¡Es el populismo, estúpido!
La deriva de la política de los últimos años es la causa (y no la consecuencia) del malestar global
Antes de nada… ¡una convocatoria!
Este jueves, 28 de mayo, estaré en Valencia presentando Hijos del optimismo. Será una tarde estupenda porque nos acompañará Enric Nomdedeu que, además de ser un tipo divertidísimo y un gran amigo, es un pensador genial que desarrolló gran parte de las ideas en torno a la semana de cuatro días en España.
Por si esto fuera poco, el acto es en el espacio que tiene en Valencia eldiario.es y nos acompañará Sergi Pitarch, su director.
Así que no os lo podéis perder :D Os dejo el enlace a la invitación para compartir en Substack, en Twitter, en Instagram y en Bluesky.
Esta semana ando un poco alborotada. En España, un expresidente del Gobierno ha sido imputado por corrupción, acusado de liderar una trama que cobraba comisiones a cambio de favores políticos. Contra lo que cabría esperar de una acusación de este calibre, el auto judicial no es concluyente: hace afirmaciones que no termina de probar y deja muchos cabos sueltos.
Ante la duda, parecería que los españoles se han partido en dos, entre quienes dan credibilidad al auto y piensan que este señor es el capo de una mafia y quienes creen que la oposición al gobierno ha conspirado con el juez, con la policía y la fiscalía para organizar un montaje y llevarse por delante al actual ejecutivo, a cuyo partido pertenece el imputado. Hasta hay quien piensa que todo esto es un golpe de estado orquestado por Estados Unidos.
Y yo, a pesar de que ya sabéis que soy optimista hasta las bragas, leo todo esto y me echo a temblar. Porque lo que observo es que la sociedad española no está dividida. En realidad, no. Más bien al contrario. Los dos bandos en este debate sostienen la misma tesis. Todo el mundo —los medios, los influencers, los políticos de todo signo— dan por hecho que vivimos en un sistema que está podrido donde las primeras instituciones del Estado tienen una agenda oculta y se dedican a quebrar la legalidad para alcanzarla. Que unos piensen que el corrupto es el expresidente y otros, que son los jueces, o la policía, es lo de menos.
Y la gente no es tonta. A nadie se le escapa que para que esas cosas pudieran ocurrir no bastaría con un implicado: haría falta una trama, una estructura completa llena de funcionarios, de políticos y de periodistas que la sostengan. De ser ciertas cualquiera de estas teorías, significarían que la democracia no funciona en uno de los estados más importantes de la Eurozona. O dicho de otra forma, que la democracia no funciona. Period.
Así que yo tengo una segunda hipótesis, distinta de esa que dice que todas las élites de mi país son corruptas. Una diferente pero que, por desgracia, no da menos miedo. Creo que no hay caso contra el expresidente, pero tampoco hay conspiración. Lo que ocurre es que se ha vuelto creíble y razonable pensar que un expresidente del gobierno de la Eurozona es un capo de una mafia. Esta idea ya vive, sin pagar alquiler, en el sentido común. Tanto que un juez, unos fiscales, un cuerpo de policía, un montón de periodistas y gran parte de la sociedad se lo ha creído sin necesidad de pruebas. Lo que ocurre es que el virus del populismo —ese meme que predica que todos los políticos son corruptos y todas las élites, unas aprovechadas— está tan extendido que ha terminado por calar hasta los huesos de nuestras democracias y ha conseguido hacer verosímiles cualquiera de las explicaciones circulantes.
Así que la verdadera trama, de la que todos formamos parte —los jueces, los fiscales, los periodistas, los politicos, los influencers y las personas de a pie— se ha convertido en una profecía autocumplida: la mayoría de los españoles hoy piensa que la democracia no funciona y por esa razón, porque nos lo hemos creído, está dejando de funcionar.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Y cómo salimos?
Nos hemos contado muchas veces que el populismo es la consecuencia de un malestar generalizado producido por el deterioro de las condiciones económicas. Como si la economía del mundo estuviera enferma y el síntoma fuera la emergencia de esta ideología. Como dijo una vez con mucho éxito Bill Clinton, “¡It’s the economy, stupid!”.
Pero yo creo y quiero demostrar hoy que es al revés: el malestar global que nos atenaza es el síntoma. Incluso el deterioro de las condiciones de vida se puede explicar como consecuencia de esta deriva. El virus es una forma de emprendimiento político que nació tras en los movimientos de protesta posteriores a la crisis de 2008, pero que se fue extendiendo a la política mainstream hasta acabar por contagiar a todos los partidos y no pocas cabeceras de medios de comunicación. Eso es lo que está contaminando las aguas de la convivencia hasta hacerlas pantanosas.
El populismo es el gran enemigo al que nos enfrentamos.
Hoy quiero convencerte de que existen maneras de acabar con él y de que están en nuestra mano.
Contratistas
¿Qué deben hacer los ciudadanos para pertenecer a un país y qué les ofrece, a cambio, quien manda en cada momento? Las sociedades modernas se organizan en torno a un acuerdo que los politólogos llaman “contrato social” y que responde a esas dos preguntas.
Antes de la democracia, el contrato social venía a ser algo así como “si obedeces al emperador, no iremos a tu casa a matarte a machetazos”. Como a menudo el señor se consideraba, además, pariente de Dios, la misma idea podía volverse un poco más sofisticada: “si crees en el emperador, y por eso le obedeces, no iremos a tu casa a matarte a machetazos”.
A medida que las sociedades se fueron volviendo más complejas y sus estructuras, más costosas, el contrato social también evolucionó. A la obediencia se sumó la obligación de contribuir al sostenimiento del Estado y de los ejércitos, y así aparecieron los siervos en la Edad Media, por ejemplo, o los vasallos. Pero hasta bien entrado el siglo XV, aun con pequeños matices, la promesa que ordenó el mundo era más o menos parecida: obediencia a cambio de seguir con vida.
Pero al final de la Edad Media el dinero y el comercio hicieron posible que el poder escapara de los dominios feudales. Entonces aparecieron las primeras ciudades y los primeros gobiernos que no brotaban de la fuerza militar y que no eran estáticos: fluctuaban. Aquel nuevo mundo, tan distinto del anterior, necesitaba su propio pacto. ¿Qué debía hacer no un súbdito, sino un ciudadano, para contribuir a la sociedad? y ¿ qué podía esperar a cambio? Desde entonces, la historia de la civilización occidental es la búsqueda de una respuesta a esta pregunta.
Si Adam Smith tuvo tanto éxito cuando escribió La riqueza de las naciones fue porque supo imaginar una, porque inventó el contrato social de nuestro tiempo. Para ser dignos de consideración, decía, las personas tenían dos posibilidades: los ricos debían ahorrar e invertir, en lugar de dilapidar sus fortunas en vanidades y gastos superfluos; los pobres, que no tenían ahorro que aportar, debían trabajar para ganarse no solo el salario, sino el reconocimiento de los demás.
¿Y qué recibirían a cambio? La magia de la “organización del trabajo” —el dios de la Biblia de Smith— les recompensaría con riquezas crecientes e ilimitadas. Cada año sería mejor que el anterior y el sistema productivo daría tanto de sí que cualquier hombre, por más humilde que fuera, tendría garantizado su lugar en el mundo. Este era el contrato social del progreso infinito del primer capitalismo.
Durante un par de siglos, aquella promesa se cumplió… a medias. La organización del trabajo produjo niveles de progreso nunca vistos. Pero el capitalismo, en su estado natural, mostraba una tendencia terrible a la violencia. Se parecía mucho al clima: igual que la atmósfera produce tormentas, huracanes y temperaturas extremas y es indiferente a las consecuencias que tengan en la vida de la gente, el capitalismo producía concentración, burbujas y estallidos que se llevaban por delante sociedades enteras. En su estela quedaban crisis humanitarias, guerras y el surgimiento de regímenes totalitarios.
Fue en plena Segunda Guerra Mundial cuando el mundo empezó a conjurarse para domar al dios de la lluvia capitalista. En enero de 1941 el presidente de Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt (FDR), propuso un nuevo contrato social: los Estados iban a garantizar cuatro libertades, entre las que se encontraba, por primera vez, la libertad frente a la necesidad material.
Los ciudadanos ya no estarían más a la intemperie. Ya no sería el mercado, ni la caridad, ni ningún otro fenómeno meteorológico random el que se haría cargo de dar un lugar en la sociedad para todas las personas que cumplieran su parte del contrato, sino que sería el Estado quien se haría responsable. El pleno empleo, la vivienda digna, la sanidad, la educación y las pensiones pasaban a ser obligaciones del poder: su parte del trato.
Al final del siglo XX las Cuatro libertades de Roosevelt llevaban 40 años funcionando a toda vela. No es que no hubiera tiempos de crisis, pero parecía que el mundo no iba a dejar nunca de crecer y de repartir beneficios. Por el camino los países occidentales habían construido y repartido centenares de millones de casas y un número similar de coches y de electrodomésticos y junto a ellos habían nacido los modernos sistemas sanitarios, educativos y de pensiones. En todos los países de Occidente la vida se había transformado más que en ningún otro momento de la historia hasta aquel momento.
Quizá por puro desgaste, quizá por aburrimiento; quizá por agotamiento o porque los estados se habían quedado anticuados en el proceso, en aquel momento el mundo se convenció de que el Estado no era necesario. El mercado, por sí mismo, podía seguir proveyendo. El gobierno lo que tenía que hacer era quitarse de en medio. En el siglo XXI no sería el Estado, sino “la sociedad” quien firmaría un contrato social consigo misma. Esa sociedad iba a esperar de los ciudadanos no solo que trabajasen y pagasen impuestos, sino que fueran parte activa: debían formarse, estudiar, desarrollar, como decía Reagan, “los talentos que les había dado Dios”. Por primera vez, se colocaba sobre los hombros de las familias que tomaran las decisiones sobre su participación en la sociedad y solo a cambio recibirían. El esfuerzo fue reemplazado por el mérito como mecanismo de participación y se prometía a cambio que sus hijos ya no serían obreros fabriles, sino que serían intelectuales: físicos, matemáticos, abogados, ingenieros, astronautas. Así llegó el último gran contrato social del mundo contemporáneo: ese que se llamó la “sociedad de la información” y que hoy se está viniendo abajo.
Como dice David Graeber y yo repito como si fuera un disco rallado: “El contrato social de la Guerra Fría no consistía solo en ofrecer una vida cómoda a las clases trabajadoras; consistía también en ofrecerles, al menos, una posibilidad creíble de que sus hijos dejaran de pertenecer a la clase trabajadora.”
Aquella fue la última gran promesa del siglo XX.
De cocineros a críticos gastronómicos
Hubo un día del año 2008 en el que ese contrato social echó a arder ante nuestros ojos. Cuando Lehman Brothers, uno de los primeros bancos de inversión del mundo, se declaró en bancarrota, reveló que toda la arquitectura financiera internacional había estado haciendo castillos en el aire. La “sociedad”, en esa parte que debía crear un sistema económico sólido y capaz de producir beneficios haciendo cosas de valor, no estaba cumpliendo la parte del trato que había hecho consigo misma.
Entonces el sistema financiero internacional se desplomó como una torre de cien pisos y provocó un alud sobre la economía mundial. Pero para entonces ya no había un Estado al que volver a reclamar nada: hacía décadas que ese sistema que proveía de casas y de cosas todas iguales para todos se había desmontado.
En el contrato social de la “sociedad de la información” los estados habían quedado relegados a la corrección de las fallas del sistema: o bien a redistribuir parte de las ganancias a quienes se quedaban fuera del reparto o bien a liberalizar los sectores económicos que seguían anclados en el pasado estatalista. Para meterse en ese papel, la izquierda y la derecha política habían sufrido una mutación crítica: habían dejado de ser organizaciones dedicadas a proponer y a empujar el mundo en nuevas direcciones y se habían transformado en vigilantes de lo existente. Como si de artistas hubieran pasado a críticos de arte.
Y entre el final de los 80 y 2008 aquello pareció ser un gran plan —seguramente porque se vive mucho mejor de crítico gastronómico que de cocinero. Pero el problema es que para criticar la receta de otro necesitas que haya otro que cocine. Los partidos del siglo XXI, para cumplir esa función de vigilantes del sistema, necesitaban que el mundo siguiera creciendo a todo vapor. Que siguiera funcionando. Ninguno, por sí mismo, sabía ya cómo producir economía: solo corregir sus problemas.
Todavía hoy las dos grandes ideologías del capitalismo están ancladas en ese lugar. Unos con desregular, otros con redistribuir. Pero sin crecimiento, sin un sistema económico que funcione por si solo y que produzca unas ganancias tan infinitas que uno se pueda limitar a sentarse y señalar lo que no va bien, no tienen nada que hacer.
¿Quién firma hoy el contrato social entonces? Hasta donde yo puedo observar, la mayoría de los ciudadanos sigue levantándose cada mañana para hacer su parte del trato. ¿Quién se hace responsable de la parte que debía cumplir el poder? La realidad es que no lo firma nadie. La mejor explicación para el malestar que asola el este momento histórico es esta: la política ha escampado de su responsabilidad y vamos en un coche que ya no tiene nadie a los mandos.
¿Hay hoy un político en el mundo que se atreva a prometer, como hizo Roosevelt, que el estado se hará cargo de que no haya necesidad? ¿Alguien, como Thatcher, que prometa una “sociedad de propietarios”? ¿Alguno que se comprometa a llevarnos a la Luna, como Kennedy?
Ninguno. La mejor promesa que ha sabido articular la política en los últimos 15 años es la de la “asequibilidad”, que viene a ser otra vez la de los machetazos: si obedeces y pagas tus impuestos, no acabarás viviendo en la calle.
Es esa carencia, esa orfandad política e intelectual la que nos ha empujado en brazos del populismo. Ese espacio vacío es el que se llena hoy con el líquido que supura el odio.
Lo llaman democracia y no lo es
Y es que no hay mejores críticos que los que no tienen que cocinar nunca. Así tienes tiempo para pensar sobre lo que cocina otro. Así que en los últimos 90 y primeros 2000, separados de la izquierda mainstream, una estirpe de intelectuales muy lúcidos cobró gran relevancia a base de teorizar que la democracia no funciona. Toni Negri, Michael Hardt, Noam Chomsky y Naomi Klein, entre muchísimos otros, crearon un género literario entero dedicado al arte finísimo de la crítica total. Se llamó “movimiento antiglobalización” porque todoloquevamalismo no era muy catchy.
Y tenían razón, en muchas cosas. Sus reproches y sus exigencias de pureza eran lícitos, certeros y hasta saludables para una democracia, cuando se ejercían desde una posición subalterna al poder. Los ideales sirven para eso: para tener claro el destino aunque sepamos que no vamos a alcanzarlo nunca del todo. Para eso son ideales.
En 2008 ese diagnóstico saltó de los seminarios a la calle. Los movimientos de protesta que siguieron al crack —de Occupy Wall Street al 15-M— cogieron la teoría y la destilaron en un eslogan que cualquiera podía corear: nosotros, los de abajo, contra ellos, los de arriba.
Pero las ideas son peligrosas: son contagiosas y aquella era una crítica de código abierto: “nosotros contra ellos” era una plantilla en la que cada cual podía escribir el nombre del enemigo que prefiriera.
Los primeros en darse cuenta del filón fueron los emprendedores de la nueva derecha. Gente como Steve Bannon entendió antes que nadie que aquel molde antiélite servía para cualquier cosa: bastaba con cambiar a los banqueros por los inmigrantes, o por Bruselas, o por “los globalistas”, y la maquinaria seguía funcionando igual de bien. La izquierda señalaba al capital; la derecha, a los de fuera. Pero la gramática era idéntica: el pueblo puro de un lado, una élite corrupta del otro, y un sistema entero diseñado para estafarte.
Lo que empezó como una herramienta de la ideología más alternativa resultó ser demasiado buena, demasiado barata y demasiado eficaz para que se quedara ahí. Y los partidos tradicionales, que habían renunciado a cocinar y solo querían ya criticar la receta del vecino, encontraron en el populismo la mejor forma de crítica jamás inventada. Así que lo adoptaron también.
Así, la crítica dejó de ser la sana función de una parte de la sociedad que está en los márgenes y se convirtió en el único idioma del centro. El populismo terminó por contaminar todas las aguas y todos —me incluyo, no me escapo— acabamos convertidos en críticos de lo existente. Hoy, si abres un periódico, tienes la práctica certeza de encontrar cero ideas nuevas y un millón de lamentos. Si sintonizas con un partido, no vas a escuchar otra cosa que reproches al de enfrente. La verdad es que eso que llamamos “élites” —y ahí estamos, con toda probabilidad, tú y yo misma— hemos abandonado la ambición de liderar para dedicarnos en exclusiva a señalar, eso sí, con pluma exquisita, a quién tiene la culpa de nuestros males.
Abandonados a su suerte, quienes antes miraban a la política y a los medios de comunicación para encontrar visiones del futuro están, con perdón, en la mierda. Todos los altavoces les recuerdan que todo está mal: el colapso climático, el colapso económico, el fin de Occidente, el de la natalidad, el de la inmigración, el del progreso y el del bienestar. Por si fuera poco, ahora viene la inteligencia artificial a quitarnos el trabajo o directamente a exterminarnos. Miras a tu alrededor y solo hay profetas del desastre. Ni una persona que se atreva a decir qué construimos mañana.
Así, hemos hecho verdad la idea de que todo está roto. Y si todo está roto, necesariamente tiene que haber algún responsable. La única y pequeña forma de participar en la sociedad es elegir un bando y coger un fusil. La política se ha reducido a eso, a un reparto de enemigos.
Políticas de la impureza
El papel de los partidos no es ese. O no debería serlo. Claro que todos los sistemas complejos tienen mucho que arreglar: los errores no son una anomalía, sino una propiedad de su naturaleza. Por eso los sistemas que funcionan no aspiran a la perfección, sino que se construyen con holgura, con márgenes, con redundancia, dando por hecho que algo va a fallar siempre. La impureza no es el síntoma de que el sistema esté podrido; es, sencillamente, cómo se sostiene en pie cualquier cosa que sea lo bastante compleja para estar viva.
El trabajo de la política no debería ser, por tanto, señalar la impureza con el dedo, que eso sabe hacerlo cualquiera. Es la otra cosa, la difícil, la que hemos dejado de pedirle: proponer. Proponer un mundo nuevo. Proponer ir a la Luna.
¿Qué hacer?
Pero yo no me dedico a la política y odio repartir hayques si no estoy dispuesta a tomarlos en primera persona. Además, es que da igual la política, porque el contrato social del siglo XXI lo firma la sociedad consigo misma.
Así que estas son tres cosas que creo que podemos hacer quienes no nos dedicamos a la público para acabar cambiar el rumbo de las cosas. Para salir de esta espiral del populismo. Y yo me comprometo a llevarlas a cabo de ahora en adelante, especialmente en esta newsletter.
La primera: huir, como de quien no se pone desodorante, de todas —todas, TODAS— las formulaciones que adjudiquen a un grupo social una característica negativa. Ni los boomers, ni los inmigrantes, ni los políticos, ni los billonarios, ni los funcionarios, ni los jóvenes, ni los negros, ni los blancos, ni los hombres, ni las mujeres pueden ser responsables, como colectivo, de nada. Porque todas esas son construcciones ideológicas: cuerpos que solo existen en nuestra cabeza y que solo sirven para estigmatizar, para cavar trincheras, para creernos mejores que el resto y para odiar.
La próxima vez que alguien te diga que nosequégruposocial es nosequéotracosa, tu expresión debería ser la misma que si te estuviera hablando de los negros, o de los judios, porque es lo que está haciendo. No, “los políticos” no son corruptos. No, “los jueces” tampoco. Ni los de izquierdas, ni los de derechas.
La segunda: dejar de pensar que los de enfrente son malos. Esto es más difícil de lo que parece, porque pasa por dejar de pensar que nosotros somos buenos. Sorpresa: no lo somos. No más que nadie. La gente se mueve por razones que tienen su lógica desde dentro, y tú, en su situación, con su biografía, sus preocupaciones, su capacidad intelectual y emocional y sus miedos, probablemente harías lo mismo. La mayoría de las cosas que nos parecen aberrantes solo son fruto de la cultura en la que las personas están insertos y si nosotros estuviéramos en esa cultura, igual éramos así también.
La tercera: tomar, como intelectuales —que lo somos, cada uno en su medida, aunque solo sea en nuestra red social, o en nuestra casa—, un compromiso con el contrato social. Necesitamos volver a empujar el mundo hacia adelante, volver a una agenda de la abundancia. Y esto no va a ocurrir en el vacío: nadie va a venir a salvarnos. Leamos a quienes proponen y hacen, compartamos sus proyectos, dejemos de dar pábulo al odio, pongamos pie en pared en todos los ámbitos para volver a construir un espacio común en el que quepan todas las personas.
No son los políticos, no son los jueces, no son los inmigrantes, ni los billonarios. Lo que nos empuja a un lugar peor somos nosotros mismos. Y está en nuestra mano cambiar de rumbo.
Si tú también eres abundantista, te gustará Hijos del optimismo. Es mi primer libro, el hermano mayor de esta newsletter y un proyecto en el que llevo trabajando un montón de años.
Lo puedes encontrar en tu librería favorita, en Amazon, en la Casa del Libro, en El Corte Inglés y en la web de la editorial, Debate.
También puedes leer más sobre mi y sobre la historia que me empujó a escribirlo.
Photo by Elvis Bekmanis on Unsplash



"Miras a tu alrededor y solo hay profetas del desastre. Ni una persona que se atreva a decir qué construimos mañana". Una de las cosas que más llaman la atención políticamente es justo esto: ni en todas las gradaciones de la derecha ni de la izquierda hay nada remotamente ilusionante. Lo más novedoso de la derecha, su parte más joven, no paran de hacer el ridículo inventando pasados que nunca existieron y que en teoría fueron la cumbre de la civilización (según las semanas son los años 80, los años 90 o principios del 2000). La izquierda más alejada del centro vive en una cruzada moral de la que no ha salido, pero están obsesionados de manera ridícula con los que consideran malvados y no tienen tiempo de explicar mucho ese futuro mejor a este presente. En general nadie habla de ningún futuro mejor: las partes más moderadas de izquierda y derecha aspiran a ejercer de administradores de fincas, ir viendo las cosas pasar y, en definitiva, jugar a las cosas simbólicas que cuesten poco dinero. Hay una crisis de valentía en las élites y también de capacidad de imaginar un mundo mejor, tanto en su versión conservadora como progresista. Tengo la teoría de que los últimos optimistas en España fueron los independentistas catalanes con el Procés, pero estábamos todos tan poco acostumbrados a serlo que se les fue de madre hasta resultar infantiles. Pero bueno, muchas gracias por tu post: es el que me habría encantado escribir a mi. Gracias.
El otro día escribí sobre esto, aunque anclado en mis movidas mentales de boomer. Suscribo lo principal: el poder no está cumpliendo con su parte del contrato, que está roto, o mejor dicho, por rehacer.
Y concuerdo también en que casi todo lo que nos han metido en la cabeza es fruto del populismo mediático, político y algorítmico (si es que eso no es lo mismo).
Seguramente el populismo de Steve Bannon compra el marco mental del populismo de izquierda y se limita a cambiar los nombres. Pero creo, a diferencia tuya, que no es el populismo el que rompe el esquema, como dices tú, sino la consecuencia de la ruptura de un pacto que, como apuntas en tu libro, ya no puede funcionar en el actual contexto económico y tecnológico.
En cualquier caso: gracias por este texto valiente.