Campanadas de fin de ciclo: el colapso inminente de Trump y de la IA.
Al presidente de EEUU y a la burbuja de la IA ha venido a verles la realidad en la misma semana.
Esta newsletter de +3.000 palabras que no se parece a nada que hayas leído en ningún otro sitio llega a tu buzón gratis porque la información quiere ser libre. Pero hacer la información cuesta trabajo. Y tú puedes ayudarme a demostrar que los bienes abundantes pueden ser sostenibles eligiendo una suscripción premium o comprando mi primer libro, Hijos del optimismo.
No sé vosotros, pero yo no me puedo sacudir la sensación de que vivimos en el día de la marmota. Con la única diferencia de que, en lugar de un roedor encantador, lo que vuelve cada mañana es Abaddón, el ángel del abismo, comandando un ejército de langostas con cabeza humana, dientes de león, cola de escorpión y la misión específica de atormentar a los hombres hasta que busquemos la muerte sin poder encontrarla.
Otra guerra. El precio de la gasolina que se dispara a miles de kilómetros en el surtidor. Los gobiernos de todo el mundo intentando amortiguar el golpe. Las bolsas en caída libre. La amenaza de una recesión. ¿Cuántos titulares a cinco columnas llevamos en lo que va de año?
Pero si nos paramos a observar, en mitad del caos hay un patrón. Estamos viviendo las últimas semanas —quizá los últimos días— del final de un ciclo que ha durado 17 años. Y que no da para más. El armazón político y económico que nos había traído hasta el año 2026 está a punto de terminar de desmoronarse y todos sus engranajes crujen, aplastados por el peso de una realidad que ya no les deja seguir girando.
En las últimas horas se han alineado todos los astros. Una sucesión de acontecimientos políticos y económicos amenaza una gigantesca traca final donde coincidirán el fin del ciclo económico con el fin del ciclo político. El colapso simultáneo de Donald Trump y de la IA.
No. No estoy exagerando. Las claves se amontonan por todas partes: Las maniobras cada vez más erráticas de Donald Trump, el pinchazo silencioso de la bolsa americana, el desplome del precio de Bitcoin o la subida de los bonos son las campanadas que marcan los últimos compases de un ciclo.
Suenan así:
FIN DE CICLO POLÍTICO: EL TRUMPISMO HA MUERTO
Para comenzar a entender este lío hay que empezar por preguntarse ¿Por qué ha atacado Trump a Irán?
Y la respuesta es: porque estaba en un problema. La Corte Suprema de EE.UU. había suspendido su medida estrella, la que le había empujado dos veces a la presidencia: los aranceles. El presidente estaba embarrado en un debate sobre si debía devolverle a los americanos lo que habían pagado de más por esos impuestos. Mientras tanto, su popularidad seguía en caída libre a pocos meses de unas elecciones legislativas que tiene todas las de perder. Trump, que es un especialista en capturar la atención, necesitaba un nuevo clavo al que agarrarse: un nuevo escándalo, un nuevo lío mundial en el que meterse. Y lo encontró en Irán.
Es probable que su plan no fuera meterse en este lío que se anuncia irreversible. Que pensara en asesinar al Ayatollah y salir de Teheran por patas en un par de días, como había hecho en Venezuela. O que se hubiera dejado aconsejar por la inteligencia equivocada y no contase ni con la resistencia del régimen, ni con las consecuencias de sus actos sobre la economía de EE.UU. Da igual. El caso es que Trump, sin otra cosa que hacer, acorralado y sin agenda, se ha ido conduciendo, como un auténtico kamikaze, de lío en lío hasta estrellarse contra el muro infranqueable de los ayatolás.
Como vimos en otro artículo, los regímenes como el de Trump, en su última fase, caminan en una de dos direcciones: o se consolidan y encuentran cierta estabilidad, o emprenden una huída hacia adelante cada vez más agónica y más desesperada. Lo que estamos observando es que el trumpismo no ha sido capaz de encontrar ese equilibrio y está optando por la (b).
Donald Trump llegó al poder blandiendo un relato que decía que la causa de la decadencia que perciben los americanos (una percepción que habían cebado los influencers de la alt-right en los años previos) era un supuesto trato injusto que unas élites blandas habían firmado con el resto del mundo. Se trataba de reordenar la relación de fuerzas para poner “America first” y que fuera “great again”. Nada de esto se ha cumplido. El republicano ha desplegado todos los instrumentos a su alcance (aranceles, amenazas y hasta secuestros de presidentes de países) para doblegar al mundo a pagarle lo que dice que le deben y no ha producido ningún efecto sobre la economía americana que sigue, en el mejor de los casos, en el mismo lugar que con Biden.
En otras palabras, el trumpismo no funciona. No es capaz de hacer “America Great Again”. De ser un sentido común político bastante exitoso ha pasado a convertirse en una cosa friki que ya sólo se creen los hinchas enajenados. Está agotado.
Hoy no queda un analista en el mundo que no esté planificando el post-trumpismo.
NO QUEDAN MÁS TACOS
Una de las grandes armas de Trump durante todo este tiempo ha sido la confianza ciega que tenían en él los grandes capitales. Desde que llegó al poder, el mundo de los fondos de inversión, de la banca y de la gran empresa había entendido que el republicano era uno de los suyos; un hombre con una sensibilidad y una trayectoria equivalente a la de cualquier otro multimillonario. Por muchos aspavientos que hiciera para ganarse la atención del New York Times, la gente que pinta en los mercados sabía que cuando las cosas se pusieran complicadas para Wall Street, Trump siempre haría lo que fuera necesario para reconducir la situación.
Y Trump llevaba mucho tiempo dándoles la razón. En cada una de las ocasiones en que sus derivas habían hecho temblar las bolsas o los mercados de bonos, se había echado atrás corriendo, a menudo de una forma bastante ridícula. Tanto así que esta práctica hasta tiene nombre propio: TACO (Trump Always Chickens Out).
Subidas en esa confianza, las bolsas americanas llevaban desde la inauguración del presidente de EE.UU. montadas en un bucle de “all news is good news”: cuando los datos de empleo y crecimiento eran buenos, las acciones subían porque eran buenas noticias; cuando eran malos, también subían, porque anticipaban que Trump presionaría a la Reserva Federal para recortar los tipos para compensar.
Pero con los ayatolas hemos topado. La tozuda realidad de un país que no piensa negociar con Trump como hizo Venezuela, junto con los daños que ya se han provocado a las instalaciones de producción de petróleo han hecho que los dos últimos TACOs (cuando anunció una tregua de 5 días e, inmediatamente después, otra de 10) no hayan tenido efecto calmando a los mercados.
Nos hemos quedado sin TACOs.
EL ÚLTIMO ESTERTOR
Más allá de los particulares de la crisis energética en la que nos ha metido este cenutrio, lo que revela el fin del efecto TACO es que el impulso político de Trump ha llegado a su fin. En el peor momento. En estos meses comienza a ser evidente que la economía americana se está desacelerando (incluso antes de la guerra con Irán). Algunas personas muy influyentes —como el CEO de Blackrock, el primer gestor de inversiones del mundo o la presidenta del BCE— alertan de la amenaza real de una recesión global en los próximos meses, una posibilidad que para EE.UU. ya está entre el 30% y el 50%.
Mientras tanto, los bonos de la deuda americana se resienten, Bitcoin ha perdido en los últimos meses la mitad de su valoración, el oro… ya nadie entiende lo que ocurre con el oro.
Pero lo a mi me tiene living es el cambio de comportamiento de las bolsas.
Tanto el SP500 —el índice general de la bolsa americana—, como el Nasdaq —el tecnológico— llevaban desde la irrupción de ChatGPT a finales de 2022 en una trayectoria de crecimiento disparado (el diente de sierra en abril de 2025 corresponde al susto de la primera amenaza de aranceles de Trump, que después retiró en su primer TACO).
Pero en los últimos meses, y con mayor intensidad en las últimas semanas, los mercados han perdido la tendencia alcista y se encaminan claramente hacia el sur. El NASDAQ acumula pérdidas del 10% desde octubre, mientras que el S&P 500 cede un 11% desde su máximo de enero.
Esto no tendría nada de raro en cualquier otro momento. Las bolsas suben y bajan. Pero lo que no tiene explicación es que este momento se produce en contra del patrón de confianza absoluta que habían demostrado los inversores con Trump y en el momento en el que las grandes tecnológicas están dando los mejores resultados de su historia.
En el último trimestre de 2025, las grandes tecnológicas americanas publicaron resultados que habrían parecido ciencia ficción hace apenas tres años. Apple, Microsoft, Alphabet, NVIDIA y Meta batieron las estimaciones de los analistas con una sorpresa media del 11,2%, sumando entre las cinco 178.400 millones de dólares en ingresos trimestrales — un crecimiento interanual del 18,6%.
Y sin embargo, sus acciones no dejan de caer. Para estupor de cualquiera, esta combinación de resultados extraordinarios seguidos de caída bursátil se ha convertido en la tónica general de los mercados.
¿Cómo puede ser?
EL GATILLAZO DE LA IA
Un momento. ¿Pero no estábamos al borde de una nueva revolución industrial que iba a afectar a uno de cada tres empleos en el mundo y que iba a incrementar el PIB en varios puntos cada año? ¿Esos resultados de las multinacionales, no eran la consecuencia de una tecnología revolucionaria que lo iba a transformar todo? ¿Cómo puede ser que alguien piense que vamos a entrar en recesión?
¿Qué demonios está pasando?
Está pasando que, al mismo tiempo que Trump ha llegado al final de su huída hacia adelante, la misma bofetada de realidad ha alcanzado también a la IA.
No discutiré nada en este artículo sobre los límites de—el conjunto disperso de tecnologías que hemos llamado— la IA. Pero hablemos de las promesas que han hecho los boosters de estas tecnologías en estos años:
Primero se dijo que la IA iba a eliminar 300 millones de empleos y que dos de cada tres puestos de trabajo se verían semi automatizados.
Luego alguien anunció que ya estaba claro cómo llegar a una “inteligencia artificial general” que sería capaz de sustituir a los humanos en cualquier tarea.
Después que todos los coches estarían conducidos por una IA.
O que acabaría con todos los abogados.
Y que era “la siguiente frontera de la productividad”.
Cuando ya no nos cabía otro palito por ninguna parte, en las últimas semanas se ha empezado a hablar de cómo una nueva IA agéntica podría sustituir a los programadores.
Ninguna (¡NINGUNA!) de todas estas cosas se ha llegado a materializar. E igual habría que replantearse la credibilidad que le otorgamos a estos ‘expertos’., pero no me quiero perder en disquisiciones. El hecho es que da exactamente igual si alguna de estas cosas ocurre o no. Lo que es relevante, la razón por la que es más que previsible que pinche la burbuja en estos próximos días es que, a día de hoy, tres años después del lanzamiento de ChatGPT la IA sigue sin tener un modelo de negocio. Sigue sin tener un producto que sea capaz de vender tanto como para justificar las inversiones billonarias que se están haciendo con la esperanza de que sirva para algo.
Como le pasó a las Google Glasses, o a las Oculus, o al Metaverso, o a los NFTs, la IA es milagrosa y podría servir para muchísimas cosas, pero no parece que haya mucha gente dispuesta a pagar por ninguna de ellas.
Por el camino, lo que se hace cada vez más evidente es que los resultados que, trimestre tras trimestre, publican estas multinacionales, responden a un entramado de acuerdos circulares que de incestuosos parecen el árbol genealógico de los Habsburgo. Hasta el día de hoy, no hay valor añadido en la IA, lo que hay es un dinero que no deja de dar vueltas para que, de tanto girar tan rápido, parezca mucho más.
Y lo que ya es evidente es que, haga lo que haga, no va producir crecimiento económico. Si tiene éxito y consigue alguna de las cosas que ha prometido, producirá el resultado contrario: reemplazar muchos trabajadores sin producir nada nuevo que cree empleos en otro sector. Esto es, incluso si la IA tiene éxito, lo que conseguirá es que la economía encoja, no que crezca. ¿Aumentará la productividad? Igual en algunas empresas, pero servirá de muy poco si cumple su promesa de eliminar inmensos sectores de la economía a cambio.
Como le ha ocurrido a Trump, a la IA también le ha llegado el turno de lidiar con la realidad y esta la ha dejado desnuda: sus promesas (de generar crecimiento económico) no funcionan.
Hace unos días el CEO de la primera empresa de la IA, Jenseng Huang, volvió otra vez con el cuento de la AGI y le pasó como a Trump con TACO. Que ya nadie le creyó.
LA TORMENTA PERFECTA
Ocurre que, igual que en EE.UU., en la IA también hay “elecciones” este año. Solo que no se dirimen en una urna, sino en los mercados de capitales. En unos pocos meses salen a bolsa las tres grandes “startups” del sector —SpaceX, OpenAI y Anthropic— con una valoración astronómica: más de 3 billones de dólares en conjunto.
Mira que es difícil que los analistas de mercados se pongan de acuerdo en algo, pues en esto parece haber unanimidad: no hay dinero suficiente en el mundo de la inversión bursátil para todas esas operaciones. De llegar a materializarse, serían “como echar una mole en un estanque”: vaciarían el agua, destrozarían la cotización de las otras empresas.
Más aún, es que ninguna de estas empresas tiene unas cifras de facturación que avalen, ni de lejos, esas valoraciones. Y en el ejercicio de salir a cotizar, tendrán que hacer un striptease integral frente al regulador, que dejará sus —opacas— cuentas a la vista de todo el mundo. La cosa es que estas empresas tampoco tienen alternativa a salir a bolsa. Porque desde luego donde no hay dinero suficiente para mantener esas valoraciones es en la inversión privada.
Las IPOs de la IA son a la economía lo que las midterms americanas a la política global: la hora de la verdad del modelo que nos ha traído hasta aquí.
Esto es, en mi opinión, lo que refleja la caída de las bolsas y el hecho de que TACO haya dejado de funcionar. A la burbuja de la IA y a Trump les quedan dos telediarios. Es más, yo diría que la burbuja ha pinchado ya: por eso se está desinflando el precio de las acciones. Si no explota con más virulencia es porque, como decía ayer el FT, los inversores no tienen donde ir.
En los próximos días, semanas quizá, seremos testigos de una fase todavía más aguda de este mismo proceso. A lo mejor la quiebra definitiva de la bolsa, quizá eso que anda diciendo Trump de sacar a EE.UU. de la OTAN. Será, en todo caso, el último de estertor de un modelo que está muriendo.
RAZONES PARA EL OPTIMISMO
Los lectores que me siguen con cierta asiduidad saben que no me gusta dejar los artículos en un punto tan deprimente. Sobre todo porque honestamente creo que no estamos en un momento para el pesimismo, al contrario: se abre ante nosotros una ventana de oportunidad extraordinaria.
Porque este aparente colapso de todo lo que nos rodea es un espejismo. Lo que se tambalea no es la sociedad. Las cosas que son relevantes para la vida humana, los indicadores que, dentro de 100 años, dirán si nuestro tiempo fue de progreso o de regresión, van viento en popa. La ciencia sigue avanzando a paso de gigante en la curación del cáncer, del parkinson y del alzheimer. Cada vez somos capaces de producir más con menos y, como resultado, seguimos acabando –aunque seguro que podríamos ir mucho más deprisa– con la pobreza y la mortalidad infantil. En estos últimos años tenemos otra razón para ser optimistas: el progreso alucinante de las energías renovables nos permite soñar con un mundo limpio de combustibles fósiles donde la energía también sea un bien abundante.
Lo que está quebrando es el proyecto económico en el que hemos vivido los últimos 25 años. Ese que llamamos “economía del conocimiento” no ha funcionado y hoy se resquebraja porque tenía en su corazón una contradicción insalvable.
La economía es, en su esencia, la parte de la actividad humana que lidia con la escasez. Las cosas tienen valor económico precisamente porque son limitadas: porque no todo el mundo puede tenerlas. El petróleo vale dinero porque hay una cantidad finita de él. El conocimiento funciona exactamente al revés. Cuando enseño algo a alguien, no lo pierdo. Cuando una canción se digitaliza, un millón de personas pueden escucharla a la vez sin que ninguna le quite nada a las demás. El conocimiento, una vez creado, puede reproducirse y distribuirse a coste prácticamente cero. Su tendencia natural es escapar de cualquier intento de convertirlo en mercancía y volverse libre — y cuando lo hace, la actividad económica construida en torno a su escasez artificial se desmorona.
Cuando Occidente tomó la decisión más ambiciosa de su historia — mandar a la universidad a toda una generación que fue la primera de su familia en pisar un aula — sembró la semilla de la destrucción de su propio modelo económico.
En las últimas décadas, esos mismos jóvenes, armados de conocimiento e internet, han ido volviendo sectores enteros de la economía obsoletos. Ocurrió con la música, con el cine, con la prensa, con el comercio físico, con la banca tradicional, con grandes áreas del turismo y con decenas de otras profesiones. En cada caso, el patrón fue el mismo: cuanto más se extendía el conocimiento, más encogía la posibilidad de comerciar con su escasez.
De ahí la ironía más profunda de nuestro tiempo: cuanto más exitosa es una sociedad del conocimiento — cuanto más educa a su población, cuanto más innova, cuanto más comparte información —, más destruye sus propios fundamentos económicos. La “economía del conocimiento” fue siempre, en un sentido muy preciso, una contradicción en sus propios términos. Un oxímoron.
La conclusión era inevitable, por más que todavía no resulte evidente: en el siglo XXI, a medida que el conocimiento ha ido avanzando, la economía ha ido menguando. Hoy vemos el ejemplo más brutal de este proceso en la inteligencia artificial: si la promesa de hacer el conocimiento universal se materializa, amenazaría con hacer redundantes no ya un sector, sino el trabajo humano en su conjunto.
La crisis de Donald Trump y la de la IA son, en su raíz, el mismo fenómeno. El mundo industrial del siglo XX le dejó en encargo a la “economía del conocimiento” que se ocupara de sus dos actores: el capital y el trabajo. Pero la economía del conocimiento fracasó al ofrecer un lugar equivalente al que tenían ninguno de los dos en el viejo mundo. Hoy el capital no encuentra destino: por eso produce una burbuja detrás de otra. El trabajo, por su parte, ha perdido la centralidad que tenía. Al menos para una parte importante de la población. Es esa inmensa minoría la que impulsa los trumpismos en todo el mundo.
Con la “economía del conocimiento” no es lo importante de la sociedad lo que se tambalea: son nuestras creencias. Lo que se está viniendo abajo son las normas del mundo antiguo. Es el fin de un ciclo ideológico, de un sistema, que nunca funcionó, que lleva renqueando 25 años y que ha entrado en su fase agónica, en su último estertor, produciendo una tragedia detrás de otra.
Pero, ¿es esto de verdad una amenaza? ¿No fue siempre nuestro objetivo final? ¿No era esto con lo que soñábamos? ¿Con liberarnos de la esclavitud de la escasez y del trabajo?
Si somos capaces de entenderlo y de mantenernos unidos, serenos y orientados, como hicimos durante la crisis del COVID, o durante la invasión de Ucrania –o durante la Guerra Mundial y la reconstrucción de Europa hace 75 años– encontraremos que nunca fuimos más capaces de superar las dificultades que tenemos por delante que ahora.
Somos una sociedad de sabios. Vivimos más que nunca. Hemos construido sólidos acuerdos políticos que nos han permitido vivir muchas décadas en paz. Y podemos construir otros. Tenemos la inteligencia y la capacidad para salir adelante y encontrar soluciones a los problemas que se interpongan en nuestro camino. Por más salvaje que sea la crisis que está por venir; por más bandazos que sigan dando los sátrapas en EE.UU., en Israel o en Rusia; si nos lo proponemos, nos comprometemos y le dedicamos el mejor de nuestros esfuerzos, no tenemos nada que temer.
Si te ha gustado este artículo, te gustará Hijos del optimismo. Es mi primer libro, el hermano mayor de esta newsletter y un proyecto en el que llevo trabajando un montón de años.






Hacer pronósticos a tan corto plazo es muy valiente. (Bien por María)
Si el trumpismo pierde las elecciones, como creemos casi todos en Europa (ya veremos lo que dicen los americanos) su deriva destructiva aún será mayor.
Si en algunas de las curvas de este tumultuoso camino, la burbuja IA pincha, junto con la crisis de suministro de gas y petróleo… el ostion financiero puede ser fenomenal.
Ni idea de que puede pasar después, a corto plazo, me temo nada esperanzador.
Tras la crisis 2008, vino la catástrofe de la austeridad, nos llevó una década darnos cuenta de su efecto, que aún estamos pagando.. nada en el horizonte apunta liderazgos mejores, ni hemos aprendido nada de las últimas tres crisis que hayamos incorporado a nuestras reglas de gobernanza, más bien al contrario.
Me temo que los efectos combinados de la inestabilidad de estos 25 años mas una nueva crisis por la acumulación de capital tecnológico, puede hacer un boquete en occidente de grandes dimensiones.
Tras la tormenta suele salir el sol, pero también hemos tenido tormentas que, en nuestra historia reciente, ha durado décadas.
Me sumo al optimismo en tanto que tras las grandes crisis (la IIGM fue la última realmente seria) la reconstrucción ha sido posible y hemos construido un mundo, al menos, parcialmente mejor. Es decir, el ocaso no está escrito, está en nuestras manos hacerlo mejor, y desde luego es mejor mirar el futuro como una oportunidad que, solo como el desastre que se nos viene encima.
Oye, para tanta cosa mala, qué buen cuerpo me has dejao...
Cuando digo en voz alta que ojalá algunos trabajos terminasen y podamos dedicarle tiempo al campo, tecnología facilitante mediante, me miran mal. Pero creo que el futuro está en lo pequeño y próximo, en lo básico de antes, con lo bueno del ahora. A ver qué se viene. Muchas ganas de tu libro, me toca pronto!