Donald Trump y la segunda guerra de los mundos
O cómo acabar con los populistas
En la primera Guerra de los mundos, H. G. Wells imaginó que unos extraterrestres invadían la Tierra.
Los visitantes en cuestión eran unos enormes cerebros, más o menos del tamaño de un oso, engarzados sobre unos minúsculos —en comparación— tentáculos cartilaginosos, el vestigio atrofiado de un tiempo anterior en el que habían tenido, todo parece apuntar, un cuerpo. Incapaces de sostener su propia envergadura, aquellos seres se transportaban de un lado a otro encaramados a unas máquinas telescópicas de tres patas.
Los marcianos de Wells llegaban a la Tierra buscando un nuevo hogar. Su planeta se estaba enfriando a toda velocidad y amenazaba con volverse inhabitable. Y no es que fueran malvados. Tampoco nos tenían ninguna inquina. Pero desde lo alto de sus trípodes no podían empatizar con nuestra especie, de la misma manera que nosotros no tenemos ninguna consideración por las cucarachas, ni por los mosquitos, ni por las hormigas que insisten en volver cada primavera a las casas con jardín. De ahí que insistieran —nada personal— en matarnos a todos.
Wells vivió a finales del siglo XIX. Jamás hubiera podido imaginar que 150 años más tarde no haría falta salir al espacio exterior para toparse con gente que vive en otro planeta.
Pero así es. Hoy vivimos rodeados de personas que están a miles de kilómetros mentales de nosotros. Nos subimos al metro y a nuestro lado se sienta un chaval que está convencido de que la civilización se derrumba y se está preparando para sobrevivir, cuando llegue el momento. En el asiento contiguo, una estudiante de Erasmus fantasea con un futuro —el suyo, al menos— que será luminoso. En el espacio que queda entre las puertas, un pasajero que culpa a los migrantes de todo lo que le disgusta se apretuja contra otro que sigue creyendo que el mundo se mueve al ritmo de la lucha de clases y mientras tanto, en el otro extremo del vagón, una señora que niega el cambio climático acepta el asiento que le cede un hombre que piensa que ya es demasiado tarde para evitarlo. Empiezas una conversación con un desconocido y a la mitad descubres que es imposible seguir: ni siquiera partís de la misma realidad.
¿Debería sorprendernos? La realidad nunca ha sido, en rigor, algo compartido. Cada uno de nosotros acarrea consigo su propia versión, moldeada por la perspectiva intransferible que nos da la vida. Pero durante el lapso de tiempo en el que Occidente —con sus partidos políticos, sus medios de masas, sus iglesias, sus sindicatos y el relato atronador del progreso— controlaron los resortes de la esfera pública global, llegamos a convencernos de que la realidad era como Beyoncé: única.
Cuando a finales del siglo XX todas esas instituciones comenzaron a enfriarse no supimos que hacer. Entonces, como los marcianos de Wells, los seres humanos iniciamos una migración en todas direcciones hasta dar con nuestros huesitos en muchos planetas distintos; cámaras de eco hechas de algoritmos y de pequeños medios a los que pagamos una suscripción para que nos den la razón en cada cosa. Desde entonces, sin herramientas para la conexión intergaláctica, cada día vivimos un poco más atrapados en nuestro propio mundo, aislados de los demás como si fuéramos un montón de cerebros encapsulados en una máquina.
El resultado es un campo abonado para los mercaderes del odio, que llevan 25 años intentando conducirnos a la guerra: a la segunda guerra de los mundos.
Donald Trump es su gran líder.
Trump, el constructor de mundos
En aquel siglo XX donde todas las instituciones radiaban la misma historia, el papel de la política consistía en tener opinión —’posición’, que decían los enterados— sobre los temas. La izquierda y la derecha discutían sobre la forma de organizar la sociedad, pero en esencia la sociedad de la que hablaban era la misma. Hoy, por el contrario, algunos han descubierto que se puede tener mucho éxito inventando una sociedad distinta y propia. Una visión de la realidad que se pueda patentar para que nadie se la quite y que está hecha a medida de las emociones de sus votantes.
Donald Trump es la mejor encarnación de este fenómeno. El empresario ha sabido usar su experiencia como promotor de faraónicos proyectos inmobiliarios para convertirse en un constructor de mundos que lleva 40 años extendiendo su propia cosmovisión allá donde va, para que otros vivan en ella.

Esta es la razón por la que es tan aficionado a esos discursos erráticos, que se prolongan durante horas y que desde fuera resultan incomprensibles. ¿Por qué salta, cuando habla, de la cesta de la compra a China, de China a la inmigración, de la inmigración a los últimos cincuenta años de historia americana, y de ahí a Joe Biden y al petróleo y a la vacuna del COVID, todo en el mismo aliento? No divaga. No está loco. Es que está construyendo un mundo — completo, inmersivo, autosuficiente — donde cada cosa tiene su lugar y todos las historias, aunque desde fuera parezcan dispersas, confirman la misma verdad.
En el mundo de Trump, Estados Unidos es la víctima indefensa de una estafa. Era un país próspero hasta que una élite radical y corrupta —”the swamp”; la “ciénaga”— lo abandonó a su suerte para enriquecerse a su costa. En manos de estos traidores, los inocentes ciudadanos americanos están sufriendo las consecuencias: sus condiciones de vida han empeorado, sus expectativas de progreso se han visto truncadas y ellos mismos se han visto desplazados del centro de la sociedad por un puñado de wokes y cualquier minoría que le baile el agua a los tiranos.
La venganza de los pringados
En una innovación política digna de un manual de spindoctorismo, esos inocentes ciudadanos ya no son los “hard-working americans”; los esforzados trabajadores que habían sido el arquetipo clásico de la política occidental durante décadas. Los ha sustituido otro tipo de especimen cuya virtud es la obediencia: el “law-abiding citizen”, el ciudadano temeroso de la ley.
Claro que a nadie le van a pedir el carnet de conducir para comprobar cuántos puntos le quedan antes de certificarlo como tal. Un “law-abiding citizen” puede arrastrar una sentencia por impago de la manutención de sus hijos sin perder sus credenciales. En Trumplandia los buenos ciudadanos son los que se identifican con el orden. No con el de la ciénaga, claro está, sino con el del trumpismo. La fidelidad a Trump es lo que otorga la ciudadanía.
El resultado es una cosmovisión en la que caben todos esos americanos que ya ni se definen por su empleo ni tienen visos de volver a hacerlo. A diferencia del marco que continúa usando el mainstream, donde solo tiene cabida la gente que forma parte del sistema productivo, en la versión de la realidad que ha construido Trump cabe lo que Aaron Bastani llama “el innecesariado”: los que viven de subsidios, los mal jubilados, los peor empleados, los que sobreviven haciendo trabajillos o de alguna renta. Cualquiera. Con la única condición de que viva en el mundo que le han construído.
Los law-abiding citizens de Trump tienen un problema. Su país se ha convertido en el pagafantas del sistema internacional. Esos que la ciénaga llamaba “aliados” son, en realidad, unos jetas que llevan décadas aprovechándose de la generosidad de Estados Unidos y pasando la factura de su protección militar mientras le venden sus coches, sus chips y sus electrodomésticos al mercado americano a precio de oro. Les han estafado. Y lo que es peor: se rien de ellos.
Esa idea de la humillación nacional como herida abierta es la otra gran innovación política del mundo trumpiano. Esa sensación de estar siendo timado, de que todos los demás cobran y tú pagas, de ser un primo y un pagafantas, de que alguien se está riendo de ti, es uno de los sentimientos más extendidos de nuestro tiempo. Trump fue el primer político occidental que lo tomó en serio en lugar de despreciarlo.
Por eso en el mundo de Trump ser bueno es lo mismo que ser tonto. Por esa razón la clave de bóveda del mundo trumpiano son los aranceles. Es la venganza de los pringados en la forma de castigo, de un “impuesto” que se cobra al resto de países para reequilibrar la balanza.
Fan fiction político
Los constructores de mundos no nacieron en la política. A principios de los 2000 surgió en torno a Harry Potter un movimiento pionero en Internet: comunidades enteras se organizaron en foros para expandir el universo de Rowling con personajes e historias propias, creados por los usuarios. Así empezaron a aparecer spin-offs en los que un secundario se convertía en protagonista, o tramas nuevas que no existían en los libros originales, o planos e ilustraciones de rincones apenas insinuados en las novelas.
Aquello se llamó “fan fiction” y Henry Jenkins dice que es “una forma en que la cultura repara el daño causado por un sistema en el que los mitos contemporáneos pertenecen a las corporaciones en lugar de pertenecer al pueblo”. Esto es, que es la reacción de la gente apropiándose de las historias y de los personajes que pueblan la cultura de masas. Hoy la fan fiction está por todas partes. No solo ha tomado varias sagas de ficción, sino que cada vez hay más productos que no son historias, sino universos completos donde los fans son a la vez autores y lectores.
El éxito de los mundos políticos de hoy también radica en que tienen muchos autores: muchas spin-offs. Son cosmologías hechas por influencers, usuarios de redes sociales, periodistas y políticos. Así es como cualquiera puede entrar en un universo completo y complejo, mucho más extenso de lo que una única persona podría nunca construir.
Pero la consecuencia es que esos mundos pueden sobrevivir a su creador. Incluso dejarlos atrás y tener una vida propia.
Gloria y declive de Boris Johnson
He dicho muchas veces que el país que adelanta lo que va a ocurrir en los próximos años es UK. El ciclo que vivimos todos los occidentales, ese que llamamos la “Era Industrial” nació allí, entre los bancos de Londres y las fábricas textiles de Dundee, en las highlands escocesas. Esa región del mundo lleva 250 años quemando fases antes que el resto. También en esto.
Una de las primeras apariciones triunfales de Trump como actor político ocurrió en el Reino Unido. En los 2000, cuando las ciudades del norte de Inglaterra ya estaban arrasadas por la droga y las Midlands se habían quedado sin propósito, una generación de políticos populistas tuvo mucho éxito construyendo esa idea de que las élites —europeas, en este caso— eran las culpables del declive del país. Ese movimiento terminó por empujar al gobierno de David Cameron a convocar —y perder— el referéndum del Brexit. Trump se involucró casi desde el primer día y fue uno de sus principales valedores desde el otro lado del Atlántico. Pero el más eficaz de todos ellos fue Boris Johnson, que acabó como primer ministro precisamente como consecuencia de aquella aventura.
Johnson es un personaje descomunal. Un prestidigitador capaz de generar la ilusión de estar viendo dos personas a la vez: al snob que recita pasajes de Homero, Tucídides o Shakespeare y a un tipo medio piripi, el pelo rubio perpetuamente revuelto, como si siempre viniera de forcejear con otro borracho a la puerta del pub.
La retórica de Johnson era clavada a la de Trump: él, que era un aristócrata educado en Eton, hacía creer a la gente corriente que era su aliado. Pintaba a los políticos profesionales como unos farsantes y se presentaba a sí mismo como un tramposo simpático, un trickster dispuesto a colarse en las instituciones para hacerlas saltar por los aires desde dentro. Y la gente lo adoraba precisamente por eso: por cómo troleaba a la clase política, se reía de las normas y conseguía sacar de quicio a la “élite”. Cada provocación era una pequeña victoria del pueblo contra el establishment.
Hasta que dejó de ser tan gracioso. Durante los confinamientos del COVID, mientras el resto del país se despedía de sus muertos por videollamada, Johnson celebraba fiestas en Downing Street. La víspera del funeral del príncipe Phillip, que murió aquellos días, alguien sacó una fotografía que mostraba a la reina Isabel II despidiendo al que había sido su marido durante setenta años. Esa imagen —la reina viuda, encorvada y con mascarilla, sentada sola en la capilla de Windsor— se convirtió en el contraplano perfecto del Partygate y Johnson se desplomó en las encuestas. Su popularidad, que había sobrevivido a mentiras, escándalos sexuales y hasta a la suspensión inconstitucional del Parlamento, se hundió de golpe. La gente había comprendido por fin que no era un héroe rebelde luchando contra las élites: era simplemente otro estafador, otro anfibio más de la misma ciénaga.
Se fastidio el chiste. Johnson se vio obligado a dimitir. El partido conservador aguanto por los pelos unos cuantos meses más a base de achicharrar tres primeros ministros distintos y de empujar a la democracia más antigua del mundo al borde de la quiebra financiera. Hasta que no le quedó más remedio que convocar unas elecciones y perderlas también. Arrasaron los laboristas.
Donald Trump vive hoy un momento Johnson.
Trump, deshauciado de su propio mundo
En el mundo de Trump, Donald no estaba solo. Las subtramas corrían a cuenta de un ejército de autores no oficiales: Tucker Carlson y su relato sobre el ocaso de Occidente; Joe Rogan, desde un podcast aparentemente apolítico; Steve Bannon y la guerra contra el “estado profundo”; Charlie Kirk y la movilización de los universitarios e incluso Candace Owens, que intentó hacer una traducción a la comunidad afroamericana. Por debajo, miles de cuentas anónimas iban rellenando los rincones del mundo de Trump con personajes secundarios, lore propio y guiños internos que solo entienden los que llevan años habitándolo. El resultado era un universo expandido tan denso que ya nadie necesita escuchar a Trump para vivir dentro de él.
En los últimos meses ese universo le está mandando una orden de deshaucio a Donald Trump. Todo empezó con Tucker Carlson, el antiguo presentador estrella del prime time de Fox News y probablemente el ideólogo más influyente del trumpismo cultural que llegó a decir en la convención republicana de julio de 2024 que Trump había sobrevivido al intento de asesinato en Butler por “intervención divina”, que Dios lo había salvado porque tenía un plan para él. Veintiún meses después, el mismo Carlson sugería en su podcast que Trump podría ser el Anticristo.
La ruptura, que se había venido cocinando desde junio de 2025, estalló en febrero cuando Trump ordenó, influenciado por el primer ministro de Israel, el ataque contra instalaciones nucleares iraníes. Para Carlson fue una traición mortal. La promesa central del trumpismo había sido sacar a Estados Unidos de las guerras eternas de Oriente Medio, no meterse en una nueva.
Hace unas semanas Carlson publicó un vídeo en el que se disculpaba ante su audiencia. Se sentía cómplice, dijo. Había hecho campaña por Trump y había contribuido a engañar a millones de personas. Viviría “atormentado por ello durante mucho tiempo”.
Junto a Carlson, Candace Owens, Megyn Kelly, Alex Jones y Joe Rogan han empezado a criticar abiertamente la deriva de la administración. Y aunque aun está por ver qué efecto tienen estas deserciones en los resultados de las elecciones de noviembre, el patrón es el mismo que vimos con Boris Johnson: Ninguno de sus antiguos aliados ha renegado del mundo trumpista, lo que están haciendo es exactamente lo contrario. Acusan a Trump de haber traicionado el universo que ellos ayudaron a construir. Carlson lo dice con todas las letras: el problema no es el “America First”, el problema es que Trump ha dejado de ser America First. La cosmovisión sobrevive al cosmólogo y los autores secundarios, que llevan años creando el mundo, empiezan a comportarse como guardianes de una ortodoxia que Trump ya no encarna.
El escenario más probable es que cada vez más voces lo expulsen de su propio mundo.
¿Qué ocurrirá entonces con la cosmovisión populista? ¿Volveremos a un mundo de confianza y color de rosa? ¿Quedará el partido republicano destruido durante una generación y ganarán los demócratas sine die?
La respuesta la volvemos a encontrar en Reino Unido.
El regreso del populismo
El destino es caprichoso y los mundos mentales, muy resilientes. Dos años después de las elecciones que ganó el laborismo en Reino Unido, esta misma semana, una nueva hornada de populistas —Reform UK, con la participación del no-tan-novedoso Nigel Farage— ha ganado las elecciones locales por un margen inmenso enarbolando exactamente las mismas banderas que agitaba Johnson.
Cuando los votantes descubrieron que el premier no era el legítimo constructor del mundo en el que vivían, lo echaron a patadas. ¡Pero conservaron el mundo! El fan fiction populista británico era tan fuerte que sobrevivió al cosmólogo. El universo Johnson siguió funcionando sin él y sigue vivo, expandiéndose, encontrando nuevos avatares que lo encarnan.
La lección que nos deja el Reino Unido es esta: las cosmologías políticas, los mundos ideológicos, no dependen de sus líderes. Por una razón: Cuando uno de esos políticos —o cualquiera, en realidad— es capaz de construir una realidad completa, la gente deja de seguir a esa persona en el sentido tradicional y empieza, en su lugar, a habitar en el mundo que les ha dibujado. Entonces empieza a tomar decisiones vitales de acuerdo con ese relato. Por ejemplo: los chavales que siguen a Joe Rogan y otros podcasters de extrema derecha también se han convencido de que la sociedad se ha vuelto floja y falta disciplina. Y su forma de ejercer la disciplina es ir al gimnasio. Entonces empiezan a ir a diario. Cambian su dieta para alcanzar sus objetivos. Hacen un grupo de amigos en torno a los mismos intereses. Quizá encuentran pareja en ese viaje. La cosmovisión les ha calado hasta los huesos.
Igual que resultaba imposible convencer a alguien, hace 40 años, de que la realidad no era la que publicaban los grandes medios, hoy es imposible convencer a una persona de que la realidad no es la que le repiten, cada mañana, en su podcast o su diario online de referencia. Lo que estamos adquiriendo no son opiniones. Es una identidad. No hay ninguna cantidad ni de datos, ni de razonamientos, que hagan que una persona deje de habitar su mundo.
Como los universos de fan fiction de Harry Potter, los mundos políticos, una vez construido, se sostienen solos. Creo que este es un fenómeno que creo que veremos repetirse en todos los países. Aunque caiga la primera ola de partidos populistas, Trump incluido, volverán con otras caras y otros nombres.
Salvo que hagamos algo por evitarlo.
Cómo acabar con el populismo
El populismo se ha definido de muchas maneras. Esta es otra. Lo que hemos llamado "populismos" son partidos de la realidad rota: organizaciones que construyen una cosmovisión propia enfrentada a la de las democracias liberales del siglo XX y poblada por dos figuras esenciales: una élite extractiva y un pueblo engañado.
Con pequeños matices —que consisten, básicamente, en si los responsables del declive son los políticos o los billonarios— todos los populismos, de izquierda y de derecha, sin excepción, comparten la misma cosmovisión. Por eso se refuerzan unos a otros. Por eso empezamos a ver transiciones de votantes de la izquierda populista a la derecha populista; porque en ese tránsito las personas no necesitan salir de la cosmovisión que habitan, les basta con elegir distintos culpables.
No se puede acabar con el populismo atacando a sus líderes. Primero, como hemos visto ya en infinidad de casos, porque cuando los partidos de la oposición intentan deslegitimar a un líder populista acusándole de corrupción, o de atentar contra el orden original, no hacen otra cosa que reforzarle. Tal y como les habían anticipado, el líder de turno es un ariete efectivo contra la ciénaga y la ciénaga se rebela contra él.
Pero sobre todo porque, como estamos viendo en UK, después de una ola populista vendrá otra, mientras su visión del mundo siga viva y se siga volviendo cada vez más hegemónica. La única manera de acabar con el populismo es cuestionando su cosmología. Y para eso lo mejor que podemos hacer es reconstruir la confianza: dejar de comportarnos como los marcianos de Wells.
Bajarnos del trípode. Dejar de mirar a los otros pasajeros del vagón como si fueran cucarachas que merecen ser exterminadas y darnos cuenta de que son seres humanos y de que habitan un planeta tan precario y tan provisional como el nuestro. Volver a creer, contra toda evidencia, que es posible hablar con quien piensa distinto sin convertir la conversación en una batalla por la supervivencia. Wells imaginó una invasión que venía de fuera; la nuestra viene de dentro y no la traen los marcianos: la traemos nosotros cada vez que decidimos que alguien es un enemigo tan atroz que no merece ser escuchado. La segunda guerra de los mundos no la podemos ganar derrotando a nadie. La ganaremos cuando dejemos de librarla.
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Hola María. Como siempre, aguda y certera visión. No hay que confundir coyuntura con problema estructural. Que a Trump le vaya como el pedo no quiere decir que en dos años los Estados Unidos salen del hoyo. El personaje ha creado una cosmología que le va a sobrevivir, porque en ella viven muchos millones de personas que, de momento, no tienen otra.
Conozco bien el caso de UK. De nuevo, estamos ante una cuestión de personas: no basta con cortar con el pasado cambiando los nombres. Hay que cambiar las cosas. Que Boris Johnson fuera un payaso no habilita a Starmer como el héroe que va a romper el hechizo.
Estamos en tiempos extraordinarios, que precisan de personas extraordinarias... a las que no se ve por ninguna parte. Atentos a Francia.
Olá! Vivo em Portugal e sigo-a no X, Substack e há mais tempo através de artigos de jornais. Agora gostaria de ler o seu livro. Está prevista alguma edição em português? Obrigado.