El último mercader (en la edad del hielo).
¿Por qué dejó de crecer la economía en torno al año 2000? Esta es la respuesta más simple a la pregunta más compleja de nuestro tiempo.
Debió ser en torno al año 1930 cuando el último carguero de hielo noruego zarpó, rumbo a las costas de Gran Bretaña. Hasta hacía muy poco, aquel había sido un negocio boyante. En su apogeo, a finales del siglo XIX, el comercio internacional del hielo empleaba a unas 90.000 personas en Estados Unidos y Noruega exportaba un millón de toneladas al año.
Los comerciantes del hielo del siglo XX habían heredado un oficio con 4.000 años de historia. La referencia más antigua sobre la producción concertada de este bien data del año 2.083 antes de Cristo: una tablilla de arcilla cuenta que Shulgi, rey de los sumerios, bautizó el decimotercer año de su reinado como el de "la casa del hielo", en honor a la primera que se construyó bajo su mandato.
Desde entonces y hasta la industrialización, el hielo fue un bien escaso y muy valioso: un producto de lujo. Para obtenerlo, allí donde el invierno lo permitía, se recolectaba de lagos y ríos helados y se almacenaba en hieleras durante el resto del año. Donde no era posible, se cultivaba. En lugares cálidos, como la India, se fabricaba durante las noches frías de invierno vertiendo agua en bandejas poco profundas, de las que al amanecer se retiraban unas finas láminas que se iban acumulando, almacenadas en pozos inmensos a gran profundidad.
Aun a principios del siglo XX, ese hielo que llegaba en barco desde Noruega a las grandes ciudades se siguía almacenando como en la antiguedad: en grandes neveras, fresqueras excavadas en la tierra y llenas de otro hielo viejo, sucio, que solo estaba ahí para mantener la temperatura. Pero cuando el último carguero del hielo partió de las costas de Noruega, el comercio internacional estaba muriendo, ahogado por la competencia del hielo industrial. Este nuevo producto, que se producía en fábricas e instalaciones de refrigeración mecánica era poco fiable y caro al principio, pero empezó a competir con éxito a mediados del siglo XIX. Tanto que al estallar la Primera Guerra Mundial ya se producía más hielo industrial cada año en Estados Unidos que el que se recogía de forma natural.
La posibilidad de fabricar a demanda produjo muchas revoluciones. El hielo llegó a los hogares, a los hospitales, a los restaurantes y a las fábricas. Permitió transportar pescado y carne a miles de kilómetros, conservar la leche y la cerveza, preservar los cadáveres el tiempo suficiente como para hacer una autopsia y mantener vivas las vacunas. Alrededor de estos nuevos usos se desarrolló toda una infraestructura de almacenes, transportistas, comerciantes y repartidores dedicada a hacer llegar el hielo a los consumidores; un sistema que era indistinguible del que abastece hoy nuestras ciudades de alimentos y bebidas. Según datos del censo recogidos por la historiadora Elli Morris, en 1920 unas 160.000 personas trabajaban en la industria del hielo en Estados Unidos.
Hasta que a mediados del siglo XX una nueva innovación produjo una última transformación de aquella industria. La extensión de las redes de agua potable, de la electricidad y, sobre todo, de la refrigeración doméstica, cambiaron por completo la forma de producirlo. De pronto, las casas, los bares y las tiendas tenían en casa una máquina con la que podían fabricar todo el que quisieran. No les hacía falta una industria. El mecanismo que había hecho posible la distribución de este producto durante 150 años se quedó sin propósito y fue desapareciendo. En 1950 apenas quedaba nada.
El milagro del gin-tonic y la edad del hielo
La historia del hielo es fascinante por dos cosas. Una, porque revela hasta qué punto es un milagro de la civilización que uno pueda, un domingo cualquiera, en una sobremesa, levantarse de la mesa y preguntar quién quiere medio gin-tonic.
La otra es que desvela una ley que todavía no sabemos comprender, pero que en estos años está transformando la economía y el mundo entero. Y es que, cuando la producción se extendió a toda la sociedad, el hielo se volvió abundante y dejó de costar dinero: dejó de tener valor económico.
Entonces un sector entero se evaporó de la economía. Solo quedaron algunos usos para los cuales tenía sentido comerciar con él y su producción se había generalizado tanto que el precio al que se vendía era el mínimo: tan pegado a los costes como fuera posible. A pesar de que la capacidad de producirlo se había multiplicado —o, mejor dicho, precisamente por eso—, la industria entera desapareció de la medición económica. Centenares de miles de personas se fueron a la calle y se esfumó un sector de actividad.
Como si, literalmente, se hubiera evaporado, la actividad que se realizaba en una gran industria se dispersó en millones de pequeñas factorías caseras, como gotitas de agua suspendidas en vapor de agua.
Este fenómeno, que llamaremos “evaporación industrial”, es un proceso distinto a lo que los economistas habían llamado “destrucción creativa”. En la destrucción creativa, unas industrias mueren porque nacen otras más eficientes e innovadoras. De manera que la economía avanza porque las nuevas empresas son cada vez más punteras y requieren más capital y mejor mano de obra.
La evaporación es un fenómeno diferente, que se produce cuando una tecnología se vuelve universal y son los antiguos consumidores los que satisfacen sus necesidades sin necesidad de la industria.
Las industrias, por su parte, no pueden competir, porque cuando es el consumidor quien produce lo que necesita, es mucho más eficiente: Desaparecen de golpe costes enteros que la industria hubiera estado obligada a asumir: como el almacenaje o el transporte o el marketing, y el hielo se fabrica ya dentro de la casa, en el momento exacto en que se necesita y en la cantidad justa.
En la evaporación económica las industrias no son sustituidas por otras mejores, sino por un sistema más eficiente y por otra forma de trabajo. Pero ninguna de estas cosas se contabiliza, ni se retribuye, porque ocurre fuera del perímetro de la economía, en una esfera de la actividad humana que yo llamo “Plutonomía”.
Por esa razón, lejos de ser un fenómeno específico del hielo, la evaporación afecta o afectará a TODAS las industrias. Es un proceso universal. Y lo podemos identificar con claridad si distinguimos tres o cuatro fases de la historia productiva, aunque sea con una brocha muy gorda:
Durante miles de años, el conocimiento humano solo alcanzaba al mínimo necesario para recolectar lo que la naturaleza proveía. La economía era de subsistencia, porque los costes de esos procesos eran demasiado altos para producir excedentes. Las personas a duras penas podían cubrir con su conocimiento y su trabajo sus necesidades básicas y eran frecuentes las hambrunas y los tiempos de escasez. Esos fueron los años en los que los comerciantes del hielo recogían bloques en las montañas y los bajaban a las ciudades en carros como producto de lujo para el consumo de unos poquitos nobles y reyes. (Fase pre-industrial)
Después, en la primera parte de la era industrial, bajo el liderazgo del Reino Unido, el hielo se tornó en materia prima y comenzó a formar parte del creciente comercio internacional. Fue la época en que Noruega y EE.UU. dominaron el mercado. (Primera fase industrial)
En la segunda parte de la era industrial, bajo el liderazgo de Estados Unidos, el hielo pasó a ser un producto de la industria: a fabricarse y distribuirse como si fuera latas de Coca-Cola. (Segunda fase industrial)
En la última fase, esta que hemos llamado de evaporación, la producción distribuida de hielo en los hogares multiplicó la oferta hasta volverla abundante y, con ello, desplomó los precios por la vía de la eficiencia —menos costes de transporte, laborales, etc.— hasta que terminó por ahogar la producción industrial y acabar con las empresas del sector. (Fase de evaporación).
La sociedad evaporada
Todo esto ocurrió hace 75 y entonces era una anomalía: en aquel momento aun la mayoría de las industrias seguían siendo sustituidas por otras industrias. Pero hoy es la norma. El hielo recorrió antes que nadie el camino que ahora siguen casi todas las tecnologías, y por eso sirve para entender lo que viene: la evaporación de la economía por difusión tecnológica se ha vuelto la característica central de nuestro tiempo.
Por ejemplo, en la energía: la madera era la fuente de energía recolectada (pre-industrial). El comercio internacional de carbón fue el equivalente al hielo de Noruega, una materia prima (industrial-británica). El petróleo es la fase industrial de la energía (fordista o industrial-americana). Y la energía solar fotovoltaica es, como los frigoríficos, una tecnología que uno puede instalar en casa (difusa o distribuida). Por eso los precios de la energía, como ocurrió con el hielo, están cayendo. Suena a tremendo disparate, pero es de esperar que en un periodo muy corto de tiempo deje de haber un sector económico dedicado a la energía, como dejó de haberlo del hielo.
Otro ejemplo: los medios de comunicación. La transmisión oral era el equivalente al hielo recolectado; la manera más elemental y más básica de recoger la información del entorno (fase pre-industrial). Los periódicos, primero, y luego la televisión y la radio fueron la versión industrial de la información (fase industrial). Internet —incluyendo las redes sociales, Substack, Reddit y todo el volumen de contenido generado por los usuarios— es a la economía de la información lo que los congeladores domésticos a la industria del hielo (evaporación).
Y un último ejemplo de otro sector que está empezando a recorrer este mismo camino: Durante miles de años, la humanidad obtuvo alimentos de la naturaleza, cultivando lo mínimo y cazando si era posible (preindustrial). La agricultura y la ganadería industrial fueron el equivalente a las fábricas de hielo: una forma organizada de producir alimentos (industrial). Pero en estos últimos años se está desarrollando una tecnología que se llama “fermentación de precisión” que también es el equivalente al frigorífico doméstico (evaporación). Esta tecnología permite fabricar proteínas utilizando microorganismos programados para ello. Cuando se universalice, será posible fabricar alimentos en casa de la misma manera que uno puede hacer cerveza o yogur.
Aunque sea un poco menos evidente y requiera un poco más de abstracción, este mismo proceso de evaporación es lo que ha afectado al comercio minorista, desde la banca, a las agencias de viajes, las mercerías y las papelerías. Estos establecimientos, más que distribuir la mercancía que vendían, lo que hacían era sostener el conocimiento del sector y trasladarlo desde el fabricante hasta el comprador a lo largo de toda la cadena de distribución. Para comprar una lavadora, o contratar una hipoteca, una persona normal necesitaba el asesoramiento y la gestión de un especialista. En la fase industrial ese experto era el dependiente de la tienda o el asesor del banco. Pero con la evaporación, esos roles son sustituidos por un acceso universal a la información en Internet, que permite producir una decisión informada sin contar con la industria, de la misma manera que la nevera te permite hacer hielo.
Incluso podemos llevar esta analogía a explicar la revolución que producirá la IA, si tiene éxito. El conocimiento mismo no existía como mercancía hasta la era industrial. Una persona solo podía recolectar el que estuviera disponible en su entorno. Con la era industrial nace todo un entramado dispuesto a hacer del conocimiento un producto vendible: libros, revistas, manuales. La IA propone destruir todas esas industrias a base de aplicar el mismo mecanismo: la evaporación, la extensión a cada persona de la posibilidad de tener todo el conocimiento almacenado en la punta de sus dedos.
La evaporación, más o menos acelerada, está afectando hoy a todas las tecnologías y todos los sectores de la actividad industrial. Y con cada paso que avanza, un pedazo de la economía retrocede. Así es como llevamos la mayor parte de los últimos 25 años sometidos a unas tensiones deflacionarias muy fuertes, la productividad está estancada y se suceden las burbujas financieras.
Esta es también la causa de lo que los economistas llaman “el enigma de la productividad”. Cuando una tecnología retira la satisfacción de una necesidad del mercado, la productividad agregada de la economía se resiente. Y este fenómeno, sumado a nuestra incapacidad para comprenderlo, es la razón por la que los salarios están estancados en Occidente, por la que la riqueza y el poder se concentran en Silicon Valley, y por la que tenemos una crisis política de primera magnitud en todas partes.
Somos —o, mejor dicho, quienes llegaron a participar de ese sistema industrial y fabril al que yo ya llegué tarde son— los últimos mercaderes del hielo. La última versión de la sociedad que vivirá a base de intercambiar productos. Estamos sentados encima de una falla geológica, en la colisión entre dos placas que están haciendo saltar por los aires la economía que conocíamos, con enormes consecuencias.
La razones de la evaporación
El establishment político y económico, que se niega a mirar de frente a este proceso, insiste en que la revolución de la productividad está al caer, que solo necesita tiempo para materializarse. Se trata, dicen, de un “retraso” debido a que toda tecnología transformadora tarda décadas en traducirse en crecimiento. También los hay que apuntan a que esto es un fenómeno ligado a la tecnología digital. O a Internet. Y en general todos quieren confíar en que en algún momento llegará una tecnología “de las de antes” que nos devolverá a la senda del crecimiento. Por eso el establishment se ha encomendado al dios de la IA para que traiga una cuarta revolución industrial que nos saque de este atolladero civilizatorio.
Pero esto no va a ocurrir. Porque lo que ha cambiado la tónica de la historia no es una tecnología concreta, ni siquiera muchas. Es la propia sociedad la que se ha transformado y ya no produce las condiciones que eran necesarias para que la tecnología se traduzca en crecimiento económico.
Resulta contraintuitivo, porque la visión de la economía que tenemos es profundamente productivista y piensa que producir es lo que hace crecer. Pero la cosa es esta: la economía son intercambios. Y lo que intercambiamos los seres humanos es conocimiento. Si durante todos los miles de años que existimos como especie prácticamente no existía el comercio hasta la Revolución Industrial, es porque en esa fase pre-industrial que hemos descrito el conocimiento era universal y no podía intercambiarse: era abundante.
El crecimiento continuado y extraordinario de la productividad de la era industrial, junto con esa “destrucción creativa” de la economía, emanaba de una anomalía histórica. Durante 200 años se produjo un momento puntualísimo en el que el conocimiento se pudo monopolizar. Solo algunas empresas y algunos países disponían del conocimiento necesario para producir determinados bienes y podían comerciar con ellos en exclusiva. La economía industrial era un gigantesco mecanismo de compraventa de conocimiento restringido.
Pero si ese conocimiento fue escaso durante esos dos siglos no fue por un cepo administrativo, ni por su naturaleza, sino por una razón social muy profunda: no existían en el mundo suficientes personas capaces de transmitirlo y administrarlo. La Revolución Industrial se produce porque en unos pocos años, en algunos países muy concretos de Occidente, todo el conocimiento que se había creado a lo largo de la Revolución Científica cristaliza muy rápido en una serie de aplicaciones. Y durante los siglos siguientes se mantiene restringido a las élites de esos países, que son quienes tienen el número suficiente de ingenieros y administradores para ponerlo en uso.
Pero a final del siglo XX, cuando el mundo entero se propone crear la primera generación de universitarios de la historia de la humanidad —a quienes yo llamo los “hijos del optimismo”, ese monopolio que se había sostenido desde hacía dos siglos se rompe y con él, la economía industrial.
Esto NO es un anuncio
Sobre todo esto he escrito un libro. Y soy consciente de que, cuando insisto en que lo compréis, puede sonar a pausa publicitaria. Pero no lo es. Yo soy empresaria desde hace trece años. En ese tiempo he hecho muchas cosas para ganar dinero y os puedo asegurar que escribir libros no es una de ellas.
Los libros son un negocio pésimo. Tienen una carga de trabajo ingente —más éste en particular, que me ha llevado años— y el autor percibe una retribución pírrica. No compensan para casi ningún autor pero, para mí, que tengo un coste de oportunidad altísimo porque escribir significa dejar de hacer cosas que sí son rentables, un libro es directamente una ruina. Pierdo dinero dedicándole la más mínima atención.
Si insisto tanto en que leáis Hijos del optimismo no es por lo que gano con él: Es porque contiene la explicación más ordenada, más completa y más útil que he sido capaz de crear sobre todo esto que explico aquí. Y porque creo, de verdad, que es un mapa imprescindible para comprender el presente y que puede cambiarle la vida a quien lo lea.
Así que si te interesa lo que cuento aquí, y te fías de mi criterio: hazme caso y cómpralo.
Desde entonces, todas las tecnologías nacen evaporadas: difusas, distribuidas, en muchas manos a la vez. Desde que existen los hijos del optimismo la tecnología ya no pasa por esas dos fases industriales en las que se creaban muchas fábricas y muchos puestos de trabajo, porque no se puede monopolizar.
La evaporación de la economía es la gran transformación económica de nuestro tiempo:
Si OpenAI hubiera nacido en el año 1995, el año en que nació Google, hoy sería otro Google. Porque hubiera disfrutado de un monopolio sobre su tecnología que hoy no puede tener. Y no lo puede tener porque hoy hay centenares de millones de ingenieros de software capaces de hacer un chatbot y en 1996 había poquísimos.
Y al contrario, si la tecnología del buscador de Google naciera hoy, Google nunca habría existido: porque habría habido millones de buscadores distintos en muy pocos meses y Google no habría podido disfrutar del monopolio de las búsquedas que consolidó su posición monopolística y su base de clientes.
Lo mismo es cierto de Facebook, de Twitter o de Airbnb. Ninguna de estas empresas tiene una tecnología que no tenga todo el mundo. Lo que tuvieron, en un momento concreto, fue la posibilidad de obtener una posición monopolística porque no había ni ingenieros capaces de hacerles la competencia, ni financieros dispuestos a embarcarse en ese tipo de aventuras. De manera que, cuando la competencia potencial se quiso dar cuenta, los llamados network effects ya los habían convertido en monopolios. Y esa sí era una barrera insalvable.
Todo esto ocurre también con los bienes materiales. Si los drones se hubieran inventado en 1900, como pasó con los coches, habría existido un “Ford” de los drones que habría monopolizado la tecnología y habría producido el espejismo de la productividad para el país correspondiente.
Pero en los años 2010 los drones nacieron comoditizados (la tecnología es universal) y hoy se fabrican en cualquier parte, se venden por dos pesetas y hasta un país asolado por la guerra como Ucrania puede poner en pie su propia industria.
Y al revés. Si el coche y todas las demás innovaciones de la Revolución Industrial se hubieran inventado en 2020, nunca habría existido Ford, ni Bell Labs. Habría pasado lo mismo que con los drones: centenares de empresas se habrían lanzado a copiarse unas a otras y habrían desplomado los precios en meses. Esto, precisamente, es lo que está pasando con los coches eléctricos.
El terremoto
Tengo la maldita manía de decir cosas muy trascendentes sin darles la suficiente importancia. Voy a intentar no cometer ese error en esta ocasión: lo que estoy diciendo aquí, y creo que demostrando con argumentos muy sólidos, es que la economía industrial que conocíamos, que no era solo la manera en que resolvíamos nuestras necesidades, sino la forma en que organizábamos el reparto del estatus, de la participación y del poder en la sociedad, está muriendo. Está dejando de existir. Se está evaporando. Está decreciendo.
Y no tenemos otra cosa con que reemplazarla. Así que sus estructuras, cada vez más endebles, pero soportadas aún por férreos acuerdos culturales, produce monstruos, seres esperpénticos como Donald Trump, o Elon Musk o Sam Altman.
En los próximos años, además de la explosión de la burbuja de la IA, podemos esperar que se produzca una deflación estructural mientras la evaporación empuja un sector tras otro hacia el coste mínimo. Ya lo estamos viendo en muchos países con el impacto de los precios descendientes de la electricidad.
Mientras no le pongamos freno, vamos a seguir observando una concentración extrema de la riqueza porque la plutonomía, ese ámbito vaporoso de actividad en el que las personas resuelven sus necesidades hoy, no es invertible. De manera que el capital que debía ser “productivo” no tiene destino y se ha lanzado a la captación de rentas en el sector inmobiliario, en los grandes contratos de sumistros y en cualquier lugar que pueda obtener una garantía de rentabilildad. Las rentas que se destinan a satisfacer ese capital, pese a que nominalmente hacen crecer el PIB, no producen nuevo valor: no inventan nuevos productos, ni nuevos servicios. Solo contribuyen a una espiral de acumulación muy similar a la que podíamos observar antes del capitalismo.
Por si esto fuera poco, atravesamos una crisis de medición y, con ella, de política económica. Los instrumentos que miden la realidad económica, como el PIB, no captan el valor que se produce fuera del mercado. No se dan cuenta de que la actividad humana más importante del siglo XXI ya no se produce en la economía. Así que los gobiernos pilotan con instrumentos que miden un mundo que se encoge. Toman decisiones sobre una economía cada vez más pequeña en las cuentas, mientras la actividad real se desplaza a un lugar que sus números no ven.
En la vida de la gente, esto se materializa de la manera más dolorosa en el vaciamiento del sentido del trabajo remunerado. Nos habíamos convencido de que iríamos al mundo del trabajo a encontrar identidad, estatus y sentido para nuestra vida, pero cuando las necesidades se satisfacen en la esfera privada y no retribuida de la plutonomía y las industrias mueren, los empleos también se evaporan sin sustituto. Eso produce el estancamiento salarial que hemos observado en los últimos treinta años, pero no solo; hay algo más. Y es que cada vez hay menos trabajos donde uno pueda contribuir a la sociedad de la manera en que puede contribuir en la plutonomía. Así que mucha gente se ve atrapada entre trabajar o contribuir. Entre seguir jugando un papel en el sistema productivo a sabiendas de que es una farsa, o hacer algo de valor en la plutonomía pero en condiciones muy precarias.
Lo que subyace a todo esto es una crisis abisal sobre el valor de las personas. En esta era de la abundancia, en la que cada vez somos capaces de producir más de todo, la pregunta que no sabemos contestar es: ¿si no hace falta el trabajo, qué nos hará dignos del reconocimiento de los demás? ¿Cómo ordenamos la sociedad en un tiempo de abundancia? ¿Cómo se estructura un mundo hecho de vapor de agua?
Y, sin embargo, qué tiempo tan emocionante. ¡Qué oportunidad! Como no me canso de repetir, esto no es una crisis de la sociedad. Al contrario: cada vez somos capaces de producir más, de comunicarnos mejor, cada vez somos más sabios y tenemos más herramientas para salir adelante. Lo que atravesamos es es una crisis de la forma en que nos organizamos en este tiempo nuevo. Pero lo tenemos todo por hacer y cada vez hay menos cosas que nos atan a la muerte, o al dolor.
John M. Keynnes, que era un gigante, lo vio venir con una clarividencia que da hasta miedo. Fue hace ahora 100 años, en una conferencia en Madrid, en la resaca del crack de 1929:
Saco la conclusión de que, suponiendo que no haya guerras importantes ni un aumento importante de la población, el problema económico podría resolverse, o al menos quedar a la vista su solución, en el plazo de cien años. Esto significa que el problema económico no es —si miramos hacia el futuro— el problema permanente de la especie humana.
¿Por qué resulta esto tan sorprendente?, se preguntará usted. Es sorprendente porque —si, en lugar de mirar hacia el futuro, miramos hacia el pasado— descubrimos que el problema económico, la lucha por la subsistencia, ha sido siempre, hasta hoy, el problema primordial y más apremiante de la especie humana; y no solo de la especie humana, sino de todo el reino biológico, desde los orígenes de la vida en sus formas más primitivas. Así pues, la naturaleza nos ha desarrollado expresamente —con todos nuestros impulsos y nuestros instintos más profundos— para el fin de resolver el problema económico. Si el problema económico se resuelve, la humanidad se verá privada de su propósito tradicional.
¿Será esto un bien? Si uno cree, aunque sea mínimamente, en los valores reales de la vida, la perspectiva abre al menos la posibilidad de que lo sea. Y, sin embargo, pienso con espanto en el reajuste de los hábitos y los instintos del hombre corriente, criados en él durante incontables generaciones, que se le podría pedir que descartara en unas pocas décadas.
Puede que los esforzados y resueltos fabricantes de dinero nos arrastren a todos consigo hasta el regazo de la abundancia económica. Pero serán aquellos pueblos capaces de mantener viva, y de cultivar hasta una perfección más plena, la propia arte de vivir, y que no se vendan a cambio de los medios de vida, quienes podrán disfrutar de la abundancia cuando llegue.
Y de esto va el siglo XXI. De disfrutar de la abundancia que ha llegado.



Interesante gracias
Los salarios llevan estancados 30 años en España, pero no así en otros países.
Es un matiz importante ya que el supuesto resultado de esas inercias económicas que comentas, que son globales, lo extraes de forma local