Terror en los super-mercados: ¿Qué está pasando en la burbuja de la IA y por qué debería importarte?
Tenemos un drama en ciernes: en el mismo momento en que las empresas se disponen a salir a bolsa, a la burbuja de la IA se le está poniendo cara de zombie.
Es probable que tú no seas una de esas personas que sigue lo que ocurre en las bolsas. No te juzgo :p. Pero creo que esta semana te interesa prestar atención. Estamos llegando al final de un ciclo que va a cambiar —para bien o para mal— la vida de todos. Y sus consecuencias se van a dejar notar en estos meses.
Mira esta imagen:
Esta es la cotización del SP500, el índice que reúne a las 500 empresas más importantes de Estados Unidos. Como ves, hasta 2020 había ido creciendo a un ritmo más o menos constante. En 20 años ni siquiera llegó a doblar su capitalización. Pero desde marzo de 2020 algo ha ocurrido que lo está empujando: Su valor se ha multiplicado por 3 en cinco años.
Este fenómeno, que se aprecia en todas las bolsas occidentales, tiene una causa bastante evidente: el gran relato económico de nuestro tiempo cuenta que una esperada “revolución de la IA”, impulsada por unas cuantas empresas cotizadas, vendrá a transformarlo todo. El aumento de la desigualdad, la concentración del poder en un puñado de empresarios y hasta el combustible que alimenta el trumpismo son la letra pequeña de ese mismo librillo.
La consecuencia: tras la revalorización, esas bolsas valen hoy, en conjunto, casi 100 billones de dólares; tanto como todas las viviendas que hay en Estados Unidos y en Europa, juntas; son el 15% de toda la riqueza del mundo.
Un temblor ha sacudido esta semana ese montón de dinero. El viernes, Wall Street vivió su peor día desde octubre: el S&P 500 se desplomó un 2,6% y cerró en esos mismos 7.383,74 puntos que ves en la imagen. Pero el golpe más duro estuvo en la tecnología. El Nasdaq, que reúne a las grandes tecnológicas, se hundió un 4,2% en su mayor caída en un año. En el centro del terremoto, las empresas que fabrican el hardware de la IA, y que son el corazón de la burbuja de la inteligencia artificial, se dejaron hasta un 10% en una sola jornada.
Es el primero de una serie de eventos que, en las próximas semanas, van a precipitar la resolución de esta burbuja y de este relato: en un sentido, o en otro; para bien, o para mal. Por eso, y porque pinta que habrá muchas noticias sobre estos temas, merece la pena entender lo que está ocurriendo en los mercados.
Buckle up! ¡Allá vamos!
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Todos los jinetes del apocalipsis
Como si esto fuera un folleto de la ópera, vamos a empezar por describir los personajes. Hay cinco tipos:
Los LLMers: OpenAI (ChatGPT) y Anthropic (Claude) son los creadores de los chabots y modelos de IA que han asombrado al mundo.
Los fabricantes: Nvidia, Broadcom y AMD fabrican y venden el hardware que se instala en los centros de datos para entrenar y hacer funcionar esos modelos.
Los datacenters: Oracle y CoreWeave construyen y alquilan centros de datos, enormes instalaciones llenas de hardware donde se instala el hardware.
Los gigantes: Google, Microsoft, Meta, Amazon y SpaceX (propietario de X) tienen la capacidad de poner esta tecnología en manos del cliente —y cobrar por ello. (Aunque estos últimos son tan grandes que están metidos en los otros tres papeles a la vez: fabrican sus propios chips, construyen sus propios centros de datos y hasta entrenan sus modelos).
Los financieros: detrás de todos estos, en la sombra, hay otros personajes poniendo la pasta; los inversores y los prestamistas.
Hasta aquí, los personajes que protagonizan esta historia:
Primer acto: La hora de la verdad de la burbuja
Este viernes sale a bolsa SpaceX, el conglomerado espacial que Elon Musk ha querido transformar a toda prisa en una empresa de IA. Tres años después del lanzamiento de ChatGPT, la primera empresa del sector sale a cotizar con la valoración más alta de la historia, comparable al PIB de un país de la Eurozona: 1,8 billones de dólares.
Como explica un analista en X tras estudiar la documentación que Musk ha presentado al regulador para justificar esa valoración, esta operación no es exactamente lo que uno esperaría:
“Tras dieciocho imágenes de cohetes en el espacio, descubrimos que la misión de la empresa es ‘extender la luz de la consciencia hasta las estrellas’. Para lograrlo, la compañía planea hacer avanzar a la humanidad ‘hasta el estatus de tipo II en la escala de Kardashov’, que el documento define como ‘una civilización que aprovecha toda la energía que emite su estrella local’. Apenas llevamos unas pocas páginas y ya empieza a parecer un viaje de ayahuasca.”
Esto, es evidente, no es una propuesta de negocio: es una quimera incomprensible. Un culto mesiánico. Una —mala— novela de ciencia ficción. Un esperpento.
Uno necesario, sin embargo, porque las empresas suelen salir a bolsa con una valoración equivalente a unas seis veces su facturación, pero SpaceX pretende valer 97 veces lo que facturó el año pasado. Es un disparate: por eso requiere toda la imaginación del mundo para ser creíble.
Bajo la superficie, muchos observadores —desde los analistas de More Perfect Union, hasta los del Financial Times— afirman que se trata de una la primera operación para que los financieros que han metido su dinero en la IA en estos años hagan caja a base de colocarles sus acciones, envueltas en este cuento sideral, a los pequeños inversores que tienen su dinero en bolsa.
Anthropic también prepara su salida
SpaceX solo es la primera gran operación del sector. Anthropic, el corredor que lleva la delantera entre los LLMers, también ha presentado esta semana su solicitud para hacer lo mismo con otra valoración astronómica: más de un billón de dólares. No será ya en junio, porque no hay tiempo, pero es de esperar que, si nada se tuerce, salga al parquet en las primeras semanas a la vuelta del verano. Parece que, en esto también, llegará antes que OpenAI, que anunció hace 20 días que iba a presentar su documentación, pero no lo ha hecho.
Además, algunos de los gigantes, como Google y Meta, han anunciado que en los pròximos meses harán nuevas emisiones de acciones para financiar las inversiones en centros de datos. Ha llegado la hora de la verdad para las empresas de la IA y está todo el mundo nerviosito.
Show me the money
El drama de nuestra pequeña opereta es este: en el mismo momento en que los personajes principales se disponen a dar el dó de pecho en la bolsa, a la burbuja de la IA se le está poniendo cara de zombie.
Si la semana pasada el Financial Times calificaba de ”imposibles” los números de los LLMers, estos días la tercera mayor consultora del mundo vuelve a constatar algo que es cada vez más evidente: las empresas no terminan de encontrar retorno en esta tecnología.
Ese es el sentimiento que encarnaba hace unos días el CEO de Uber cuando admitió que, por más tokens que gasten sus ingenieros, “ese vínculo —el que une ese gasto con productos realmente útiles para el cliente— todavía no está ahí”. Acto seguido, hizo lo que están haciendo otras muchas empresas: cerrar el grifo de tokens con un tope al mes por empleado. Es el fin del “tokenmaxxing”, esa práctica que animaba a gastar cuanto más, mejor. Es de esperar que la demanda de LLMs se modere en los próximos meses.
Quizá como consecuencia, en las últimas horas dos grandes inversores han hecho sonar la señal de alarma. Ray Dalio, el fundador del hedge fund más grande del mundo, se rendía a la evidencia de que hay una burbuja que terminará por explotar mientras el director de inversiones de Bank of America, famoso por haber acuñado la idea de los “7 magníficos”, envió hace unos días una nota a sus clientes recomendando que preparen sus posiciones para una quiebra del mercado.
Frente a la euforia de hace un par de meses en torno a Claude Code, el cambio de tendencia en la percepción de la IA es muy evidente. Como le pasaba a Tom Cruise en Jerry Mcguire, es la hora de enseñar dónde está el dinero en todo esto.
Segundo acto: los temblores
El miércoles ocurrió algo aparentemente inocuo. Broadcom, uno de los fabricantes, presentó unos —otros— resultados extraordinarios con miles de millones de ingresos y un crecimiento récord. Pero había en sus cuentas una diminuta pega: la empresa no elevó su previsión para el resto del año. No la bajó —seguía siendo enorme—, simplemente no la subió. No hubo, en la jerga del mercado, “beat and raise”, un ritual al que los inversores se han malacostumbrado, en el que cada trimestre las empresas de la IA no solo batían las expectativas, sino que prometían todavía más para el siguiente.
Pero el mercado está tan sensible como yo la semana en la que me va a venir la regla. Y ante la primera noticia que no terminó de gustarle del todo hizo lo mismo que habría hecho yo en mis circunstancias: echarse a llorar. Broadcom perdió en dos días el 20% de su valor en bolsa y arrastró al resto de fabricantes en su caída.
Malas noticias: Parece que la IA no te va a quitar el trabajo.
La otra mala noticia de la semana tampoco lo era. El viernes se publicó el dato de empleo de Estados Unidos correspondiente a mayo. Y la mala noticia —para los mercados— fue que resultó ser demasiado bueno: se habían creado 172.000 puestos de trabajo frente a los 80.000 que se esperaban.
Eso significa dos cosas. La primera, que el mercado laboral sigue en pie: la IA no está vaciando las oficinas de trabajadores. Pero entonces tampoco está reduciendo costes, ni disparando la productividad como prometían sus evangelistas. La segunda, más inmediata, es que con la inflación aún resistiéndose, la guerra de Irán y un empleo tan fuerte, se consolida la posibilidad de que la FED suba los tipos de interés en las próximas semanas.
Terror en los super-mercados.
Esas dos noticias aparentemente inocuas, que en cualquier otro momento hubieran pasado desapercibidas, se sumaron el viernes a los nervios desatados por la salida a bolsa de SpaceX y la sensación del fin de la burbuja de la IA para borrar cerca de un billón de dólares de los mercados en cuestión de horas. Y lo más divertido es que nadie si siquiera pareció sorprenderse, porque la tendencia de los últimos meses había sido la de una completa esquizofrenia.
Bitcoin, que en octubre rozaba los 126.000 dólares, hoy cotiza por menos de la mitad; el oro, que venía de marcar un récord tras otro, ha hecho lo impensable para un valor refugio y se ha puesto a caer justo cuando más miedo hay en el aire. Los rendimientos de la deuda estadounidense llevan semanas en máximos del siglo y, al otro lado del mundo, la bolsa coreana se ha convertido en el esperpento más extremo: tras dispararse un 109% en apenas seis meses, esta semana se ha pegado un batacazo que ha obligado a parar la cotización en seco. La sensación es que no hay nadie a los mandos, o que cada inversor tira para un lado distinto, como si el dinero, asustado, no supiera ya dónde esconderse.
Las comparaciones con el momento álgido (top) previo al crash de las puntocom han sido la tónica de la semana y bajo la aparente aceleración de las bolsas lo que hay es miedo: terror en los super-mercados.
¿Rotación o desbandada?
Caben dos maneras de racionalizar todo esto. La primera, si nos creemos que las valoraciones de los LLMers tienen sentido, es que los inversores están desinvirtiendo de cosas menos rentables para entrar en SpaceX este viernes y que la IPO será un éxito. Es lo que en el argot se llama “rotación de activos”.
La otra es que los grandes financieros están cada vez más convencidos de que la burbuja explotará muy pronto y están abandonando las posiciones que ven más en riesgo: como la de los fabricantes.
El fin de Trump
En el horizonte, las “midterms”. Las elecciones que cada dos años renuevan la mitad del congreso y el senado americano. Son en noviembre y se anticipan como un precipicio financiero, porque si las bolsas han subido como la espuma en los últimos meses ha sido, en gran medida, porque Donald Trump ha convertido cada semana en una sucesión de promesas y titulares diseñados para sostener la marcha alcista.
Este mismo fin de semana, seguramente asustado por lo que pasó el viernes, ha hecho uno de esos anuncios a los que ya nos tiene acostumbrados: Estados Unidos se plantea invertir en los LLMers, quiźa también en los fabricantes.
Esta declaración es casi como el anuncio de un rescate preventivo, la garantía a los potenciales inversores no perderán su dinero si se la juegan a la IA. Pero hoy, atrapado en la guerra de Irán y con su valoración por los suelos, el animador-en-jefe de los mercados financieros tiene una alta probabilidad de perder el control del congreso y el senado en noviembre. ¿Cuántos más TACOs quedan en la cocina?
¿Qué está ocurriendo?
Pero detrás de esa excusa concreta late algo más profundo de lo que ya hemos hablado por aquí en alguna ocasión. La burbuja de la IA se infló a base de prometer la “singularidad”, una “superinteligencia” y la “sustitución de los humanos”.
Ninguna de estas cosas ha ocurrido, ni tiene visos de ocurrir. Toca recalibrar los objetivos y la conclusión, cada vez más extendida, es que las empresas que han impulsado toda esta subida están sobrevaloradas. En este caldo de cultivo hace semanas que pasan cosas para las que nadie tiene realmente una explicación.
En estos días están coinciden, como una fuerza imparable contra un objeto inamovible, dos cosas al mismo tiempo: el máximo de las expectativas, representado por la salida a bolsa de las empresas clave del sector, y el endurecimiento de la realidad subyacente: los datos duros sobre el uso y la eficacia de la IA.
¿Qué ocurrirá en estos meses?
Yo no soy analista de mercados. Si he dicho muchas veces (desde 2024) que creo que todo esto es una burbuja y que explotará no es por razones de coyuntura financiera, sino porque las corrientes profundas que han movido la economía y la sociedad de los últimos 25 años solo nos pueden llevar a una burbuja tras otra. La IA solo es otro estallido.
Pero de tanto seguir estas cosas algo se pega y mi intuición me dice que la IPO de SpaceX tendrá éxito. En gran medida porque Trump se ha empeñado en salvarla, pero también porque hay mucha gente que quiere creer que esta es su oportunidad de invertir en algo parecido a lo que fue Google en 2005. Y Musk sabe jugar a ese juego mejor que nadie. También creo que esa misma gente perderá su dinero porque SpaceX no vale 1,8 billones y el mercado terminará por corregir el precio más pronto que tarde.
Pero para que explote la burbuja falta en todo este culebrón un “cisne negro”, un acontecimiento inesperado y fuera de control similar a lo que representó en 2008 la bancarrota por sorpresa de uno de los grandes bancos americanos: Lehman Brothers.
Una pregunta sin responder
Y ese cisne negro no está, creo, entre las cosas que se cuentan, sino en una que no.
OpenAI era el caballo ganador de los LLMers hasta hace muy poco. Pero en unos poquísimos meses Anthropic le ha ganado la mano y hoy domina el mercado. Desde entonces, la vida interna de OpenAI ha tenido que ser necesariamente un infierno. Como la de un corredor que ve como otro le supera y cada vez se va quedando más atrás.
OpenAI pierde usuarios, ha tenido que cerrar algunos servicios emblemáticos y no está alcanzando los objetivos de facturación que se había marcado. Por si todo esto fuera poco, The New Yorker publicó hace unas semanas una pieza tremenda afirmando que su CEO, Sam Altman, es un sociópata y un mentiroso patológico y se filtró a los medios que su directora financiera, Sarah Friar, había tarifado con él y ya no despachaban.
La razón de la bronca era que Friar pensaba que era más sensato retrasar la salida a bolsa a 2027, mientras que Altman quería salir cuanto antes.
Todo el mundo sabe que en una startup que está a punto de salir a bolsa la que manda es la directora financiera. Así que unos pocos días después alguien (*guiño, guiño*) filtró al Wall Street Journal que OpenAI iba a presentar los papeles para salir a bolsa de inmediato.
Han pasado casi 20 días, Anthropic ha tomado la delantera y… ¿OpenAI? Nada. No se ha vuelto a saber.
Mi sospecha —con cero información, pero bastante experiencia en la gestión de empresas en momentos difíciles— es que OpenAI está en una crisis muy profunda. Es muy probable que los inversores estén completamente histéricos ante la posibilidad de que Anthropic los canibalice, como está ocurriendo. No me extrañaría nada que tengan, al mismo tiempo, mucha dificultad para financiarse en este momento y que se estén quedando sin cash. Con un CEO que ya fue expulsado por su propio equipo por ser un sociópata hace unos años, apostaría a que todo esto se resuelve de una de estas maneras: o con la salida de Friar, o con una nueva destitución de Altman, o con una revuelta de ingenieros dejando el equipo.
Creo que OpenAI será el nuevo Lehman Brothers.
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