Trump y la coalición de las ventanas rotas
Si estamos perdiendo la batalla contra la ultraderecha es porque no terminamos de comprender en qué consiste.
Llevo estudiando a Donald Trump la mayor parte de mi vida adulta. Hace 15 años, antes de que su nombre empezara a sonar en las quinielas republicanas, uno de sus proyectos estrella era un club de golf a unos pocos minutos de la casa de mi familia en Escocia. Y aquel resort se convirtió en un cuerpo extraño en la fisonomía local, porque ese lugar remoto, donde casi nunca pasa nada digno de ser noticia, durante años ocupó las portadas de los diarios en todo el Reino Unido.
¿Sabéis cómo lo hizo?
Unos meses antes de inaugurar, Trump —que ya era una estrella de la televisión americana y un personaje habitual de los medios en Reino Unido— demandó al gobierno escocés con la exigencia de que paralizase la instalación de unos molinos eólicos.
A pesar de ser productor de petróleo, Escocia había sido uno de los primeros países del mundo en hacer bandera de la transición energética y, a falta de sol, en torno al año 2010 estaba colocando aerogeneradores por todas partes. Trump argumentaba que aquello no podía ser porque los molinos “arruinaban las vistas” desde el club.
Comenzó entonces una algarada entre jurídica y mediática en la que el magnate llegó a publicar anuncios en prensa acusando al primer ministro escocés de liberar terroristas. Montó tal refriega cultural que durante muchos años siguió siendo noticia y recibiendo millones de libras de publicidad gratuita en los medios de comunicación de todo Reino Unido.
Con los años, perdió el juicio. En realidad nunca tuvo ninguna posibilidad de prosperar. No solo porque los molinos estaban en el Mar del Norte, a más de 2km de la costa y en unos terrenos que no le pertenecían, sino porque es evidente —o debería ser— que los intereses de un promotor privado no se pueden interponer en el proyecto de un país para superar la dependencia de los combustibles fósiles.
Pero por el camino, en un momento decisivo, Trump fue colocando en todas las portadas la idea de que los gobiernos democráticos estaban al servicio de unas élites que querían cambiar los modos de vida de los británicos; destrozar lo que quedaba del imperio, vender el país a las potencias extranjeras e instalar la agenda woke (aunque todavía no se había inventado aquel nombre).
Así que Trump perdió el juicio pero, pocos meses después, ganó el Brexit.
¿Os suena de algo?
Desde entonces, el modus operandi de Donald Trump siempre ha sido el mismo. El empresario ha hecho carrera política colocando en todas partes el mismo relato: la democracia es una farsa y, bajo una falsa apariencia, estamos gobernados por unas élites extractivas que trabajan para una minoría privilegiada que ha tomado el poder cooptando las instituciones. Por fortuna, esos villanos son una panda de burócratas sin espina dorsal: blandos, vagos y cobardes. Cuando se les pone delante un hombre fuerte, se desmoronan. Por eso el mundo debería darle el poder a los hombres fuertes (como él), que son los que pueden acabar con las élites woke.
Más aún. Trump entiende algo que el resto de políticos parecen tener dificultad para comprender: la realidad no existe, salvo como una impresión en nuestras mentes. Eso que llamamos realidad solo es un relato en nuestro subconsciente. Así que si uno puede hacer creer que algo está pasando, no hace falta que esté pasando verdaderamente. No hace falta ganar el juicio para que durante un tiempo parezca que un empresario puede poner en jaque a los gobiernos del Reino Unido. Ni invadir Venezuela para hacer creer al mundo que el país está bajo su control. Tampoco hace falta acabar con las libertades fundamentales en todo EE.UU. para que parezca que aquello es un estado sin ley. Basta con que la gente crea que todo eso es verdad.
O que puede serlo en el futuro.
En psicología existe la teoría de las “ventanas rotas”. En los años 80, dos criminólogos explicaron que los signos visibles de delincuencia o de desorden cívico crean un entorno urbano que termina por favorecer la aparición de delitos y más desorden, incluidos los crímenes graves.
“Los psicólogos sociales y los agentes de policía tienden a coincidir en que, si una ventana de un edificio se rompe y no se repara, pronto se romperán todas las demás. Esto es igualmente cierto en barrios acomodados que en zonas degradadas. La rotura de ventanas no ocurre necesariamente a gran escala porque algunas áreas estén habitadas por rompedores de ventanas y otras por amantes de las ventanas; más bien, una ventana rota sin reparar es una señal de que a nadie le importa, y por eso romper más ventanas no cuesta nada.”1
En otras palabras: no son las normas las que hacen la cultura de una sociedad. De hecho, por todas partes hay normas que no se cumplen en absoluto (piensen en el tráfico y el consumo de drogas, por ejemplo). Al contrario, es la cultura la que dicta y transmite qué normas, de todas las que están sobre el papel, se cumplen y cuáles no.
A mi me gusta explicar esta teoría como la de las cáscaras en los bares. En España, en algunos bares —y, tradicionalmente, en los que sirven raciones de gambas— la costumbre es tirar las cáscaras al suelo. Como consecuencia, el piso de esos locales suele estar cubierto por una cantidad de materia orgánica que resultaría asquerosa en cualquier otro contexto. Por supuesto, también hay bares en los que tirar las cosas al suelo es una atrocidad. Ninguno, ni los de las cáscaras ni los otros, tienen un cartel en la puerta que diga dónde echar la basura; pero todo el mundo comprende cuáles son las normas en ambos.
La cultura hace las normas. Por eso nadie se estudia el código penal del país al que va a ir de vacaciones. Llega, observa, y se comporta como percibe que se conducen el resto de ciudadanos en cada lugar. Por eso el orden internacional funciona a veces como dictan las leyes internacionales y otras veces, no.
Y si alguien es capaz de transmitir que una cultura ha cambiado, por ejemplo, en favor de una sociedad sin ley donde mandan los hombres fuertes, aunque no cambie las normas, aunque no cambie en origen lo que está ocurriendo, puede terminar por cambiar la realidad. O moldearla a su preferencia.

La coalición de las ventanas rotas
Así que el empeño de Trump es convencernos de que vivimos en un lugar peligroso, lleno de villanos y de delincuencia. Un mundo donde las normas en las que habíamos confiado han dejado de funcionar. Por eso se dedica a romper ventanas, como con las redadas del ICE, los “golpes de estado” en otros países o proclamando que va a abrir un resort en Gaza.
Lo que ocurre es que una única ventana rota no hace cultura. Para que hayamos llegado a creernos lo que quiere Trump, ha hecho falta que en los últimos años se haya constituido una inmensa coalición internacional donde un grupo de actores de lo más variopinto se dedica a señalar con machacona insistencia todas las ventanas que —dicen— están rotas.
En primera línea de esa coalición está la ultraderecha en todo el mundo, que repite como un loro ese mismo mensaje que cacarea Trump: los migrantes, los wokes, la traición de las élites.
Pero en segunda línea están los medios de comunicación que la alt-right ha bautizado como “legacy media”. Los grandes periódicos del siglo XX, que se quedaron sin un modelo de negocio solvente en la reconversión del papel a la red, se han vuelto adictos (muy a su pesar, todo hay que decirlo) a la alarma y al escándalo para perseguir el click que les garantiza los ingresos de la publicidad.
Esto funciona porque, como seres humanos, estamos diseñados para detectar señales de peligro incluso antes de comprenderlas del todo. La evolución nos ha hecho prestar atención a aquello que podría amenazarnos: un movimiento extraño, un sonido inesperado, una ventana rota. Nuestro cerebro prioriza lo que se percibe como riesgo, nos hace mirar y reaccionar primero a lo amenazante, y luego analizarlo. Por eso, cuando alguien señala con insistencia que el mundo está lleno de peligros —aunque muchos de ellos sean imaginarios o exagerados—, nuestra atención cae inmediatamente sobre esas ventanas rotas y nos sentimos impulsados a pinchar en ese enlace en consecuencia.
Así que los medios, uno tras otro, compran y magnifican el discurso trumpista porque consigue muchos más clicks señalar ventanas rotas que hacer análisis equilibrados sobre el estado de las democracias.
También Silicon Valley, con Sam Altman, Peter Thiel y Elon Musk a la cabeza se ha suscrito a proclamar que el mundo ha dejado de ser un lugar sólido y confiable. Por eso todos los implicados en el timo de la inteligencia artificial intentan hacernos creer que los LLMs van a sustituir millones de puestos de trabajo y que van a alterar industrias enteras; porque en ese mundo dominado por la IA los que mandan son ellos.
Es irrelevante que hayan pasado tres años desde el lanzamiento de ChatGPT y nada de esto haya ocurrido, ni tenga pinta de ocurrir. Lo importante no es cambiar la realidad, sino hacernos creer que está a punto de cambiar. Señalar las ventanas rotas para que creamos que vivimos en un mundo sin ley y busquemos refugio en las soluciones que nos ofrecen.
Y también una parte de la izquierda, esa que hemos llamado populista, se regodea en esa visión de un mundo injusto en el que las élites están entregadas a una minoría (que no son los woke, sino los billonarios). De la misma manera que para consolidar las democracias, hace 75 años, fue necesario que izquierda y derecha convinieran en que era el mejor modelo posible, para debilitar a los estados liberales hoy está siendo necesaria también una connivencia entre una cierta izquierda y una cierta derecha.
No creo que Trump invada Groenlandia. Creo que es un fanfarrón y un estafador. Tocar Groenlandia desataría una guerra con el segundo ejército más poderoso del mundo, además de un colapso económico global inmediato.
Pero sí creo que los europeos y los liberales deberíamos ir a la guerra. No solo contra Donald Trump, sino contra esa coalición de las ventanas rotas.
Para ganarla, tenemos que montar otra coalición: una que se empeñe en dejar de señalar que las ventanas están rotas. Que no vuelva a proclamar que nada funciona. Porque no es verdad. Pero incluso aunque lo fuera: si tienes edad de leer este texto, tienes edad de decidir lo que sale por tu boca.
Como esas patrullas que se organizan para ir a recoger la basura tirada en el campo, organicémonos para recordarnos, tan a menudo como sea posible, lo lejos que hemos llegado. Nunca antes, en todos los milenios que duró la historia humana, tuvimos democracia. Nunca existieron las instituciones internacionales ni el reconocimiento de los derechos fundamentales. Yo nunca hubiera podido escribir este blog (ni ninguna otra cosa) sin los avances de la igualdad.
El progreso no se detuvo en el siglo XX. Al contrario, en los últimos veinticinco años, 1.500 millones de personas han salido de la pobreza extrema, el PIB per cápita global ha pasado de 13.000 a 20.000 dólares, la esperanza de vida ha aumentado en 17 años y la mortalidad infantil se ha reducido en dos tercios. Hoy, el 67% de la población mundial tiene acceso a internet y la mitad puede conectarse a redes 5G, algo impensable hace apenas un cuarto de siglo.
En ese mismo periodo de tiempo, los avances tecnológicos nos han permitido secuenciar y editar el genoma humano, desarrollar vacunas de ARN mensajero y vislumbrar la posibilidad de curar el cáncer. Mientras tanto, el descubrimiento del bosón de Higgs y de las ondas gravitacionales nos acercan a comprender el universo de formas que hace unos pocos años eran pura fantasía.
Hoy, el despliegue de las energías renovables a escala global nos invita a imaginar un mundo en el que el cambio climático deje de ser una amenaza. Y mientras el precio de los paneles solares se ha dividido por 25 y la potencia instalada se ha multiplicado por 1.500, nos asomamos a la posibilidad inédita de un futuro de energía limpia y abundante.
Con todos los problemas que puedan tener, las democracias nos han dado un periodo de paz extraordinariamente largo. Increible, si pensamos en la velocidad y la virulencia con la que se han transformado las sociedades. El comercio, la movilidad internacional y un tejido de instituciones globales, pese a sus defectos, han resultado ser un buen pegamento y han dado garantía de estabilidad entre países.
El progreso de la humanidad no se ha detenido; al contrario, avanza a una velocidad vertiginosa, transformando nuestra civilización y demostrando que podemos construir un mundo más próspero y más libre.
Vivimos —y reto, a quien no esté de acuerdo, a demostrarlo con datos— en el mejor lugar del mundo y en el mejor momento de la historia. Si sentimos el mundo zozobrar a nuestro alrededor, no es porque la gente se haya vuelto malvada, sino porque todas nuestras normas estaban preparadas para una sociedad que se agotó en el siglo XX y no tenemos unas nuevas.
Si algo nos ata hoy al miedo, al odio y a la guerra no es la dirección en la que se transforma el mundo, sino nuestra obstinada resistencia a los cambios: nuestro empeño en seguir señalando las ventanas rotas.
Lo bueno es que, en realidad, está en nuestra mano dejar de hacerlo :D.
Si quieres dejar de señalar el mundo de las ventanas rotas, te gustará Hijos del optimismo. Es mi primer libro, el hermano mayor de esta newsletter y un proyecto en el que llevo trabajando un montón de años.
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También puedes leer más sobre mi y sobre la historia que me empujó a escribirlo.
https://en.wikipedia.org/wiki/Broken_windows_theory
Photos: Photo by Vitaly Gariev on Unsplash y nytimes





Leyéndolo me venía constantemente a la cabeza la tesis que desarrollan Naomi Klein y Astra Taylor sobre la extrema derecha en el “fin del mundo”: esa idea de que, cuando se consigue instalar la sensación de que nada funciona, de que todo está roto y ya no hay futuro común, la salida que se ofrece no es reconstruir lo colectivo, sino abrazar un individualismo sin complejos.
Trump encarna exactamente eso: si el mundo es una jungla, la solución no es el Estado ni las instituciones, sino el hombre fuerte y el “sálvese quien pueda”. Desmantelamiento de lo público, desprecio por cualquier forma de cuidado colectivo, y una ética casi survivalista donde cada cual debe arreglárselas solo; si puedes. Klein y Taylor explican muy bien cómo esta narrativa convierte el colapso (real o fabricado) en oportunidad política: se rompe la confianza en lo común para legitimar la retirada del Estado y la privatización de la supervivencia.
Y lo más inquietante es que ya estamos viendo ese patrón en los desastres naturales agravados por el cambio climático: comunidades abandonadas, infraestructuras que no llegan, respuestas públicas insuficientes, y la normalización de que quien tenga recursos se proteja y quien no, quede atrás. Exactamente el mundo que esta “coalición de las ventanas rotas” nos prepara para aceptar como inevitable.
Por eso me parece tan importante tu insistencia en no comprar el relato del colapso permanente. No solo porque sea falso en muchos indicadores, sino porque esa percepción de derrumbe es el terreno fértil sobre el que crece esta política del abandono. Si dejamos que nos convenzan de que todo está perdido, acabamos aceptando como natural un futuro sin solidaridad, sin Estado y sin comunidad.
Magnífico, María. Es preocupante ver los paralelismos de la escalada del discurso trumpista con los del mito de la puñalada por la espalda. Cuando he leído al principio la alusión a las ventanas rotas, mi mente se ha ido inevitablemente a la noche de los cristales rotos. Pero comparto plenamente esa conexión de la dinámica del clickbait con el alimento de la tentación del pensamiento apocalíptico. No necesariamente porque haya una élite que todo lo orquesta. Pero sí porque ciertas élites, en todo el espectro, están tratando de aprovecharse de ella. Gracias por tu reflexión.