Al final del capitalismo
Donald Trump, la burbuja de la IA y el problema de la vivienda tienen una cosa en común. O por qué "abundancia" no es la respuesta que estamos buscando: sino la pregunta.
Este artículo de +3.000 palabras que te va a descubrir una forma nueva de mirar el mundo llega a tu buzón gratis porque la información quiere ser libre. Pero las autoras también tenemos nuestro corazoncito y tú hoy tienes tres oportunidades de hacer feliz a una chica: puedes compartir este artículo, puedes suscribirte a esta newsletter o puedes comprar mi primer libro, Hijos del optimismo, en Amazon o en tu tienda favorita.
En el corazón de nuestro tiempo hay un misterio. Una contradicción inexplicable.
Por una parte, vivimos en el mejor momento de la historia.
En los últimos 25 años, 1.500 millones de personas han salido de la pobreza extrema, el PIB per cápita ha pasado de 13.000 a 20.000 dólares, la esperanza de vida ha aumentado en 17 años y la mortalidad infantil se ha reducido en dos tercios.
Hoy, dos de cada tres personas en el mundo están conectadas a internet y publicamos cuatro veces más libros al año que en 2000 —más de 2,2 millones de nuevos títulos anuales—. Por si esto fuera poco, estamos cerca de cronificar el cáncer y el despliegue de las renovables nos permite imaginar no solo una solución al cambio climático, sino la oportunidad de un futuro de energía limpia y abundante.
Y sin embargo, estamos en crisis.
Dos de cada tres habitantes de este planeta siente que “la sociedad está rota”, que la economía está amañada para favorecer a los poderosos y que hay una brecha entre los ciudadanos y las élites políticas y económicas. Mientras tanto, el 40% de la humanidad piensa que el año que viene su economía será peor y que habrá más violencia. Muchas personas sienten “gran preocupación” (39%)“, “stress” (37%) y “rabia” (22%).
La consecuencia es que hoy los partidos populistas, con Donald Trump a la cabeza, se sientan en el gobierno de un tercio de los países de la OCDE.
¿Cómo puede ser?
En el momento de mayor abundancia de la historia, lo que sentimos es miedo y una lacerante escasez.
¡¿Cómo puede ser?!
La respuesta a esta pregunta es poderosa: explica por qué Trump se sienta en el Despacho Oval y por qué hay una burbuja en el mercado de la vivienda y otra en la “IA”.
¡No mires arriba!
Lo más increíble de este misterio es que no lo es. Todos los gobiernos del mundo son conscientes de lo que está ocurriendo. Pero el fenómeno detrás del descontento es tan terrorífico que nadie se atreve a nombrarlo en voz alta, no sea que termine de hacerse realidad. Como en esa película en la que un meteorito va a destruir la Tierra pero todo el mundo mira para otro lado, llevamos quince años viendo venir el impacto… sin atrevernos a hablar de ello.
Lo que está ocurriendo es que el mecanismo económico que nos había traído hasta aquí —ese que nos había hecho la sociedad que somos y llamamos “economía industrial”, o “capitalismo”— hace 25 años que dejó de funcionar.
Y nadie sabe por qué. Ni cómo arreglarlo.
Lo que sí sabemos es esto:
Los grupos humanos siempre han tenido algún tipo de economía. Pero hasta hace un par siglos, era un mecanismo de subsistencia. Lo que convirtió a la economía industrial en la piedra angular de nuestra sociedad fue su capacidad para transformar nuestras vidas a base de crear a toda velocidad nuevos bienes que reemplazaban a otros antiguos, como cuando el coche sustituyó a los caballos, el petróleo al carbón o el teléfono al telégrafo.
Pero ese mecanismo tenía un problema, y es que escondía una pulsión de muerte: cuando los bienes se volvían obsoletos, las viejas industrias se quedaban sin propósito y desaparecían. Entonces se producían burbujas financieras y oleadas de desempleo como las que tuvieron lugar tras el desmantelamiento de las minas del carbón o de las factorías de coches en Estados Unidos. Para seguir viva, la economía industrial se iba devorando a sí misma.
Lo normal y esperable es que hubiera muerto de éxito. Que hubiera llegado a crear todos los productos que una persona podía desear y hubiera terminado por agotarse, privada de ese mecanismo de cambio constante. Pero a mediados del siglo pasado la economía industrial llevaba 150 años respirando a pleno pulmón y nada de esto parecía estar ocurriendo.
Así que en 1942 alguien propuso una explicación: la destrucción que producía el capitalismo era “creativa” (lo de los economistas con el naming es admirable, de verdad). El trabajo y el capital que se volvían innecesarios cuando unas industrias morían se convertía en el caldo de cultivo donde nacían las siguientes. Más aún, como las nuevas empresas eran más productivas e innovadoras, los puestos de trabajo y las oportunidades de inversión que ofrecían también eran más y mejores.
Así fue como la “destrucción creativa” comenzó a ser mucho más que el motor del capitalismo y se convirtió en el mito que ordena la vida entera. Durante 50 años fue la verdad que sostuvo que varias generación de personas sin estudios pudieran soñar con que sus hijos fueran arquitectos. Y fue también la forma en que la sociedad pensaba pagar las pensiones, construir infraestructuras, devolver la deuda pública, tener casa en la playa e ir de vacaciones todos los veranos.
Hace 25 años ese motor se paró.
Desde finales de los años 90 la parte “destructiva” de la economía no ha hecho más que acelerarse, llevándose por delante industrias enteras, pero la función “creativa” está desaparecida en combate. Las nuevas industrias del siglo XXI no han sido capaces de absorber ni el capital, ni el trabajo que utilizaban las anteriores.
El teléfono móvil, por ejemplo, arrasó con sectores enteros de la actividad: con el comercio de proximidad y con las sucursales bancarias; con la música en CD y las cámaras de fotos y con los kioskos. Como había ocurrido hasta entonces, en cada uno de estos sectores, el empleo y las oportunidades de inversión fueron destruidas.
Pero el caldo primigenio de trabajo y capital excedente que debía haber generado nuevos sectores de actividad nunca llegó a dar sus frutos. En su lugar, el mundo se partió en dos: por un lado, unas pocas empresas y algunos trabajadores —como los ingenieros, los programadores, los del sector financiero y ciertos sectores del marketing— siguieron disfrutando de buenas condiciones y expectativas; pero por otro se produjo un vacío donde fueron proliferando cada vez más trabajos precarios, sin reconocimiento social, poco productivos y mal pagados, como los de la hostelería o el reparto urbano.
La consecuencia, en el plano macroeconómico, es que los países crecen menos. Sigue habiendo algunas industrias muy productivas, pero la media de los salarios reales está estancada por efecto del incremento de la precariedad. Los ingresos de los Estados, que también estaban diseñados para un mundo donde el empleo siempre creciese, se resienten. Surgen entonces las tensiones sobre quién debe pagar por los servicios públicos y cuánto.
El que no debe ser nombrado
Así que el primer misterio del mundo de hoy no es tal. Es de sobra conocido que la incapacidad de la economía actual para sostener los mitos y las instituciones del siglo XX es lo que empuja las erupciones de descontento en todo el mundo. Por eso ocurren en todas partes al mismo tiempo.
La crisis de las clases medias, o la frustración de los hombres jóvenes —sobre todo, sin estudios— se produce porque los empleos que les ofrecían un lugar central en la sociedad desaparecieron y no fueron reemplazados por otros equivalentes. Y si existe una burbuja global de la vivienda es porque el capital, que no tiene alternativas productivas en las que invertirse, se ha refugiado en el último activo del que puede extraer rentas.
En el subconsciente colectivo, todo esto cristaliza en esa percepción de que “la sociedad está rota”.
Pero nadie tiene un plan para arreglarla, porque el verdadero misterio de nuestro tiempo, —ese para el que, ahora sí, nadie tiene una respuesta— es:
¿Por qué se ha detenido el motor del capitalismo?
Como nadie lo termina de entender, ni nadie tiene una solución que ofrecer, ningún líder quiere hablar del tema. La política de los últimos 10 años es como el claustro de Hogwarts, empeñado en no mentar al-que-no-debe-ser-nombrado. En su lugar, los partidos se afanan en la tarea de encontrar culpables verosímiles —pero falsos— que les permitan atar a los suyos en corto y echar balones fuera. Según el grupo al que te arrimes la culpa es
de los inmigrantes,
o de los billonarios,
o de los políticos —que favorecen a los inmigrantes o a los billonarios según quién los esté señalando—,
o de las redes sociales, que están llenando de basura la cabeza de la gente.
Y aun con distintos culpables, la solución parece ser la misma: volver al pasado. Del Make America Great Again de Trump a los toldos verdes de Vox y los programas de reindustrialización de la socialdemocracia, cada ideología se está inventando su particular manera de promover alguna forma de regreso al momento en el que todo esto parecía funcionar.
La verdad al final del capitalismo
Hace unos años me propuse escribir un libro que diera respuesta a esta pregunta:
¿Por qué se paró el motor del capitalismo?
Y no es que me quiera dedicar a la ciencia forense. No. Ni al catastrofismo. Al contrario. Si hay una salida de este callejón —y la hay— pasa por entender que no podemos volver atrás. Hemos superado la era industrial. Estamos ya en un tiempo nuevo y, una vez digerido el shock y el susto inicial, lo único que podemos hacer es mirar hacia adelante. No tiene sentido intentar volver a un mundo anterior porque es imposible, y porque esa ambición solo puede conducirnos al odio y a la guerra, como estamos viendo en estos días por todas partes.
Las grandes tragedias, en la historia, no nacen de las transformaciones, sino de la incapacidad de las sociedades para adaptarse a ellas. Cuando los cambios profundos desbordan las normas sin que las instituciones se adapten es cuando se producen los conflictos.
‘Hijos del optimismo’ explica que hace 25 años tuvo lugar una transformación que se llevó por delante el sistema industrial. Para comprenderla, tenemos que dejar atrás las categorías clásicas y pensar la economía desde otra perspectiva más acorde con la realidad del siglo XXI: el intercambio de conocimiento.
La Revolución Industrial suele contarse como una transformación de nuestra capacidad de fabricar. La suma del capital y el trabajo hizo posible que fuéramos mucho más productivos y por eso somos mucho más ricos. Pero producir, si no tienes quien te compre el resultado, vale para poco. Lo que verdaderamente cambió el mundo fue la extensión del comercio, que desde 1800 había crecido mucho más rápido que la población o que la producción y que, coincidiendo con el parón del motor del capitalismo, se estancó.
Y la siguiente pregunta es ¿Qué es exactamente lo que intercambiamos los seres humanos? ¿Y por qué estamos dejando de hacerlo?
La respuesta es menos obvia de lo que parece. Nos hemos acostumbrado a pensar en lo que compramos y vendemos como objetos — como el resultado pesado y contable de un mundo material. Pero nunca lo fueron. Si adquirimos un coche, un medicamento o un teléfono es porque no disponemos del conocimiento necesario para fabricarlo por nosotros mismos. Lo que intercambiamos, por tanto, es conocimiento. Los bienes que intercambiaba la economía industrial eran fragmentos de conocimiento impreso en productos.
Así que la siguiente pregunta es: ¿Qué pasó con el conocimiento humano que produjo la expansión económica más importante de la historia? ¿Y qué pasó después?
Minúscula historia del conocimiento humano
Durante la mayor parte de nuestra existencia, el conocimiento avanzó con lentitud geológica. Entre el dominio del fuego y la aparición del lenguaje simbólico, o entre la Revolución Agrícola y los primeros sistemas matemáticos formales pasaron miles de años. Todavía hubieron de pasar varios miles más para que esos sistemas desembocaran, en el siglo XVII, en el método científico y en Galileo.
Durante todo ese tiempo, igual que ocurre con el resto de especies animales similares a la nuestra, ese conocimiento se fue distribuyendo de individuo en individuo hasta alcanzar los límites de cada población, exactamente igual que un virus. Si una persona sabía usar el fuego, o construir un molino de viento, ese saber se iba replicando orgánicamente igual que el de los elefantes, o el de los macacos, hasta alcanzar a todo el grupo social.
De manera que la posibilidad de comerciar con el conocimiento no existía, porque todo el mundo tenía el mismo. Por eso el comercio a lo largo de la historia fue siempre residual y sólo en los casos en los que el poder político ejerció un férreo control sobre su distribución —como el que impuso China para proteger la industria de la seda, o los gremios en la Edad Media europea— pudo existir la posibilidad de intercambiarlo.
Pero durante la Revolución Industrial ocurrió algo extraordinario. Todo el saber que se había ido desarrollando desde la Revolución Científica, dos siglos atrás, cristalizó en una cascada de descubrimientos que incluyó la máquina de vapor, el ferrocarril, la electricidad, el motor de combustión interna, el teléfono, los antibióticos, la anestesia, las vacunas, el avión, la televisión, los plásticos, los fertilizantes sintéticos, la fisión nuclear, el transistor, los ordenadores, internet, el GPS, la secuenciación del genoma y los smartphones.
Esa aceleración produjo una anomalía histórica: y es que apenas había personas capaces de gestionarlo.
En los inicios de la Revolución Industrial, menos del 10% de la población mundial sabía leer y escribir, había poquísimas universidades y la mayoría estaban más entregadas al estudio de la religión que al de la ciencia. En las décadas que siguieron, a pesar de que la tecnología avanzó a toda velocidad, aun lo hizo impulsada por muy pocas personas: quizá unos cuantos miles en Europa y en Estados Unidos.
Mientras tanto, el resto de la humanidad era igual de analfabeta en 1920 que en la Edad Media. No había ingenieros, ni matemáticos, ni profesores suficientes en el mundo para que el conocimiento fuera universal como había sido durante milenios. Las ideas complejas no podían circular más allá de esos círculos minúsculos, simplemente porque no había suficiente gente capaz de comprenderlas.
Por esa razón, durante dos siglos, el mundo entero dependió de las élites de unos pocos países para fabricar coches, extraer petróleo, sostener las cadenas de distribución, sintetizar medicamentos, construir infraestructuras, programar software o lanzar satélites al espacio. Más aun, incluso en los países occidentales, la mayoría de la población no podía tomar decisiones de consumo por sí misma.
De manera que eso que llamamos “capitalismo” o “economía industrial” era un colosal engranaje dedicado a hacer que un montón de gente sin la formación necesaria pudiera disfrutar de cosas —como los electrodomésticos, o los productos financieros, los combustibles fósiles o los viajes internacionales— que nunca hubieran estado a su alcance de otra manera.
Eso fue lo que hizo posible la “era industrial”. Durante un par de siglos, el monopolio del conocimiento permitió a unas pocas empresas en unos pocos países venderlo —empaquetado en bienes de consumo— al resto de la sociedad, primero, y al resto del planeta, después.
Mientras tanto, en 1950 dos tercios de la población mundial seguía sin saber leer y escribir.
La edad del optimismo
Hasta que en la segunda mitad del siglo XX todo cambió. Al final de la Segunda Guerra Mundial el mundo hizo un esfuerzo colosal por extender los beneficios del bienestar y del progreso a la mayoría. Entre ellos, la educación.
Primero, en los años 50, 60 y 70, miles de millones de personas accedieron a la instrucción básica. El analfabetismo cayó en picado; se desplomó en unas cuantas décadas. Entonces, en los últimos compases del siglo surgió una nueva promesa: nacería una ‘sociedad del conocimiento’.
Para hacer ese sueño posible ya no iba a ser suficiente con el petróleo y las máquinas. Hacía falta un nuevo tipo de capital: “capital humano”. El futuro necesitaba ingenieros, abogados y médicos; científicos y filósofos; editores, autores y creadores; sociólogos, politólogos y filólogos. Astronautas.
Así fue como el mundo se conjuró para producir un experimento inédito. Una generación —centenares de millones de jóvenes— iría a la universidad y saldría de allí convertida en un tipo de ser humano distinto, infinitamente más capaz de transformar la realidad que ninguno de sus antecesores, equipado con una mochila llena de confianza en sí mismo y el encargo de construir el futuro.
Esos niños son —somos— los hijos del optimismo del siglo XX.
Y de la misma forma que nuestros padres —que habían sido la primera o la segunda generación de cada familia en ir al colegio— dieron lugar a la televisión y los periódicos para saciar su curiosidad, los hijos del optimismo creamos nuestro propio medio de comunicación a la medida de nuestras ambiciones: Internet.
Un cambio de época
Se ha dicho tantas veces que da mucha pereza repetirlo, pero es verdad: Vivimos un cambio de época. Dentro de mil años, cuando los historiadores del futuro expliquen el momento que nos ha tocado vivir, contarán que este fue un momento extraordinario, una inflexión histórica.
El sueño de la sociedad del conocimiento voló por los aires las cadenas que habían mantenido el conocimiento restringido durante 200 años. Por primera vez, cientos de millones de personas podían manejar un volumen de conocimiento que, apenas unos décadas atrás, habría sido considerado revolucionario.
El impacto fue descomunal, como si nos hubieran golpeado un millón de revoluciones científicas al mismo tiempo. En apenas unos años, esas estructuras que habían servido para ordenar el monopolio del conocimiento en un mundo de analfabetos comenzaron a desmoronarse.
Primero, los grandes periódicos, los sindicatos y los partidos de masas —las instituciones de intermediación de la sociedad contemporánea— se fueron desvaneciendo. Los politólogos y los sociólogos, que entienden muy bien este fenómeno, lo llaman “desintermediación política” y son muy conscientes de que representa un cambio de paradigma. Lo que no hemos terminado de comprender es el impacto que tuvo en la economía.
La economía menguante
En el siglo XX, la música era un bien escaso. Hacía falta un conocimiento muy específico —y cuidadosamente restringido— para fabricar CDs, producirlos en masa y distribuirlos. Precisamente por esta razón podía existir un mercado que vendía miles de millones de productos y sostenía cadenas enteras de distribución con millones de empleados. En las grandes ciudades se erigían centros comerciales enteros dedicados al comercio de esta forma de entretenimiento.
Los hijos del optimismo dejaron de necesitar esos intermediarios. Entonces desapareció un sector completo de la economía. A continuación le ocurrió lo mismo a los periódicos. Después, a las agencias de viajes, a los alojamientos turísticos, a las tiendas, a las sucursales bancarias, a los administrativos, a los corredores de seguros y a los videoclubes, a las agencias de empleo, a la televisión y a la radio.
Igual que les ocurrió a los partidos de masas, con cada bien que ya no requería intermediarios desaparecieron sectores enteros de la economía, millones de puestos de trabajo y de oportunidades de inversión. La parte “destructiva” del capitalismo los estaba dejando obsoletos.
Esta es la explicación más simple (y resumida) para el gran misterio de nuestro tiempo: Los hijos del optimismo, haciendo realidad el sueño que sus padres habían tenido para ellos, acabaron con el mundo industrial e inauguraron uno nuevo.
La economía que habíamos conocido, la que nos trajo a los piés del siglo XXI, no era la lógica continuidad de nuestra especie. Era una excepción; un caso aparte; un momento efímero que tuvo lugar en la confluencia de unas circunstancias históricas excepcionales y que dependía de una sola condición de posibilidad: que el conocimiento siguiera restringido y controlado por unas pocas personas en unos pocos países.
Y no va a volver.
Abundancia o barbarie
La paradoja del presente es la siguiente: nos hemos convencido de que vivimos en un momento de escasez cuando la única verdad es la contraria. Nuestro mundo es cada vez más abundante. Cada vez somos más capaces no solo de producir bienes materiales, sino sobre de satisfacer nuestras necesidades de maneras mucho más sofisticadas que la posesión de objetos. (A esto es a lo que nos referimos cuando hablamos de “digitalización”).
Lo que ocurre es que las normas de nuestra sociedad no están preparadas para la abundancia. Al contrario. Resolver el ‘problema económico’ —la escasez— había sido nuestra ocupación principal, no solo de los últimos siglos, sino de toda nuestra existencia y de la historia de la vida en su totalidad. Todavía hoy la sociedad es esto: un sistema diseñado para producir y asignar bienes limitados. Un mecanismo que espera que todos sus integrantes contribuyan a paliar esa escasez atávica aportando esfuerzo (trabajo), o sacrificio (capital) y que otorga una posición en el orden social a cada cual en función del resultado de esa tarea.
Así que cada vez que el conocimiento amenaza con volver abundante otro rincón de la existencia nos encontramos en la misma encrucijada: si queremos que la música sea abundante, ¿cómo remuneramos a los autores?. Si compramos productos baratos en lugares donde no hay dependientes (como Amazon, o las grandes superficies), ¿qué harán los dependientes de las tiendas de barrio? Si el conocimiento desploma los precios de los alimentos, ¿cómo podrán tener una buena vida los agricultores? Si la tecnología nos libera del trabajo, ¿de qué viviremos?.
Eso que hemos llamado “inteligencia artificial” es la forma más brutal del mismo fenómeno. La IA generativa promete hacer la inteligencia abundante. Pero si eso ocurre, ¿qué harán los trabajadores que se vean desplazados? ¿qué harán los empresarios cuyas empresas quiebren?
Y cuando parecía que no podía ir más allá, ese millón de revoluciones científicas está llegando a la raíz misma de la escasez: la energía. Lo que durante siglos parecía un recurso limitado se ha demostrado cada vez más abundante gracias a las renovables.
Por eso el debate entre abundantismo y escasismo es la lucha política de nuestro tiempo. Porque solo hay dos caminos: o seguimos atascados en un paradigma de la escasez y defendiendo las trincheras del siglo XX (como el trabajo, o el esfuerzo), o aceptamos que el mundo es, de hecho, un lugar abundante y empezamos a transformar las instituciones para aprovechar sus oportunidades.
La edad adulta de la humanidad
“That is quite definitely the answer. I think the problem, to be quite honest with you,
is that you’ve never actually known what the question is”.
Douglas Adams, The Hitchhiker’s Guide To The Galaxy
De manera que la premisa de Hijos del optimismo es esta: abundancia no es la respuesta a nuestros problemas; no es el final de un camino que tenemos que emprender. Abundancia es la pregunta, ¿cómo hacemos para vivir en un mundo que ya no está ordenado por la escasez? ¿cómo decidimos quién es valioso y quién no lo es? ¿cómo repartimos el poder en un mundo abundante? ¿cómo producimos los bienes públicos (abundantes)? ¿qué significa contribuir a la sociedad cuando el trabajo ya no es necesario?
Lo que nos ocurre, en el fondo, es que nos hemos hecho mayores. Como si hubiéramos sido niños y ahora fuéramos adultos, capaces de hacerse un lugar en el mundo, no nos queda más remedio que enfrentarnos a la promesa y a la exigencia de nuestra propia libertad.
¿Qué haremos con ella?
Mientras te lo piensas, siempre puedes comprar Hijos del optimismo en Amazon, en la Casa del Libro, en la web de Debate o en tu librería favorita. .





