Comerse a los ricos, quedarse con hambre
Indagamos en la concentración, el crecimiento y la naturaleza de la riqueza para descubrir las causas del malestar que asola el mundo.
Cuando la gente no tenga nada para comer, se comerán a los ricos.
Jean-Jacques Rousseau (atribuido)
Que todo va mal es el único consenso que parece subsistir en nuestros días. Para todo lo demás, hoy hay tantas posiciones como teorías sobre quienes son los culpables.
De entre todas, hay una que sobresale: Esa que dice que la riqueza se ha concentrado en unas poquísimas manos y por eso, aunque el mundo sigue creciendo, mucha gente tiene cada vez más sensación de escasez. Nos están robando.
Es una cosa bastante extraordinaria, porque trasladar conceptos macroeconómicos —como la desigualdad— a la opinión pública es muy difícil. Pero hace años el movimiento Occupy Wall Street parió un slogan que acabó por calar el sentido común global hasta los huesos:
“We are the 99%”.
Era la resaca de la crisis de 2008 y el mundo escuchaba en prime time la historia sobre cómo un puñado de banqueros había convertido el sistema financiero en un casino. Ellos, esos señores de carne, hueso y billetera, eran los culpables de la burbuja y de la crisis. La batalla debía ser la de todos contra el 1%.
15 años después la mayoría de personas en todo el mundo piensa que la acumulación de la riqueza influye negativamente en la sociedad. Grandes líderes politicos señalan a los “billonarios” como los culpables de la crisis política y social y el lema “tax the rich” se ha convertido en un inesperado artefacto de la cultura pop del que hasta algunos candidatos sacan líneas de merchandising y visten en las galas del cine.
Después del éxito que tuvo Zohran Mamdani blandiendo este argumento en la campaña a la alcaldía de Nueva York, hace unos días el candidato de los verdes británicos, Zack Polanski, volvió a esgrimirlo en un vídeo que se volvió viral mucho más allá de Reino Unido: “Cuando los demás nos matamos para crear riqueza y prácticamente nada retorna a nuestras comunidades, es que está yendo a otro sitio: hacia arriba, a los bolsillos de los superricos.”
La idea de que los billonarios son los culpables de ese malestar generalizado que describe Polanski es un argumento ganador en este ciclo político.
Pero más allá de su indiscutible potencia política, ¿es esto cierto? ¿es la acumulación de la riqueza la responsable del deterioro de las condiciones de vida de los últimos años? ¿O hemos buscado al culpable más fácil de señalar y estamos errando el tiro?
En otras palabras, ¿es suficiente con comerse a los ricos para arreglar el mundo? ¿O nos vamos a quedar con hambre?
En las entrañas del “1%”.
Como todas las buenas historias, esta del 1% tiene algo de verdad. En todos los países existe una mayoría super acaudalada que atesora un porcentaje inmenso del patrimonio global. En Estados Unidos, el 1% más rico tiene casi tanto patrimonio como el 90% de la población más pobre. En el conjunto del planeta, la división entre países ricos y pobres hace que esa proporción sea aun más exagerada.
Pero como todas las buenas historias, esta tiene también algo de cuento. Y es que no hay en realidad un 1% que se evada de una sociedad uniforme, sino que la riqueza se va concentrando cada vez más a medida que ascendemos en la escala. Esto significa que si miramos dentro del 1%, encontramos otra evidencia aún más escandalosa: el 0,1% de la población de EE.UU., 342.000 personas, acumulan el 14% de la riqueza de todo el país, la mitad del patrimonio del 1%.
Y si quisiéramos mirar dentro de ese 0,1% encontraríamos que la concentración se sigue agudizando hasta que ya no es posible capturarla en una encuesta. Pero según la lista Forbes, que estudia cada año las grandísimas fortunas americanas, un tercio del patrimonio de ese 0,1% —6,6 billones de dólares— está en manos de las 400 personas más ricas del país. O sea, que un 0,00001% de la población acumula más patrimonio que los 177 millones que conforman la mitad más pobre.
Y podríamos seguir. Podríamos mirar dentro de la lista Forbes y encontrar que de esos 400 billonarios, los 10 más ricos tienen un patrimonio conjunto de 2,4 billones de dólares, un tercio de toda la lista.
En comparación con estos 10 billonarios, todos los demás americanos —el 99.99999975%— son hoy más pobres que hace 10 años.
La paradoja es esta: si de lo que se trata es de hacer mayorías políticas, siguiendo la misma lógica del “99%” uno podría crear una “coalición del 99.99999975%”. Sería una agrupación de intereses en la que podrían coincidir 342 millones de americanos, junto con los otros 390 billonarios de la lista Forbes, más todos los millonarios que se quedan fuera de la lista, junto con todos sus criados.
Y algo bastante más espinoso: si observamos la escala hacia abajo, y no hacía arriba, veremos que el grupo de población que va del percentil 1 al 90, esto es, el 9% que está entre el 1% más rico y el 90% más pobre, eso que llamaríamos “clases altas”, posee el 37% del patrimonio.
Si sumamos ambos grupos —el 1% y el 9%— tenemos que el 10% más rico de EE.UU. posee casi el 70% de la riqueza del país.
Y no es un hecho aislado. Según el World Inequality Lab —que dirige Thomas Piketty— el 10% más rico de la población de cada país posee, de media, el 73% de la riqueza.
Tres tristes tercios
De manera que una forma mucho más productiva de comprender este problema sería esta:
La riqueza hoy se divide en tres tercios. El 1% más rico se queda con uno; el siguiente 9% —las clases altas, por decirlo coloquialmente— acapara otro y el siguiente 40% —las clases medias— se reparte la última de las tres partes. Al 50% restante, la mitad de la población más pobre, lo que le queda es un montón de deudas y las migajas.
Las sociedades se han convertido en un mundo de cuatro velocidades, donde:
Una minúscula élite económica se ha emancipado de la realidad en la que vivimos el resto de los mortales. Estos son los billonarios.
Otra élite cultural y política más amplia (el 10% más rico) está viendo mejorar su posición relativa y tiene también intereses y resortes del poder en sus manos. Estos son los abogados, los fiscales, los jueces, el mundo corporativo, los altos funcionarios, una parte de los periodistas, gran parte de los médicos, los directores de los medios, una parte de los profesores universitarios, los empresarios y parte de los políticos también.
Unas clases medias atrapadas entre el intento de saltar a clases altas y el peligro de caer al gran saco de clases bajas. Estas son las maestras y las profesoras, las enfermeras, los funcionarios, los policías, los bomberos, una parte de los profesores universitarios, una parte de los periodistas.
Las clases bajas, que no tienen nada y solo viven para pagar a todos los demás. Estos son los camareros, los cajeros de los supermercados, los teleoperadores, los administrativos, los celadores de los hospitales, los limpiadores, los cuidadores, los repartidores, los vigilantes de seguridad, los peones de las obras y los conductores de taxis y VTC.
Creo que la virtud de este modelo es que nos permite comprender el problema de la distribución de la riqueza en su complejidad, sin intentar reducirlo a una idea tan simple que quepa en un eslogan.
También creo que desde este lugar se puede comprender el otro consenso universal de nuestros días: el que se ha construído contra las élites políticas. Pero hoy no me quiero entretener con esto, así que lo voy a dejar para otro artículo y así te doy una excelente razón para suscribirte a esta newsletter y recibirlo en tu buzón en los próximos días.
¿Es la concentración de la riqueza la causa del malestar?
Así que todos estamos de acuerdo en que la riqueza se concentra progresivamente hacia las capas más altas de la sociedad. Pero ¿es esa desigualdad la causa del malestar que se vive en todo el mundo?
Dificilmente, porque este no es un fenómeno reciente. Al contrario, llevamos muchas décadas siendo una sociedad de tres tercios.
Antes de la II Guerra Mundial las élites a acumular más del 90% de la riqueza. Entre 1945 y 1975 se redujo drásticamente esa concentración (por el efecto de la “emisión de acciones” de los países en forma de vivienda de la que hablamos la semana pasada), mientras que entre 1980 y 2000 volvió a crecer la desigualdad. Pero desde 2000 la diferencia entre lo que acumulan unos grupos sociales y otros está prácticamente plana. Incluso antes, en 1980, el 10% más rico ya acumulaba el 76% del patrimonio global. La riqueza está muy concentrada… pero desde hace mucho tiempo.
En Estados Unidos, de lejos el país más desigual de Occidente, en 1989 el 1% ya poseía el 23% de la riqueza, mientras que el siguiente 9% era propietario del 38% y hoy mantiene una cifra muy parecida: 36,4%.
La riqueza total del 90% restante de la sociedad era el 39,2% en 1989 y hoy es el 32,6%, menos de 6 puntos menos. 6 puntos que se explican por el desmesurado crecimiento de la riqueza del 0,1%, que ha pasado en estos 35 años de poseer el 8,8% al 14% de la riqueza del país.
¿Justifican esos 6 puntos el galopante malestar contemporáneo? Si queremos pensar que es así, entonces tendremos que reconocer esta otra causa que representa una diferencia mucho mayor:
El elefante en la habitación de Occidente
En los últimos 35 años el conjunto de toda la riqueza ha crecido exponencialmente hasta multiplicarse por ocho. Y lo que podemos observar es que, a diferencia de la concentración de la riqueza, que es una ocurrencia muy antigua, este crecimiento disparado del volumen de riqueza sí que es un fenómeno reciente, específica de estas últimas dos o trés décadas. Y que se ha acelerado extraordinariamente, primero desde el año 2000, y mucho más desde el año 2008.
Dicho de otra manera: la riqueza no está mucho más concentrada hoy que hace 35 años, lo que ocurre es que hay mucha más riqueza.
Claro que esto no debería ser un problema en sí mismo. Hacer crecer la riqueza es el leitmotif de nuestro sistema económico. Se convierte en un problema porque la riqueza lleva décadas creciendo más rápido que la economía.
En Estados Unidos el conjunto de la riqueza pasó de 20,44 billones de dólares en 1990, a 42 billones en 2000 y alcanzó los 167,7 billones en 2025. En relación a la economía, el patrimonio de los americanos ha crecido al doble de velocidad que el PIB. Así que si en 1990 la riqueza era 3,6 veces el PIB, en 2025 es 5,6 veces. ¿Y los salarios? En el mismo periodo, los ingresos medios semanales de los trabajadores a tiempo completo solo se han multiplicado por 2,8.
En el conjunto de los países la riqueza ha pasado de representar 3,9 el PIB en 1980 a 6 veces el PIB global en 2025.
Esta es la explicación macroeconómica, con muchas gráficas y muchos datos, que da sentido a una realidad cotidiana que todo el mundo entiende: la vida económica se está haciendo cada vez más difícil para la mayoría. Porque en la vida esa montaña de riqueza se materializa en “activos de inversión” que esperan ser retribuidos y que nos vemos en la obligación de retribuir por muchas vías: pagando el alquiler o una hipoteca, o a través de la subida de los precios que deriva de que suban el alquiler y las hipotecas… o de que suban las acciones. De la misma forma, cuando siguen subiendo los impuestos, lo hacen porque los pensionistas y los trabajadores públicos, como todos los demás ciudadanos, se ven obligados a retribuir esa masa de riqueza.
Así, somos una sociedad que cada vez tiene que dedicar más dinero y más esfuerzo a retribuir una montaña creciente de riqueza. Sería un alivio poder decir que está solo en manos de un 1% para encontrar un culpable, pero la verdad es que da igual en qué manos esté.
Esta es la razón por la que, aunque hoy trabajan dos adultos en casi todos los hogares, aunque entra en las casas mucho más dinero que hace 35 años, la percepción de escasez es cada vez mayor. Más aun, como todo el mundo puede percibir que la tendencia es a que la riqueza se siga multiplicando, la mayoría de la gente tiene la percepción de que se van a quedar cada vez más atrás, de que no hay manera de seguir el ritmo (como, precisamente, señala Polanski en su vídeo viral).
El calentamiento global de la riqueza
¿Dé donde salen todos esos ‘activos’? ¿Cómo puede ser? ¿No se supone que la riqueza es el producto de la actividad económica? ¿No debería crecer en paralelo a la economía?
Así debería ser y había sido, más o menos, hasta 2000. Pero en torno a ese año la economía dejó de crecer al ritmo que había demostrado en los años anteriores. Lo normal hubiera sido que entonces la riqueza hubiera dejado de crecer también. Pero eso hubiera significado acabar con el sueño del crecimiento infinito en el que estaba instalada la sociedad de aquellos años (y aun sigue): decirle a la gente que ya no iban a ser ricos, confirmarles que sus hijos vivirían peor que ellos.
Al contrario, los gobiernos se entregaron a una política de reactivación a base de estímulos monetarios para que la economía siguiera creciendo. Pero la economía no volvió a crecer. Lo que ocurrió es que la riqueza se emancipó de la economía y desde hace 25 años ya no crece como producto de la actividad económica, sino por revalorización de los activos. En concreto, de las bolsas, que han multiplicado su valor por 25 desde 1989, y de los activos inmobiliarios, que se han revalorizado hasta alcanzar 7 veces el valor que tenían al principio de la medición de la Reserva Federal.
Y aquí seguimos. Por ejemplo, las políticas que naturalizan que la gente “invierta” o “ahorre” en vivienda son la mejor expresión de este intento. Ante un mundo que ya no crece donde no hay nuevas industrias en las que el capital tenga sentido, los países normalizan que se siga ganando dinero a base de revender unos ‘activos’ inmobiliarios que no producen ningún valor nuevo.
Toda esa montaña de “riqueza” artificial —riqueza de papel, “paper wealth”— es el auténtico fenómeno distintivo de estos últimos 25 años. Y es el gran elefante en la habitación de la sociedad contemporánea. Y si alguien quiere resolver el malestar contemporáneo, y no solo ganar votos por la vía más rápida, debería atender a las causas y los mecanismos que producen ese incremento disparado e injustificado de la riqueza.
Si no hay mucha gente dispuesta a hacer esto, es porque la montaña de riqueza tiene una causa fea, complicada de enfrentar: y es que es el sueño de la riqueza universal del siglo XX, al que nos negamos a renunciar, el que nos ha traído a este callejón sin salida.
Para arreglarlo, lo que necesitamos es un nuevo sueño :D.
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Milanovic lleva años subrayando dos ideas que encajan casi punto por punto con lo que planteas aquí. La primera es que la desigualdad no opera solo en la cola extrema (el 0,1% o el 1%), sino a lo largo de toda la distribución. En Capitalism, Alone habla de una “clase media-alta global” que, sin ser multimillonaria, se beneficia estructuralmente del sistema: profesionales cualificados, propietarios de activos, insiders del Estado y del mercado. Es muy parecido a tu “segundo tercio”: no son los Forbes, pero tampoco están del lado de quienes viven solo de su salario.
La segunda es aún más incómoda políticamente: el problema central no es solo quién posee la riqueza, sino cómo se reproduce. Milanovic insiste en que el capitalismo contemporáneo tiende a convertirse en un capitalismo patrimonial, donde los rendimientos del capital crecen más rápido que la economía y que los salarios, exactamente el fenómeno que describes cuando señalas que la riqueza se ha desacoplado del PIB y se ha convertido en una montaña de activos que hay que “remunerar”.
En ese sentido, el texto apunta a algo clave: el malestar no nace tanto de que “otros tengan mucho”, sino de que cada vez más gente vive para sostener una masa de riqueza que no produce valor nuevo. Milanovic lo formula de otra manera, pero llega a una conclusión similar: cuando el capital deja de estar ligado a la inversión productiva y se ancla en activos heredables, la movilidad se congela y la sensación de estancamiento se vuelve existencial, no solo material.
Un tal Jeff Bezos compra el Washington Post y justifica el desmantelamiento de la plantilla por falta de rentabilidad. Es el mismo que, unos meses antes, gastó absurdas millonadas en una boda indescriptible, pues no hay palabra que junte los conceptos gilipollas y hortera con suficiente contundencia. ¿Es posible mantener este trampantojo? ¿Hay algún precepto no ya ético, sino meramente económico, por el cual semejantes tipejos tengan que gozar, encima, de múltiples triquiñuelas de elusión fiscal?