El secuestro: Diez lecciones de lo que pasó ayer, para mañana.
A estas horas habrás leído cien artículos sobre cómo lo que ha ocurrido en Venezuela se explica por cosas que ya conocías. Hablemos de las que no.
Últimamente hay un tipo de artículos que causan furor: esos que vienen a explicar que lo que ha pasado ya pasaba antes, que nada ha cambiado y que podemos comprender lo que ocurre colocándolo en una de las categorías que ya teníamos en la estantería. “Es el viejo combate por el control del petroleo”, “estamos volviendo a la Guerra Fría”, “es el imperialismo”.
Los seres humanos, que no tenemos ni garras para luchar, ni alas para volar, necesitamos comprender; ese es nuestro singular mecanismo de supervivencia.
“There is no terror in the bang, only in the anticipation of it”, decía Hitchcock. En otras palabras, comprender nos quita el miedo. Una vez que sabemos lo que está ocurriendo, nuestro cerebro encuentra la forma de adaptarse a ello y, de alguna manera, recupera el control. Pero, ¡ay, la incertidumbre!, esa es la materia de la que está hecha el terror humano. Por eso los directores de las películas nunca te muestran el monstruo en la primera escena.
Como además ocurre que estamos en lo alto de la cadena trófica y no tenemos muchos enemigos en el reino animal, “para los humanos modernos, controlar el mundo significa controlar a otros humanos. Y eso significa comprenderlos”.1
Por eso cuando ocurre algo como lo que ocurrió ayer en Venezuela, todos volvemos un poco a ese lugar; a esa primera escena de toda película de terror donde algo va a pasar que no comprendemos del todo y no podemos despegar los ojos de la pantalla hasta que no sepamos qué está ocurriendo. Y cada mensaje que repite que este fenómeno ya lo conocíamos es como un bálsamo que nos va relajando la contractura que nos produce la incertidumbre. Como se suele decir, mejor malo conocido.
Y así es como a menudo compramos la ilusión de comprender, pero pagando un precio altísimo: que es el precio de no enterarnos realmente de nada.
Por ejemplo, lo del petroleo en toda esta historia no tiene ningún sentido. Como han explicado varios expertos en energía, ni Estados Unidos necesita petroleo, ni el crudo venezolano es bueno y, además, es que el petroleo está de salida, avasallado por la electrificación de casi todo.
Y tampoco parece que Trump persiga un cambio de régimen. A esta hora ya se sabe que no ha dejado ningún efectivo en suelo venezolano. No va a tomar el control del país, ni hay ninguna invasión. Será la vicepresidenta de Maduro, Delcy Rodríguez, la que continúe al frente del gobierno.
Y si estamos volviendo a la guerra fría y a la política de bloques, uno diría que la idea de ponerte en contra a todos tus aliados para sacar a un señor de un gobierno que ni te va, ni te viene, no parece la mejor de las estrategias.
Así que, salvo para cumplir ese deseo que tenemos de explicarnos el presente recurriendo al pasado, no parece que todos estos temas recurrentes de la política internacional del siglo XX nos valgan hoy. La realidad no encaja con las viejas categorías. De ninguna manera.
Así que este va a ser un artículo para quien no está buscando esa forma de complacencia, para quien quiere respuestas nuevas a las viejas preguntas, aunque no sean muy tranquilizadoras.
Estas son diez lecciones que podemos extraer de lo que ocurrió ayer para entender el mundo de mañana.
// Lección primera
A Donald Trump solo le preocupa una cosa.
Y esa cosa es la atención de los demás.
Trump no tiene un plan. No se desplaza en una dirección hacia ningún destino predeterminado. En toda su vida no ha demostrado ninguna otra aspiración que la de tener, todos los días de su vida, la atención de cuanta más gente posible.
Así fue mientras construyó esas enormes torres doradas en el centro de Manhattan; mientras fue el protagonista de “El aprendiz” durante 11 años; durante todo su primer mandato y durante lo que lleva del segundo. Todos sus proyectos, más propios de un faraón que de un empresario moderno, transmiten el mismo mensaje:
q-u-i-e-r-o c-a-s-i-t-o.
No es que sea tonto: es que le funciona, es que la experiencia humana es un conjunto limitado de momentos de atención y si alguien consigue capturarlos todos, gana la partida. Imaginemos dos empresas en competencia. Una vende los mejores relojes del mundo a un precio buenísimo. La otra vende unos relojes de mierda por un precio disparatado, pero controla el 100% de la publicidad. ¿Qué empresa venderá más relojes?
“Claro, pero cuando la gente se de cuenta de que los relojes de la competencia son mejores, se correrá la voz”. Pero para entonces habrá pasado tanto tiempo que Trump habrá ganado (si es que se presenta) las siguientes elecciones. O eso piensa él. En todo caso, ese será un problema del Trump del futuro. En política solo cuenta el momento presente. O como decía Keynes “en el largo plazo, todos muertos”.
Todos y cada uno de los actos de Trump se explican con la respuesta “Para ganar la atención”.
— ¿Para qué amenazó con imponer unos aranceles locos a medio mundo?
Para ganar la atención.
— ¿Para qué los retiró después, a bombo y platillo?
Para ganar la atención.
— ¿Para qué amenaza de uno en uno a todos sus aliados?
…
— ¿Para qué ordena a un cuerpo paramilitar de hombres enmascarados detener en la vía pública a gente normal, solo porque parecen latinos?
…
— ¿Para qué amenaza con invadir Groenlandia?
…
— ¿Para qué saca una foto de Maduro esposado y vendado?
…
//Lección segunda
Todo es mentira.
Todo es un truco de magia.
Trump nos hizo ayer creer que estaba tomando el control de Venezuela, pero no dejó un solo soldado sobre el terreno. Dijo que iba a “dirigir” el país, pero no tiene cómo. Hizo como que secuestraba a Maduro, pero no está tan claro que no hubiera algún tipo de pacto por el que el chavismo continuaría en el poder a cambio de que el dictador y su mujer salieran del país vivos. Pretendió que iba a restaurar la democracia, pero despachó a la candidata de la oposición y ha dejado en el poder al gobierno que había. Dice que las empresas americanas invertirán en el petroleo de Caracas, pero es dudoso que eso sea un buen negocio. Y hasta el tribunal supremo de Venezuela afirma ahora que la ausencia del presidente es “temporal”. Como ocurrió con los aranceles, o cuando prometió construir un muro con México, nada es nunca lo que parece en las acciones de Trump.
El mandatario se comporta literalmente como un prestidigitador: mueve mucho las manos, saca un pañuelo, nos obliga a mirar en una dirección y nos hace creer que ha pasado algo que no ha pasado realmente.
// Lección tercera:
En la guerra de la atención, el esfuerzo no vale para nada.
Donald Trump no hace pereza.
Un día negocia con Putin la paz en Ucrania y al siguiente secuestra al presidente de otro país. Pone aranceles. Los quita. Los vuelve a poner. Indulta a un traficante. Amenaza con invadir Groenlandia. O Canadá. Insulta a sus aliados. Abraza a sus enemigos. Declara guerras comerciales por la mañana y las desactiva por la tarde. Despide a medio gobierno por Twitter. Promete levantar un resort en Gaza. Y habla de la paz.
No hace bien ninguna de todas estas cosas. La inmensa mayoría le salen entre mal y peor. Tampoco hace nada que no hubiera podido hacer un presidente anterior. La diferencia entre Trump y sus antecesores es que él se levanta por la mañana y las hace. Una, y otra, y otra vez. Es como una mosca. Ni es muy eficiente ni muy eficaz, pero no deja de moverse.
Es una lección muy simple, pero que se nos antoja muy difícil de comprender, porque llevamos siglos -milenios, incluso- pensando que el esfuerzo era la clave del éxito. De manera que nos habíamos convencido de que lo importante era concentrarse en una tarea, aislarse de los estímulos y trabajar con la cabeza baja hasta conseguir el producto más perfecto que fuéramos capaces de producir. En el día del juicio a los productos de cada uno, los jueces (los votantes, o los empleadores o quien fuera) elegirían racionalmente el mejor producto y le otorgarían su confianza.
Así que el éxito les correspondía a los esforzados. A los que no salieran durante la carrera y produjeran las mejores notas al cabo de 5 años, o a las empresas que se enfrascasen durante años en diseñar el mejor modelo de producto, o a los partidos que tejieran durante mucho tiempo y con el máximo rigor un programa de gobierno incuestionable. En política triunfaba, incluso, la idea de que los líderes tenían que hablar lo menos posible, “para no quemarse”.
Las redes cambian eso. Hoy los temas se agotan en el día y la hora del juicio final ocurre a cada rato. La clave del éxito no es el esfuerzo, sino la estamina: la capacidad para seguir en la carrera, todos los días, haciendo cosas sorprendentes.
Como dice mi amigo y gurú Jorge García Castaño, la política hoy no va de cocinar un programa a fuego lento durante muchas horas; va de “traer el pan todos los días”. De tener algo que contar cada vez que el tema anterior pierde el más mínimo fuelle, antes de que al de enfrente le de tiempo a colocar el suyo. Se trata de ocupar un trocito del espacio mental de la humanidad a cada minuto.
// Lección cuarta
La ley de la conservación de la energía.
Uno no puede seguir en la carrera haciendo cosas sorprendentes si intenta esprintar y darlo todo constantemente. La política contemporánea es una maratón donde lo importante es conservar la energía.
Por eso todas las acciones de Trump se quedan en el mínimo estrictamente necesario para producir los efectos deseados sobre la atención de la gente.
El mejor ejemplo es el caso del acuerdo ficticio con NVIDIA. Hace unos meses, Trump anunció un acuerdo por el que NVIDIA, la empresa más grande del mundo, le daría un 15% de sus ventas en China al gobierno de EE.UU. Con las semanas empezaron a surgir las dudas. ¿Era un porcentaje de los beneficios, o de los ingresos? ¿Sería igual para todas las empresas? ¿Se iba a convertir EE.UU. en un comisionista de sus propias empresas en el mundo?
Nunca ocurrió. Trump y el CEO de NVIDIA no habían, en realidad, firmado nada. Les valía con el anuncio de una mentira para conseguir miles de titulares en todo el mundo, empezando con la portada del New York Times.
Por esa misma razón en esta ocasión no ha invadido Venezuela, ni lo hará. Invadir un país cuesta un dineral, resulta en centenares o miles de víctimas entre tus propios soldados y es un ejercicio logístico ingente que no le va a reportar más titulares que estos hit-and-runs a los que nos tiene acostumbrados.
// Lección quinta
La curiosidad.
Trump vive permanentemente en esa primera escena de la película donde todavía no hemos visto el monstruo.
Por eso sus ruedas de prensa son caóticas, se contradice, no se le entiende, da rodeos y nunca termina las frases. Por eso ayer en la rueda de prensa pareció confundir a Delcy Rodríguez con Maria Corina Machado. Porque quiere que sigamos mirando, embobados, intentando comprender. El caos es su herramienta para mantener la atención sobre él.
No es un bug, es una feature. Es confuso e inexpugnable por diseño. Como la lencería, quiere revelar, pero lo justo, ser misterioso, dejar cosas siempre por saber, porque si la atención es la materia de la que está hecha la existencia humana, la curiosidad es la fuerza que nos mueve en la vida.
// Lección sexta
El poder de la indignación (de la izquierda).
Trump sabe que la izquierda controla la totalidad del debate público porque hay muy poca gente en la derecha que quiera ser periodista, escritor o autor. Hasta los medios de derechas (también en España) están llenos de personas progresistas.
Así que usa a la izquierda para apalancar sus mensajes. Por eso busca constantemente la indignación y el terror de los demócratas y de los progresistas europeos por muchas vías. La primera, a base de tocar todos los temas que para ellos son sagrados (las mujeres, los migrantes, los derechos humanos). Si no lo consigue con mensajes, con espectáculos políticos con un impacto minúsculo en el plano macro, pero un enorme calado comunicativo, como las milicias paramilitares que organizan redadas de personas racializadas.
En la mejor tradición de los trolls de internet, usa la indignación como arma de comunicación masiva, su objetivo no son sus votantes, sino inundar el espacio público, quedarse con el 100% de la publicidad a base de indignar a los izquierdistas y quedarse con la publicidad gratuita de sus medios. Por esto hasta el propio Trump explota el imaginario del lobo feroz que tiene la izquierda: él mismo dice que lo de ayer es una invasión y es por el petroleo.
// Lección séptima
No hay estrategia.
Trump es, como Pedro Sánchez, un jugador de baloncesto, no de ajedrez. No tiene un plan a largo plazo donde unos hechos sucedan a otros. No es que sea más tonto que los grandes estrategas del siglo XX, es que está jugando a una cosa distinta. Más bien tiene unos movimientos que sabe hacer y una visión del tablero. Cuando piensa que tiene malas cartas, rompe la baraja, hace algo inesperado y fuerza que se vuelvan a repartir.
Para sus contrincantes, este ritmo resulta tan agotador como si un jugador de ajedrez tuviera que seguirle el ritmo a uno de baloncesto.
// Lección octava
Pero sí hay objetivos.
Que no haya estrategia no quiere decir que no haya objetivos. Solo que Trump entiende que sus objetivos no se consiguen a través de una sucesión de eventos controlados y concatenados, sino más bien siendo fiel a una imagen y a una marca que se pueda improntar en la cabeza de la gente.
En cierta medida, Trump tiene el mismo modus operandi que Loewe: repite su marca una y otra vez, temporada tras temporada, para seguir reforzando la impronta que tiene en la imaginación de la gente a través de una sucesión de “impactos de marca”, como serían para Loewe sus anuncios o sus pasarelas, o las colecciones que sacan.
Otra forma de entenderlo es en esta línea que explica Amador Fernández-Savater (y que es uno de mis imperios romanos, por favor, no dejes de leer el artículo) de la idea china de eficacia:
“Según Julien, los chinos piensan la estrategia de modo completamente diferente. No dividen el mundo entre el ser y el deber ser. Es decir: no parten de un Modelo o Plan, sino del mismo curso de lo real. Lo real no es materia informe o caótica que espera nuestra organización: ya está organizado. Tiene propensiones, inclinaciones y pendientes que se pueden detectar y aprovechar. Es lo que Jullien llama “factores facilitadores” o “potenciales de situación”. El trabajo del buen estratega no es modelizar y proyectar primero, para aplicar después, sino más bien escuchar, evaluar, acompañar y desarrollar los potenciales de situación. No actuar, sino ser actuado. No forzar: secundar. No perseguir directamente un objetivo, sino explotar una propensión. Porque los efectos están contenidos en ella. Es como surfear una ola: no se trata de domeñarla, sino de ir juntos hacia el mismo sitio. Dejarse llevar. El mundo sólo es resistencia y obstáculo desde la óptica del control.
// Lección novena
La huida hacia adelante.
Pese a todo, la mecánica de Trump tiene un inmenso problema. El odio y el miedo, a diferencia del amor o del deseo, producen rendimientos decrecientes, porque nadie quiere volver sobre algo que le ha dado miedo y que ya ha superado. Así que Loewe puede hacer más o menos lo mismo cada año para seguir encandilando a sus compradores, pero Trump necesita hacer una barbaridad más grande cada vez, para conseguir la misma cantidad de atención. Es como un adicto, que a cada pico necesita una dosis más alta.
La enésima vez que amenazó con aranceles a un país nadie le hizo caso y tuvo que pasar al plano internacional en busca de burradas más relevantes, como pretender regalarle Gaza a los saudíes o invadir Venezuela. Por eso es muy probable que ya no hable nunca más de aranceles. Al contrario, yo no descartaría que termine por amenazar aún más Groenlandia, porque no tengo ninguna duda de que la fase final de esta huida hacia adelante solo puede ser un enfrentamiento frontal con la Unión Europea.
// Lección décima
La gente es como las ranas.
Ningún hombre te da una hostia en la primera cita.
Todos los depredadores, maltratadores, todos los pederastas y los manipuladores comparten un modus operandi. Juegan con la verdad para ir testando tus límites. ¿Qué pasa si un día se ríen de ti? ¿Qué pasa si al siguiente te dan una orden? ¿Qué pasa si un día te fuerzan a hacer una cosa pequeña, pero que no quieres hacer? ¿Y si luego prueban con algo más grande?
A cada paso, van forzando los límites de lo que tú quieres que ocurra, hasta modelar tu realidad a su medida. Cuando te quieres dar cuenta vives con un maltratador y no puedes salir de la relación porque hasta tú la justificas. Como las ranas, que se dejan cocer vivas con tal de que la temperatura no suba de golpe, las personas somos muy vulnerables a los cambios sutiles, pero constantes, en una mala dirección. No sabemos cómo y dónde ponerles freno.
Con cada gesto en el que Trump parece hacer algo, pero no lo hace del todo —como esto de secuestrar a Maduro—, está testando y moviendo los límites de lo que lo que el consenso internacional considera aceptable para darse más espacio en el que correr. Empujando las barreras de lo que puede hacer hasta que un día, no muy lejano, no podamos dejar de preguntarnos cómo hemos llegado hasta aquí.
Ayer fue terrible leer las respuestas blandas, vergonzosamente sumisas, de muchos líderes europeos templando gaitas frente a una violación escandalosa del derecho internacional. Junto a Maduro, lo que Donald Trump está secuestrando es nuestra capacidad para oponernos al mal.
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También puedes leer más sobre mi y sobre la historia que me empujó a escribirlo
La cita es de uno de mis libros favoritos, “La ciencia de contar historias”, de Will Storr.
La foto es de Unsplash






Sí, es lo que quería decir con lo de la huida hacia adelante. Esta estrategia del miedo, como pasa en El mago de Oz, solo sirve un rato. Lo que pasa es que ese rato puede ser más largo que el que podemos aguantar los demás.
Es como la frase esa que dice que "los mercados pueden seguir siendo irracionales mucho más tiempo del que tú puedes permanecer solvente".
Interesante artículo, como siempre, pero tampoco podemos perder de vista que, a pesar de que en el primer plano está el juego de la atención de Trump, sigue habiendo otros planos que se mueven por debajo, con consecuencias materiales y morales importantes para quienes se ven afectados por ellos: a Trump le importará un carajo poner aranceles o dejar de ponerlos, pero los intereses comerciales de su país y de parte de su industria (armamentística o digital, por ejemplo) acaba logrando posiciones de fuerza de esos tiras y afloja; tampoco le importará perseguir y arruinar la vida a más o menos inmigrantes y ciudadanos racializados, pero la parte más mezquina e ignorante de la población estadounidense acaba viendo hechos realidad sus sueños más crueles y húmedos, para desgracia de la gente más vulnerable; y tampoco dará un dólar por las democracias o las dictaduras en Venezuela, pero de nuevo se confirma que en el mundo siguen muy vivas las pulsiones e imposiciones de poder colonialistas de los que llevan ya siglos aplastando vidas, razones y oportunidades de futuro con ellas.
Hay que saber analizar el juego de Trump, pero precisamente por eso quizá uno de los recursos que tengamos para intentar contrarrestarlo es no perder la atención sobre esas otras cosas que se mueven por debajo y que alimentan a Trump para que nos siga entreteniendo con sus malabares del caos. Precisamente, esa baza de la sustancia moral, ideológica, intelectual e histórica es en la que se apoya Sánchez en su propio juego de la atención, a falta de poderes fácticos y oligárquicos que lo respalden. Las derechas regresivas no tienen tan fácil recurrir a esa baza porque, como muy bien apuntas, el conocimiento, la cultura, la ética y las ideas no han sido nunca sus puntos fuertes.