Tartan Army: los europoors a la conquista del imperio americano.
El mundial nos enseña por qué Europa no solo no está perdiendo la carrera del desarrollo global, sino que es la región mejor posicionada para ganarla.
No sé si estabas pendiente, pero estos días una armada europea ha tomado al asalto los Estados Unidos.
Primero fueron los noruegos. Hace un par de domingos miles de vikingos remaron a favor de su equipo en Times Square. Horas después, un ejército de escoceses descendió sobre Boston. Gaita en mano, culo al viento, la cara pintada de Braveheart para dar más miedito, 50.000 highlanders han marchado estos días por las calles de varias ciudades para arropar a su selección, que competía en un mundial por primera vez en 30 años.
Desarmado, el país anfitrión se rIndió a su paso. El Wall Street Journal titulaba “La armada del tartán toma América”, mientras el New York Times decía “No Scotland, No party: en el corazón de la toma de Boston por la armada del tartán” y “La mejor fiesta del mundial arrasa en Miami”. En las cadenas de televisión, como en Twitter, se reproducían en bucle las imágenes de aquella peculiar invasión extranjera.
“En una semana” acertaba a explicar la BBC, “la armada escocesa ha dejado secos los bares de Bostón y ha conquistado el corazón de su gente”. La palabra es “conquistado”: Estados Unidos se ha rendido ante el futbol, el deporte europeo por excelencia, hechizado por su exhuberancia cultural.
Llama la atención que este flechazo se haya producido precisamente ahora, en el peor momento de las relaciones trasatlánticas; justo cuando denigrar la cultura europea se ha convertido en deporte nacional entre ciertas élites en Washington y en el mundo económico arrecian los vientos que acusan a Europa de estar quedándose atrás, de estar perdiendo la carrera del progreso.
Hace unas semanas escribí una newsletter para desmontar esa idea que se hizo tan viral que trajo centenares de nuevos suscriptores a esta comunidad. Intentaba explicar que la creencia en que la productividad es la clave de la prosperidad nace de una confusión que no se sostiene, ni siquiera en la más elemental doctrina económica.
Pero si producir no es la llave del progreso, entonces, ¿cuál es? ¿De qué va la economía del siglo XXI? ¿Qué se supone que tenemos que hacer los europeos para que nos vaya bien, ahora que parece que ya no vamos a poder vivir bajo el ala del imperio?
En aquella newsletter dejaba colgando esta afirmación:
El futuro de la economía en el siglo XXI girará en torno a la explotación comercial de los bienes públicos, o abundantes. […]
La pregunta económica del siglo no es cómo aumentar la productividad, sino como crear y hacer sostenibles bienes públicos para que después se puedan generar industrias en su entorno con una ventaja competitiva. Quien sea capaz de crear ideas, formas de vida, modelos culturales que el mundo entero desee y quiera adoptar, pero también software, medicamentos, tecnología, modelos de negocio y avances científicos tendrá una ventaja competitiva sobre la capa de servicios que se construye alrededor ganará la partida.
Que no deja de ser medio vaga y un poco incomprensible. ¿Qué significa “crear y hacer sostenibles bienes públicos”?
Pretty girls don’t gatekeep. Así que hoy vamos a ver con este ejemplo del fútbol a qué demonios me refería: cómo los bienes públicos (o abundantes) son la clave de la prosperidad de los países en el siglo XXI. Con algo de suerte, podremos aplicar lo que aprendamos a la vida y a las decisiones de cada uno.
Buckle up, ¡allá vamos!
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:: Hijos del optimismo ::
El fútbol es un gran negocio; una inmensa industria, no cabe duda. Pero no siempre fue así.
Hasta 1961, los salarios de los futbolistas en Inglaterra estaban limitados por ley a 20 libras semanales. El fútbol profesional era una extensión de la cultura obrera de las ciudades industriales del norte de Inglaterra y muchos equipos —como el Liverpool, el Man United, el Arsenal o el West Ham— habían nacido en el seno de los sindicatos. Los jugadores llevaban vidas completamente ordinarias: vivían en los mismos barrios que los aficionados y los días de partido era habitual verlos en el autobús o en el tranvía junto a sus seguidores, camino del estadio. A pesar de que su país era uno de los más ricos del mundo y ellos eran estrellas, era frecuente que tuvieran un segundo trabajo para llegar a fin de mes.
Fast forward a la actualidad: Hoy hay futbolistas de la Premier League que cobran medio millón de libras a la semana y las ligas de fútbol europeas facturan unos 30.000 millones de dólares anuales entre entradas y derechos de emisión, tanto como la Liga de Fútbol Americano (NFL) y la NBA, juntas.
¿Y los trabajadores que iban en el bus con aquellos futbolistas? El empleo industrial en Reino Unido cayó de 8,9 millones de trabajadores en 1966 a 2,9 millones en 2016. Desde mediados de los años 60, la industria británica ha destruido más de 6 millones de puestos de trabajo. En ese periodo los salarios subieron con fuerza durante algún tiempo, pero en 2007 se estancaron y así han seguido durante las últimas dos décadas. El país —de manera muy particular el norte industrial— se encuentra en una profunda crisis existencial, intentando encontrar su lugar en el mundo más allá del Brexit.
¿Por qué le va bien al fútbol y mal a la industria en Europa? ¿Qué tiene este deporte para haber tenido tanto éxito cuando tantas otras industrias se desinflaban? ¿Qué tiene que podamos copiar para producir otras fuentes de riqueza? En la respuesta a estas preguntas se esconde el secreto de la economía del siglo XXI.
El gran negocio del fútbol
El negocio del fútbol comienza con los partidos. Pero no termina ahí. A las cifras que hemos visto hay que sumarle el mercado global de merchandising (más de 15.000 millones de dólares en 2025); los ingresos por patrocinio (más de 30.000 millones); las apuestas (40.000 millones); los videojuegos (unos 7.000 milllones) y el turismo deportivo, que mueve cada año decenas de millones de viajeros. Tantos que se calcula que este mundial generará 13 millones de visitantes a los países anfitriones y más de 21 millones de pernoctaciones, con un impacto económico estimado de 41.000 millones de dólares en el PIB global.
Ese paisaje se completa con una economía de base que raramente se contabiliza: las categorías inferiores, las ligas juveniles y amateur, las academias de formación, las escuelas, los campos locales, las equipaciones, los fisioterapeutas, los nutricionistas deportivos y una cola larga de bienes y servicios relacionados.
Si todo esto fuera propiedad de una sola empresa, sería una macrocorporación: facturaría tanto como una de las grandes tecnológicas americanas y tendría un número similar de empleados en todo el mundo.
Pero no es una empresa. Es una manifestación cultural: un conjunto de códigos y prácticas compartidas, similar a la gastronomía o al folklore. Es una fiebre colectiva hecha de estadios llenos, de niños soñando con ser futbolistas y de la emoción de un derbi. Y se produce de forma difusa, a través de millones de actos cotidianos. Dicen que hace falta una tribu para criar a un niño; hace falta un país, y hasta un continente entero, para crear una pasión colectiva tan salvaje.
En economía se dice que la cultura del fútbol es un bien público, aunque yo he preferido renombrarlo como “bien abundante”). Los bienes abundantes, en mi propia definición, son aquellos que se crean y se consumen de forma distribuida, sin que su producción ni su consumo mermen recursos para otro consumidor. Los idiomas, las matemáticas, o la cultura del fútbol, por ejemplo, se crean y se mantienen en la vida social misma, sin que sea necesario crear fábricas para organizar su producción ni mercados para ordenar su consumo. De la misma manera, cualquiera puede consumir la gramática del español, o las leyes de la geometría, o el gol de Maradona contra Inglaterra en 1986, sin privar a un tercero de utilizarlos.
La consecuencia es que con los bienes abundantes no se puede comerciar. Nadie puede comprar ni vender la pasión por el Real Madrid o la idea de un hat trick. ¿Cómo puede entonces existir una inmensa industria en torno al fútbol?
Lo que hacen las empresas que trabajan en ese sector —los clubes, Nike, Adidas, los bares que dan de beber a los aficionados el día del partido y los entrenadores que montan una escuela— es crear bienes y servicios escasos —como las butacas de los estadios o las camisetas de la selección— a partir de ese bien abundante. Los bienes escasos sí se agotan cuando se consumen. Y dos personas no pueden consumirlos al mismo tiempo: si una los consume, otra ya no los podrá consumir. Por esa razón podemos intercambiarlos y estamos dispuestos a pagar por ellos.
Esto es lo que ocurre con las entradas a los estadios, con el merchandising, con los bares donde la gente ve los partidos, con los servicios del entrenador que enseña a tu hijo a tirarse sin que se note y con los del alquiler del campo del barrio. Todos esos negocios han sabido crear bienes y servicios escasos e intercambiables a partir de un bien abundante superior: son huéspedes, polizones en un barco mucho más grande que ellos, en el que han aprendido a pescar.
El espejismo de la productividad
Lo que no terminamos de comprender es que esa lógica no es un fenómeno exclusivo del fútbol, ni de la cultura: todas las industrias —incluidas esas que contrataban a los trabajadores ingleses que viajaban con los futbolistas en el tranvía en 1961— funcionan igual.
Los fabricantes de coches también explotan un bien abundante —la mecánica de los motores, la metalurgia, la física de la combustión, el diseño aerodinámico— para producir vehículos: bienes escasos que se pueden comprar y vender. Los fabricantes de electrodomésticos explotan otro bien abundante —la termodinámica de la refrigeración, la física de las microondas, la mecánica de los motores eléctricos— para producir neveras, microondas y batidoras.
La IA no es diferente. El conocimiento que la hace posible —las arquitecturas de los modelos, los algoritmos de entrenamiento, los avances en computación— es un bien abundante; es una porción del saber compartido en centenares de papers y conferencias sobre computación.
Todos los intercambios humanos —los servicios de un abogado, de un fisioterapeuta, los tomates, las hogazas de pan, los teléfonos móviles, etc.— son plasmaciones en forma de bienes escasos de un bien abundante superior —el derecho, la fisioterapia, el conocimiento agrícola, las recetas del pan y la tecnología del móvil— sin el cual ninguna de estas cosas podría existir.
Lo que hicieron Ford, Zannusi, IBM y todas las empresas que se volvieron imperios en el siglo XX fue coger esos bienes abundantes, empaquetarlos y ponerles precio. OpenAI, Anthropic y todas las empresas de la IA intentan hoy —sin mucho éxito— hacer lo mismo.
Solo que no pueden. Y esto es lo que es clave y distinto de nuestro tiempo:
La artimaña que hasta el siglo XXI permitió a las industrias transformar esos bienes abundantes en otros escasos fue una suerte de monopolio. Durante los 200 años que mediaron entre la Revolución Industrial y el año 2000, aproximadamente, se produjo una anomalÍa inédita en la historia: el conocimiento avanzó tan deprisa que no había técnicos suficientes para interpretarlo. Así, sus formas más sofisticadas —como las que permitían fabricar coches o lavadoras— constituían un foso que otros países no podían saltar. Como en un monopolio, solo un puñado de empresas podía producir determinados bienes y el resto del mundo era un mercado indefenso para ellas.
Esa escasez artificial produjo el espejismo de la productividad. Si en algún momento pareció que la capacidad de producción de un país era lo mismo que su riqueza, fue porque durante un par de siglos unos pocos países tuvieron un monopolio sobre el conocimiento que les permitía producir en régimen de exclusividad y comerciar después con sus bienes.
(Bueno, por eso y por un error de Adam Smith del que hablaremos próximamente en esta newsletter, ¡apúntate si no te lo quieres perder!).
Ese monopolio —y no la productividad— fue lo que hizo posible que se erigieran las potencias industriales del siglo XX.
Pero en el siglo XXI, cualquier país puede hacer lavadoras. Y coches. El conocimiento es universal, ha vuelto a su naturaleza. Hoy (esto contaba en el artículo de La venganza de los europoors) nadie puede replicar aquel monopolio.
¿Qué ocurre si todas las industrias intentan explotar al mismo tiempo el mismo bien abundante? ¿Qué ocurre si dos imperios, como EE.UU. y China, compiten fieramente por hacer más potente y más eficiente la misma tecnología? ¿Qué ocurre cuando todos los países aumentan su productividad al mismo tiempo? Cuando dos países se enzarzan en producir locamente, incluso subvencionando la producción, como está ocurriendo ahora mismo, lo que consiguen es canibalizarse: tirar los precios, depauperar a sus propios trabajadores y condenar su economía (mientras benefician a los consumidores de terceros países y crean esta experiencia vital que tenemos estos años en la que parece que todo es baratísimo, todo sea dicho).
Esto es lo que está ocurriendo hoy mismo con la IA. Como estamos viendo, los modelos de LLM crecen como setas, cada vez a mayor velocidad, por todo el mundo. Los consumidores no son conscientes de los costes de la tecnología porque los inversores se la están subvencionando, los grandes laboratorios amenazan con una guerra de precios y saben que los clientes se moveran para encontrar el más barato. Comienzan a oirse tambores de rescate al sector.
Sin un foso, sin un elemento que restrinja esas innovaciones a unas pocas empresas, los países se ven al mismo tiempo obligados a competir para no quedarse atrás y condenados a pagar un precio altísimo por seguir en el top: tanto que consiste en destruirse a sí mismos a base de deuda.
La economía de la abundancia
A esto es a lo que me refiero cuando hablo de la economía de la abundancia. No a un mundo utópico donde caiga maná del cielo, sino a las reglas de un juego nuevo. La naturaleza de la sociedad del siglo XXI, donde el conocimiento es universal y compartido hasta el último rincón del globo, va a hacer que todos los bienes que nazcan a partir de ahora sigan esta misma pauta. Serán tecnologías compartidas, universales, que no se podrán monopolizar para crear grandes gigantes empresariales, pero que sí podrán generar economía en su entorno.
Por eso creo que los países que tengan éxito en el siglo XXI no serán los que se empeñen en fabricar más de algo que ya puede hacer todo el mundo, al contrario: ganarán la carrera quienes sepan crear bienes abundantes sobre los que puedan tener una ventaja competitiva.
Existen, al menos, dos vías para lograrlo: una es invertir en densidad de conocimiento; especializarse en una tecnología para ser más competitivos que el resto a base de generar economías de escala. Pero hay un segundo tipo de bienes abundantes que creo que tienen más potencia para el desarrollo de los países. Unos que tienen una protección natural frente a la competencia porque no pueden existir sin la comunidad que los sostiene. Son un tipo de bienes abundantes propietarios, algo así como marcas culturales, como es el caso del fútbol.
De la armada escocesa como fuente de riqueza
Un líquido idéntico al whisky se puede fabricar en cualquier lugar del mundo, pero solo se llama whisky —y solo llega a costar miles de euros— cuando procede de una destilería perdida en las Highlands. De la misma manera, mucha gente puede jugar al fútbol, pero selección nacional escocesa solo hay una. Esa irreproducibilidad es la única ventaja competitiva que el siglo XXI no podrá desmontar.
La clave del fútbol ha sido crear un bien abundante con un atractivo inmenso, imposible de copiar porque está defendido por una comunidad entera y cientos de años de historia. Para replicarlo haría falta que otra comunidad similar tomara la misma decisión colectiva —y las decisiones colectivas no se toman, más bien van sedimentando. Si los americanos quisieran empezar a jugar al fútbol de verdad, millones de familias tendrían que cambiar su forma de vida: llevar al chaval a entrenar los sábados, acostumbrarse a la lluvia, aprender a sufrir un partido sin que nadie anote en veinte minutos, dejar en herencia la pasión por un equipo.
Hasta hace muy poco, quien hacía exactamente eso era Estados Unidos. Durante décadas, América no vendió tecnología ni productos: vendió un modo de vida. Hollywood exportó la ambición de vivir en una casa con jardín y coche en el garaje. La NBA exportó una estética, una actitud y una forma de moverse por el mundo. Coca-Cola, Levi’s, el rock y Marlboro no eran productos, eran fragmentos de un bien abundante americano —el American dream— que el mundo entero quería consumir. Eso fue lo que convirtió a Estados Unidos en el imperio económico del siglo XX. No su productividad —Alemania y Japón eran igual de productivos— sino su capacidad para crear bienes abundantes propietarios que el mundo entero deseaba y que solo ellos podían vender.
Curiosamente, este es el mismo principio que ha hecho de Bitcoin un activo valorado en billones de dólares a pesar de que su código es completamente público. Cualquiera puede copiarlo y muchos lo han hecho: existe una galaxia entera de criptomonedas técnicamente equivalentes o superiores en algún aspecto. Pero ninguna ha conseguido desplazarlo, porque lo que defiende el valor de Bitcoin es la red de confianza, la masa crítica de usuarios, la historia acumulada de transacciones, el peso simbólico de haber sido la primera. Todo eso es irreproducible. La tecnología se copia en una tarde; la comunidad, no.
La venganza de los europoors
¿Qué región del mundo está hoy en día en mejor disposición para crear este tipo de bienes culturales? Europa, con sus miles de años de historia e identidad, tiene todas las de ganar. Basta con observar lo que está ocurriendo con el mundial.
Que un mundial de fútbol esté despertando este nivel de entusiasmo en Estados Unidos es extraordinario: algo que habría sido impensable hace una década. Hasta hace unos pocos años el soccer —los americanos ni siquiera llaman al fútbol por su nombre— era visto a aquel lado del Atlántico como una excentricidad. Un deporte esotérico, pintoresco en el mejor de los casos, en el que estaba prohibido sin que se acierte a saber por qué razón, tocar la pelota con las manos. Hasta hace 10 minutos en EE.UU. miraban al fútbol de la misma manera en que los europeos continentales miramos el críquet: con una mezcla de desconcierto e indiferencia.
Mientras el imperio americano estuvo fuerte, era impermeable a la influencia cultural extranjera. Pero hoy Estados Unidos es un país en decadencia, donde Hollywood está en crisis, las series ya no son blockbusters, la ciencia sufre tremendas presiones de los laboratorios europeos y chinos y un latino arrasa en la Superbowl. Un país que ha dejado de crear hegemonía cultural y donde todos los recursos se ven atrapados en el campo gravitatorio de Silicon Valley.
La armada escocesa, por el contrario, pese a que hace 30 años que no jugaba un mundial, pese a que Escocia es un país periférico de Europa, no exento de problemas políticos, que en los últimos años ha tenido también dificultades económicas importantes, con un clima inhóspito y una geografía muy difícil, sigue siendo un lugar donde la gente cree en algo. En concreto, como decía esta semana algún comentarista, “en no perder nunca la esperanza, no esperar nunca la victoria y no tomarse demasiado en serio”.
Lo que han hecho los escoceses estas semanas en Boston es proyectar un modo de vida que es capaz de seducir y de reclamar la atención de un mundo interconectado y sometido constantemente a una avalancha informativa.
Aquí está la fuente de la riqueza en la era de la abundancia.



Una vez mas he de felicitarte por el excelente post. Desde que comencé a leer tus escritos y tu libro Hijos del Optimismo que ya acabé, y que es magnífico, se me ha despertado el apetito para profundizar en los diferentes caminos para gestionar los bienes de esta Era de la Abundancia.
Pues una de estas nuevas vías la propuso el Presidente de Corea del Sur Lee Jae-myung, y consiste en repartir entre todos los ciudadanos una parte de los beneficios extraordinarios generados por la inteligencia artificial, lo es una idea interesante que primero acierta en el diagnóstico, para provocar después un intenso debate: si la nueva riqueza se genera usando infraestructuras, educación, datos, energía, estabilidad institucional y décadas de inversión pública, ¿por qué debería estar en poder casi en exclusiva de un puñado de compañías y accionistas?
La idea se parece mucho a lo que es una renta básica universal (RBU), aunque con una diferencia importante: no se financiaría como gasto social clásico, sino como dividendo de una riqueza creada colectivamente.
Sobre esto he escrito recientemente. Puedes verlo en Substack en mi blog Hoy toca hablar de esto...,
El post lo titulé así: En la Era de la IA: ¿Como se van a redistribuir las rentas producidas por esta? Corea del Sur tiene una propuesta...
El enlace: https://luisdomenechlopez.substack.com/p/en-la-era-de-la-ia-como-se-van-a
María, tienes razón, el código se copia en una tarde, la comunidad no.