Claude Code: se acabó la burbuja de la IA
Es la hora de la verdad y toca demostrar si había algo de valor económico detrás de toda esta burbuja.
Como todo el mundo sabe, no hay mejor polvo que el que echaste en tu imaginación. Porque cuando de verdad te vas a la cama con alguien y llega la realidad, con sus texturas, sus fisuras y —crucialmente— las participación de los demás, por más fantástica que sea la experiencia, nunca podrá igualar a aquella expresión perfecta de tus deseos que solo podía existir en tu cabeza.
En Silicon Valley lo saben mejor que nadie. Durante los años de dinero barato que siguieron a la crisis de 2008, el Valle inventó una forma de desarrollar empresas que consistía, esencialmente, en evitar confrontar sus fantasías con la realidad de los negocios. Alguien lo llamó blitzscaling. La idea era sencilla: en un mundo hiperconectado, quien llega primero se lo lleva todo. Así que lo importante no era ser una empresa funcional (esto es, ganar dinero); eso vendría después, solo. Lo importante era crecer. Crecer a cualquier precio, incluso desangrándose a pérdidas.
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El venture capital —los inversores especializados en startups, que son la mano que mece esta cuna— ni tenía ni tiene ningún incentivo para crear empresas rentables a largo plazo: ese no es su negocio. Su negocio es comprar acciones baratas y venderlas más caras. Y para eso resulta mucho más rentable comprar y vender antes de que la realidad alcance a las expectativas: pre-money, pre-profit, pre-product-market-fit. Una buena fantasía es un activo mucho más valioso que los flujos de caja.
El resultado fue una generación entera de “unicornios”: startups valoradas en miles de millones que existían principalmente en la imaginación de sus inversores. Uber fue uno de ellos. Acumuló 33.000 millones en pérdidas antes de dar beneficios. Spotify, también. Tardó 17 años en tener su primer ejercicio rentable. WeWork llegó a una valoración de 47.000 millones antes de que alguien se molestara en leer sus cuentas — y cuando lo hicieron, casi desaparece. Estos son los casos de éxito. Del resto, poco se sabe. En 2021, 354 empresas habían alcanzado la categoría de unicornio. Solo seis han salido a bolsa desde entonces.
La megaburbuja de la mal llamada “inteligencia artificial” es el último episodio de esta aventura. Solo que, de tanto crecer, ya no nos quedan animales mitológicos para compararlo. Hace cinco años, para que una empresa fuera considerada un “unicornio” tenía que alcanzar una valoración de 1.000 millones de dólares. OpenAI, el front-runner de la IA, cerró su última ronda de financiación con una valoración de 850.000 millones. Anthropic, que le pisa los talones, está en 350.000. Mientras tanto, las grandes tecnológicas (Google, Microsoft, Meta, etc.) han invertido 776.0000 millones de dólares en centros de datos para poner a disposición de esta tecnología y no tienen plan de parar.
Son unas cantidades astronómicas. Impensables. Imposibles de cuadrar con ningún modelo de rentabilidad en una hoja de cálculo. Como el polvo que echaste en tu cabeza, son incompatibles con la realidad. Solo pueden tener sentido en el mundo de fantasia donde estas empresas consiguen crear una nueva especie inteligente.
Por esa razón, para justificar semejante disparate, en los últimos tres años OpenAI, Nvidia, Anthropic y el resto de empresas de la IA se han convertido en los nuevos adventistas del séptimo día: Han proclamado que esta tecnología destruiría 300 millones de empleos y transformaría dos de cada tres puestos de trabajo en el mundo; que superaría a la inteligencia humana y haría a las personas “innecesarias”. Que aumentaría la productividad un 7%. Que curaría el cáncer antes de 2025. Que iba a acabar con los radiólogos. Y con los médicos. Y con los programadores. Y con los abogados. Que conduciría mejor que las personas en 2023. Que sustituiría la industria del cine por otra formada por amateurs y que “pondría a prueba lo que somos como especie”. El último armageddon, el de esta semana, tiene hasta nombre: se llama “Vulnpocalipsis” y pronostica que un modelo de IA provocará un apocalipsis de cyberseguridad.
Nada de esto ha ocurrido. Pero hasta hace muy poco las empresas de la IA y sus inversores podían seguir viviendo de la expectativa de que terminaría por suceder.
Hasta Claude Code.
Hace 3 meses Anthropic creó un modelo LLM adaptado a las necesidades de los programadores. Y está teniendo mucha aceptación en ese sector. Algunos de los programadores más respetados del mundo, como Linus Torvalds y David Heinemeier Hanson han reconocido que lo están considerando. Claude Code es un LLM que podría, idealmente, encontrar lo que se llama “product-market fit”, esto es, aterrizar en un producto concreto que tenga un potencial comprador, al que se pueda poner un precio y ver qué ocurre con las ventas.
¡Oh, no!
Es la hora de la realidad. La IA ya tiene un producto que vender. Ya no es una promesa. Ahora tendrá que demostrar cuánto están dispuestos a pagar los programadores por su solución y cuántos programadores hay en el mundo a los que les interese su herramienta.
De pronto, las empresas de la IA tienen un problema. ¿Cuánto tiene que cobrar una empresa por un software para justificar una valoración de centenares de miles de millones de dólares? Y otro. ¿Ese servicio que les dan a los programadores, cuánto cuesta? Porque si el coste de computación es muy alto (lo es) a lo mejor resulta que las empresas prefieren pagarlo solo para unos cuantos casos concretos.
Y otro más: ¿Qué tiene Anthropic que proteja su producto de la competencia de otras compañías que quisieran imitar su modelo de negocio? ¿Qué impide a 20 o 30 empresas crear un producto exactamente igual que Claude Code?
Y si entran todas esas empresas a desarrollar modelos similares, ¿no tendrán una ventaja evidente sobre Antrhopic porque no tienen el lastre de haber pagado todos los costes de desarrollo hasta llegar hasta aquí?
Y otro: El desarrollo de código tiene la inmensa virtud de ser un ámbito donde coexisten las dos cosas que necesitan estos modelos para funcionar: unas normas bien establecidas y un repositorio de conocimiento donde miles de programadores han compartido sus soluciones en el pasado. ¿Se puede exportar Claude Code a otras industrias o se va a quedar limitado a este ámbito de la programación?
Y si se queda en el ámbito de la programación, ¿cómo justifican los hyperscalers la inversión que han hecho en centros de datos como si la IA fuera a reemplazar a centenares de millones de trabajadores?
Estas preguntas no son nada extraordinario. Son las que se hace cualquier empresa que no esté en el negocio de comprar y vender acciones, sino en el de crear valor para alguien que esté dispuesto a pagar por tu producto. Lo que se verán obligados a contestar en los próximos meses es la gran pregunta que se esconde detrás de la burbuja: ¿Hay negocio en la IA? ¿Tanto como para justificar invertir billones de dólares en unas pocas empresas?
De manera que la burbuja de la IA termina aquí. Con Claude Code. Para bien o para mal, a las empresas que han invertido en esto y nos han querido convencer de que iba a funcionar, ahora que funciona, les toca revelar su mano. O consiguen un producto que merezca la pena semejante inversión, o adaptan la inversión que han hecho a lo que en realidad pueden vender.
No puedo dejar de pensar que el último movimiento de Anthropic, que hace una semana lanzó una nota de prensa anunciando que no iba a hacer público su último modelo “Mythos”, porque “podría tener terribles consecuencias para los bancos” es una estratagema barata para no tener que enfrentarse a esta dura realidad de tener que vender tu producto y seguir en el hype.
Y es que ya es curioso que, justo en el momento en que parece que uno de tus modelos VALE para algo, decidas no publicar el siguiente, no sea que alguien se de cuenta de que tiene una utilidad y no es simplemente una amenaza para la vida en la Tierra.
Pero es un esfuerzo inútil, creo yo. La fantasía de la IA terminará de la única manera en que siempre terminan las fantasías: con el encuentro con la realidad, sus texturas y sus fisuras.
En el próximo artículo os cuento lo que yo creo que va a ocurrir…
¡Aviso! Cambios en la newsletter.
Debo pedir disculpas a los lectores habituales porque —otra vez— he desatendido esta newsletter. El lanzamiento de Hijos del optimismo se me ha juntado con la oportunidad de hacer una inversión relevante para poner en marcha un nuevo proyecto y algún otro tema personal y se me ha llevado la vida por delante.
Pero he aprovechado estos días para pensar en un cambio de formato. De ahora en adelante haré entre semana algunos artículos más cortos y más pegados a la actualidad, como este de hoy, y los sábados un tema en profundidad que se llamará “Gran Angular”.
¡A ver si lo consigo!
Photo by Madison Oren on Unsplash


Gracias, María, pero no entiendo esta especie de "negacionismo" de la "inteligencia artificial" (o como la queramos llamar) que pareces transmitir con tus artículos. Seguramente habrá un reajuste importante en la actual economía (y ecología de recursos y social) de esta tecnología para que su desarrollo e integración en nuestro mundo sea sostenible y más aprovechable, pero esta tecnología, más allá de las exageraciones de quienes quieren vendérnosla, sí que está demostrando ya que sirve para algunas cosas, desde ser una versión muy mejorada de los buscadores de información digital y una interesante herramienta para la gestión del conocimiento hasta aplicaciones concretas y especializadas, como las médicas o las de programación. Y esto solo es el primer "rodamiento" de fuerza bruta, porque luego vendrán las aplicaciones a pequeña escala y los desarrollos de modelos particulares para contextos específicos, plenamente integrados y adaptados a sus entornos de trabajo, que será la fase en la que realmente despliegue todo su potencial. Es algo que no sabemos cómo se va a producir exactamente, porque es algo completamente nuevo y no habrá más remedio que verlo sobre la marcha, pero los pasos dados no parece que vayan a tener vuelta atrás, o que nos permitan volver al mismo punto de partida.
Coincido en que ahora mismo no sé quién va a pagar este megaexperimento en tiempo real que se está produciendo ahora ni cómo saldrán vivas de este esfuerzo Anthropic y compañía (y mucha más gente que se verá o nos veremos salpicados de una forma o de otra), pero creo que esta tecnología está aquí para quedarse, aunque ahora mismo solo sea un borrador con muchos fallos de lo que realmente vendrá. (Supongo que tampoco se puede descartar que todo sea un bluf y que haya un megapetardazo trillonario que convierta este intento de desarrollo tecnológico en uno de los mayores fiascos de la humanidad, pero, sinceramente, de todas las opciones me parece una de las menos probables).
Si las máquinas van a desplazar al ser humano...para quien van a trabajar? El humano era el eje de la economía y si los desplazan, no tendrán acceso a recursos. Visto de ese modo, lo que se avecina es una explosión social a nivel global. En ese escenario, lo único que podrá aliviar un poco, serán dadivas de los gobiernos para gente que ya no es necesaria en el engranaje económico para medio subsistir.