mismo número de horas. Aquí pensamos como marginalistas: cada uno vale lo que el mercado esté dispuesto a pagar por él.
El monumental clusterfuck en el que nos encontramos, la crisis de la civilización occidental, brota de esa contradicción y del hecho de que ninguna de las dos teorías —ni la del trabajo, ni la subjetiva— es capaz de producir un modelo de sociedad que funcione en el siglo XXI. La confusión de Paul Krugman, Luis Garicano, Branko Milanovic y Noah Smith, en mi opinión, emana también de esta contradicción.
Producir tu propia tumba
Y es que en la geopolítica, sin lugar a dudas, no hay un padre, ni un Estado, ni un poder superior que nos abrace y nos diga que somos valiosos. No existe ninguna instancia universal que reconozca lo que vale cada país. Y, sin embargo, cuando los economistas se meten en el debate de la productividad, lo primero que hacen es escribir como si esa instancia existiera. Vuelven, una y otra vez, a la idea de que quien más produzca —o quien produzca con más eficiencia— ganará la partida global. Como si hubiera un árbitro celestial llevando la cuenta de las horas trabajadas y los chips fabricados.
Desde esa confusión, todos los autores que has leído esta semana defienden lo mismo: que Estados Unidos es más rico, más viable y más próspero que Europa porque produce más. Es más innovador, hace más chips, ha inventado la computación, los centros de datos, todo el aparato del software. Tiene un sistema financiero detrás para sostenerlo, y por eso hasta los europeos que quieren producir terminan haciéndolo en California. De Merz exigiendo más horas a Milanović reprochando los pícnics, el argumento es siempre el mismo: gana quien más se esfuerza. Y es mentira.
¿Qué significa que los precios de la tecnología caigan? Significa que la tecnología no ha sabido generar valor nuevo. Hoy las personas valoran con el mismo precio algo que hace 40 años costaba 40 veces más. Y con lo que les sobra no están dispuestos a comprarse otro ordenador, ni otro teléfono móvil. La eficiencia es capaz de producir más, pero no de generar nuevo deseo.
Estados Unidos, pese a que ha sabido innovar y ofrecer cada vez más funcionalidades, no ha sido capaz en los últimos 25 años de generar un deseo nuevo y renovado de productos y servicios que el resto del mundo quiera comprar. Salvo Nueva York y, quizá, San Francisco, no tiene muchas más cosas que el resto del mundo no pueda copiar. Como resultado, ofrece exactamente lo mismo que China, la misma tecnología, las mismas factorías. Ambos países se han encerrado en la rueda de un productivismo ciego y sordo y compiten cada vez con más virulencia en una carrera hacia el fondo del barril en la que ambos jugadores tienen todas las de ahogarse.
Mientras tanto, lo que observamos a nada que seamos capaces de mirar el problema sin los anteojos de un economista mainstream es que China y Estados Unidos llevan 25 años subvencionando determinadas industrias en esa carrera hacia el fondo. China a base de subsidios públicos, EE.UU. a base de inversión privada y todo el chiringuito financiero que sostiene Silicon Valley. Los inversores americanos subvencionaron Uber y Airbnb. Los contribuyentes chinos BYD y los paneles solares.
Hasta que ninguna de las cosas que son capaces de fabricar valga absolutamente nada.
¿Cómo puede ser esto una buena estrategia de liderazgo global?
La IA: última esperanza del mundo industrial
No lo es. Es un suicidio civilizatorio. Seguir peleando por ser una potencia industrial en un momento en el que la industria cada vez produce menos valor (económico) por unidad de producto es un disparate. Uno que está detrás de la evidente decadencia política y cultural de Estados Unidos, detrás del cabreo de los hombres blancos del midwest americano y de los jóvenes urbanos chinos, que son las ratas que han puesto a hacer girar la rueda.
Por eso la IA es un artefacto cultural de vida o muerte para Estados Unidos.
Como reconocen todos los economistas que han participado en el debate sobre la competitividad de Europa, la divergencia entre Estados Unidos y Europa (y entre Estados Unidos y China, for that matter) emana de una única fuente: Silicon Valley. O mejor, de la alianza estratégica entre las empresas tecnológicas de Silicon Valley y los financieros de Wall Street. Ese matrimonio de conveniencia es el que lleva 25 años inflando una burbuja detrás de otra, primero las puntocom en los 2000, después los “unicornios” en 2010, algún invento intermedio —como las Google Glasses, o el Metaverso, los NFTs y las criptomonedas— por el camino y ahora la inteligencia artificial.
Pero es que EEUU necesita esa burbuja para seguir soñando que algún día saldrá de la rat race en la que se ha metido y tendrá un producto que pueda patentar y poseer y vender al resto del mundo sin competencia. Por eso Trump y todas las élites americanas hoy necesitan creer que esta nueva tecnología volverá a ser capturable y producirá una nueva revolución industrial en la que el deseo volverá a estar de su lado.
Y al contrario, si la IA fracasa, si no consigue reemplazar a millones de trabajadores (spoiler, no lo conseguirá) todo el castillo de naipes se vendrá abajo. Entonces estaremos en una pregunta radicalmente distinta. ¿A qué se va a dedicar Estados Unidos? ¿Puede Estados Unidos existir sin ser la fábrica de las cosas que se sueñan en Europa? ¿Puede inventar sus propios paraísos, seducir a alguien por sus propios medios?
Como siga en esta deriva, desde luego, no.
Economías de la abundancia
¿Cómo se crea valor en el siglo XXI? ¿Cuál es el futuro de la economía global en el siglo XXI? ¿Cómo se crea valor económico, ese que es intercambiable y por tanto escaso?
Mi intuición —en la que aun estoy trabajando— es que el futuro de la economía en el siglo XXI girará en torno a la explotación comercial de los bienes públicos, o abundantes (sigue el enlace si no sabes lo que son). Me explico: La lengua inglesa es un bien público. En torno a ese bien hay una industria entera dedicada a la traducción, la enseñanza, la edición de libros, la corrección, etc. que produce bienes y servicios privados que pueden intercambiarse. De la misma manera, la Mona Lisa es un bien público y hay una infinidad de negocios dedicados a explotar su imagen, su atractivo turístico, etc.
Todo esto igual parece un poco naïve, pero son industrias inmensas. Y no solo eso, es que bienes públicos hay por todas partes. En el ámbito del software este modelo está quizá más formalizado. Linux es un sistema operativo de código abierto. Cualquiera puede usarlo. Lo mantiene una comunidad formada por miles de desarrolladores voluntarios y cualquiera puede descargarlo, instalarlo o modificarlo. Y, sin embargo, alrededor de ese código que es gratuito y de propiedad colectiva ha crecido un ecosistema empresarial gigantesco. Empresas como Red Hat, IBM, Canonical o SUSE han construido modelos de negocio multimillonarios no vendiendo Linux —¿cómo se va a vender lo que es abundante?— sino vendiendo servicios alrededor de Linux: soporte técnico, certificaciones, distribuciones empresariales con garantía, formación, integración con sistemas legados o gestión de seguridad, por ejemplo.
La tecnología que hemos llamado “Inteligencia artificial” también es un bien público. Y la industria que se está produciendo en torno terminará por funcionar exactamente igual que la que estoy describiendo.
Este es el patrón de la economía de la abundancia: industrias que se levantan sobre un activo central que es abierto y compartido y que capturan el valor en la capa de servicios que lo rodean. Contra toda intuición, este modelo produce algunos de los negocios más rentables del mundo, instalados sobre uno de los bienes públicos más usados del planeta.
¿Quién ganará la partida del siglo XXI?
De todas las contribuciones al debate de los economistas sobre la productividad, la que más me ha gustado es esta de Alex Tabarrok. Inadvertidamente, Tabarrok confirma lo que es evidente: que Europa es el lugar donde la gente quiere gastar su dinero. Cuando un americano hace dinero y decide vivir bien, lo que hace es comprarse una segunda casa en la Toscana, no en Dakota del Sur. Eso es lo relevante de una economía. No lo que puedas producir, sino lo que la gente quiera venir a comprar.
No es el trabajo. No hay cantidad de horas que nos hagan más valiosos. Ganará la partida quien sepa seducir. Atraer, reclamar y comandar la atención de mucha gente. Ganará quien sea capaz de liberar más tiempo de trabajo para que el talento de sus países se pueda dedicar a seducir al mundo. Esto no es ninguna heterodoxia: todo el mundo sabe que las mejores empresas hoy son las que tienen más distancia (más margen) entre lo que producen y lo que venden. Lo llamamos “marca”, si queremos, pero a nadie le queda ninguna duda de que ese es el valor.
Y al contrario: quienes, como China y Estados Unidos se dediquen al ruinoso negocio de la producción en serie, no tendrán nada que hacer.
Por esta razón, la pregunta económica del siglo no es cómo aumentar la productividad, sino como crear y hacer sostenibles bienes públicos para que después se puedan generar industrias en su entorno con una ventaja competitiva. Quien sea capaz de crear ideas, formas de vida, modelos culturales que el mundo entero desee y quiera adoptar, pero también software, medicamentos, tecnología, modelos de negocio y avances científicos tendrá una ventaja competitiva sobre la capa de servicios que se construye alrededor ganará la partida.
Y Europa, mírese como se mire, está resultando ser asombrosamente competitiva en este terreno. Lo lleva siendo, en realidad, desde hace siglos, solo que ahora la lógica económica terminará por darle la razón. Lo que Europa exporta no son toneladas de mercancías, son maneras de estar en el mundo.
Esa capacidad para crear formas de vida deseables es, sin que apenas lo hayamos notado, uno quizá el activo económico más valiosos del siglo XXI. Y a su alrededor ya existe una capa de servicios enorme: el turismo, que en algunos países europeos representa más del diez por ciento del PIB; el lujo, que captura márgenes que harían sonrojar a cualquier fábrica de chips; el vino, los quesos, los aceites, las indicaciones geográficas protegidas, la educación, con las universidades europeas atrayendo cada vez más estudiantes de pago de todo el mundo; el diseño, la moda o la gastronomía. Todo esto son servicios alrededor del bien público fundamental que es la forma de vida europea.
El error de los Merz, los Milanović y los editorialistas del Wall Street Journal es no ver que esa capa de servicios no se construye trabajando más horas. Se construye exactamente al revés: estimulando las condiciones culturales que hacen deseable el modelo. Si los europeos empezaran a trabajar como americanos, la primera víctima serían precisamente las cosas que el resto del mundo valora de Europa. Sería como si a Linus Torvalds le obligaran a vender su código: el día que lo hiciera, el ecosistema entero perdería su razón de ser.
Europa no tiene que copiar el modelo americano para ganar el siglo XXI. Tiene que hacer exactamente lo contrario: aceptar que su ventaja competitiva consiste en seguir siendo Europa y construir alrededor de eso un ecosistema de servicios que le permita capturar el valor que ya está generando casi sin darse cuenta.
Si has llegado hasta aquí, no te puedes perder mi primer libro, Hijos del optimismo.
Es el hermano mayor de esta newsletter y el lugar donde he puesto en orden todas estas ideas.







¿Qué hay del refrán: "Solo el necio confunde valor y precio"?
Frente a oscuros agoreros que pronostican futuros sin futuro, María siempre mira de otra manera. De una manera que no solo nos ofrece perspectivas optimistas y esperanzadoras, sino que, además, contribuye a subirnos la autoestima. Efectivamente, compararnos con otros o pretender ser como ellos nos lleva a infravalorar lo que somos y lo que tenemos. Lo que nos falta nos lleva a empequeñecernos mientras que aquello que somos y tenemos se puede convertir en un trampolín que nos impulse hacia el futuro. Europa tiene que aprender a mirarse en sí misma y por sí misma. Eso no significa dejar mirar alrededor para ver lo que hacen los otros; significa encarar el futuro enfatizando los muy numerosos claros que la constituyen e intentando corregir los oscuros que la lastran. Creer en nosotros mismos de una manera realista aunque benévola ayuda a construir futuros viables y sostenibles