Corazón de alcachofa. Una teoría del amor libre
¿Y si nos autorizáramos a amar locamente, sin esperar nada a cambio? ¿Y si fuéramos capaces de querer con la misma libertad con la que odiamos hoy en día?
“Lo único más poderoso que el odio es el amor”.
— Bad Bunny.
Decía Robert Kennedy que el PIB “mide todas las cosas, excepto las que hacen que la vida merezca la pena”. Es una obviedad: el dinero o los bienes, las horas trabajadas o el título que aparece en la firma del email no son lo que realmente define nuestra experiencia. Si acaso, son partes de un exoesqueleto que sostiene en su interior una vida hecha de emociones, pasiones y miedos.
Aun así, cada vez que surge una pregunta —“¿Por qué crece la extrema derecha?”, “¿Por qué perdemos confianza en la democracia?”, “¿Por qué sentimos que la sociedad está en crisis?”—, en lugar de mirar lo que de verdad importa, volvemos al PIB, a los datos duros y fáciles de encontrar de la economía. No es extraño, entonces, que gran parte de nuestra comprensión del mundo se quede dolorosamente corta.
No puedo dejar de pensar que todo esto tiene algo de profiláctico. La economía es un ámbito tan estéril que nadie tiene que revelar nada de sí mismo para hablar de ella. Por el PIB, uno puede pelearse a machetazos sin descubrirse. Pero si en lugar de a las estadísticas, nos asomamos al arte, a la televisión, al cine o a la literatura, y nos preguntamos dónde sentimos realmente la vida en crisis, veremos que no es la cuenta bancaria lo que más nos duele, sino el amor. Paradójicamente, cuanto más conectados parecemos estar, más solos nos sentimos. El amor se ha vuelto un bien escaso del que mucha gente carece y otros muchos temen perder.
Que tontería, ¿no? Si algo es verdaderamente abundante, ese algo es el amor.
Así que, para este fin de semana de San Valentín, se me ocurrió hace unas semanas escribir una pequeña teoría sobre mi forma particular —y un poco rara— de entender el amor desde la abundancia.
Para mi sorpresa este post, que nació con la intención de ser una nota ligera entre el resto de contenido económico o tecnológico, ha terminado por decir cosas muy importantes sobre una naciente teoría del abundantismo que espero que os guste.
¿Qué es el amor?
El amor es, en esencia, curiosidad. Decimos que queremos a alguien cuando estamos interesados, implicados en su existencia. El amor es “la preocupación activa por la vida y el crecimiento de aquello que amamos”1 o, también, “la condición en la que la felicidad de otro es esencial para tu propia felicidad”2.
En inglés hay una fórmula que lo explica especialmente bien: to be invested in someone (or something) es algo así como interesarse, pero no solo en lo superficial, sino teniendo algo en juego; invertirse en alguien es haber colocado parte del propio tiempo, de la propia energía, incluso de la propia identidad en el futuro de otro. Así que amar es dejar de ser espectador y convertirse en parte interesada en otra historia.
Fíjate en cómo, desde esta definición, no hace ninguna falta que esa emoción sea recíproca; se puede amar perfectamente a alguien que no te corresponde. Por eso las adolescentes pueden colarse hasta los huesos por una estrella del k-pop que vive a miles de kilometros, igual que las madres se enamoran de cada uno de sus hijos mucho antes de que esos bebés tengan edad de corresponderles. Es por esta razón que alguien puede seguir queriendo a su padre, aunque haya muerto, mientras otra persona puede vivir enamorada de la idea que se construyó hace muchos años de una novia de la juventud que, con toda probabilidad, ni siquiera era exactamente como la había imaginado.
El amor es tan abundante como nuestra capacidad para prestar atención: podríamos vivir enamorados de media humanidad o, al menos, de tantas personas como seamos capaces de evocar al mismo tiempo sin dejar de atender a las demás. Podríamos vivir enamorados de muchos hombres y de muchas mujeres. Unos conocidos y otros, no tanto. También podríamos vivir en esa experiencia todo el tiempo, cada minuto, hasta que desbordase toda nuestra existencia. De la misma manera que parece que vivimos inmersos en el odio, podríamos vivir en el amor.
Si no lo hacemos es porque hoy esa forma abundante de querer está proscrita. Fue cancelada el día en que el amor se volvió sinónimo de compromiso.
El amor como compromiso
Durante milenios, el amor y el compromiso habían sido dos cosas bien distintas. Demóstenes decía que los buenos ciudadanos griegos tenían “amantes para el placer, concubinas para el cuidado diario, pero esposas para darles hijos legítimos y ser guardianas fieles de sus hogares.”3
Hasta la Edad Moderna, los aristócratas se casaban con quien le viniera bien a la familia para producir esos hijos legítimos que cuidaran del patrimonio; los matrimonios se pactaban y hasta se materializaban mucho antes de que los novios tuvieran edad de comprender lo que estaba ocurriendo. La gente común, aunque no tenía linaje, también se casaba con quien convenía porque aportaba la fuerza para trabajar, o la posibilidad de aportar una dote, o de sumar algunas tierras, o simplemente de compartir las tareas de la supervivencia.
En la Edad Media, los primeros relatos románticos del amor no tenían ninguna relación con el compromiso. Más bien eran una rebelión contra ese mandato: la posibilidad de una vida más allá del deber. Romeo y Julieta, Tristán e Isolda o Lancelot y Ginebra desafiaban el orden establecido al enamorarse fuera del matrimonio.
Pero a principios del siglo XIX, con la aparición de las primeras grandes ciudades y el desarrollo urbano, el juego del estatus social comenzó a transformarse a toda velocidad. El valor de un individuo dejó de estar definido por la tierra que poseía y los atributos personales — la reputación, los títulos, la habilidad, las redes sociales— empezaron a contar tanto o más que la propiedad agraria. El matrimonio se convirtió en una inversión estratégica en relaciones humanas y ese amor romántico que había nacido como protesta se fue convirtiendo progresivamente en la justificación cultural del compromiso conyugal.
Con el tiempo, ese vínculo entre el amor y el compromiso se fue solidificando hasta que, tras la Segunda Guerra Mundial, se había consolidado como el único pegamento legítimo no solo del matrimonio, sino de la familia y del proyecto vital de cada persona.
El compromiso, a diferencia del amor, es escaso. No podemos vivir al mismo tiempo con media humanidad, ni obligarnos a pagar la mitad de su alquiler y parir a sus hijos. Cuando el amor se ató al compromiso, la posibilidad de amar de forma libre y abundante se volvió peligrosa. Porque si la justificación del compromiso sobre el que descansaban la economía doméstica y la estabilidad social era una emoción, ésta no podía ser volátil, imposible de medir y difícil de gobernar: su abundancia se convertía en una amenaza de primer orden.
Si no estaba regulado ni atado a un contrato social, el amor ponía en peligro la estabilidad de la sociedad: así que debía ser escaso y estable. Permanente. Tan predecible como las demás piezas del engranaje industrial. Debía ligarse al compromiso y limitarse a los afectos recíprocos, aquellos que funcionaban casi como un intercambio de valor.
Así fue como el amor transaccional, el que iba aparejado al compromiso, se consolidó como el único “amor verdadero”. Solo las formas de amor que servían para alcanzar la entrega de otro ser humano sobrevivieron como formas válidas de este tipo de curiosidad. El matrimonio, que era la forma más elevada de compromiso, emergió en cabeza como vínculo supremo, mientras que los hijos y la familia, de quien se espera igual que se comprometan con nosotros, ocupaban un discreto segundo puesto.
Todas las demás formas de querer, que habían existido siempre y seguirían existiendo, fueron proscritas, casi siempre mediante la vergüenza. Algunas, a través de sanciones sociales directas, como las relaciones fuera del matrimonio. Otras, haciendo que parecieran ridículas. Desde entonces, en las comedias románticas para adolescentes el amor duele cuando no es correspondido; los personajes son caricaturizados por enamorarse demasiado, o por colarse por quien está “fuera de su alcance” y los amigos demasiado cariñosos aparecen retratados como si fueran bobos. Mientras tanto, los personajes principales siempre son los que son “difíciles de conseguir”, los del amor escaso, los que nunca se entregan sin condiciones, esto es, sin una transacción mediante.
Así fue como un único tipo de amor —el que se tiene hacia la pareja y debe durar toda la vida— se consolidó como el amor verdadero. El amor en todas sus demás formas —el que profesamos a las estrellas del k-pop, o la amistad, o el amor a los amantes y a las concubinas— quedó proscrito, relegado a los márgenes, como si no contara, como si no mereciera tal nombre.
Ese amor que era una emoción abundante quedó reducido a una cosa escasa.
La escasez más dolorosa
Sin ningún tipo de andamiaje teórico que me ampare, sostengo que esta escasez del amor que nos hemos impuesto es la causa del dolor más punzante de la sociedad de hoy. Y que es esta precariedad la que se esconde detrás de las estadísticas que muestran que todo el mundo está enfadado y furioso y que “la sociedad está rota”. La falta de amor es esa cosa que merece la pena y que no nos pueden explicar todos los números del PIB.
Porque el amor, en esta definición que estamos explorando, es la precondición de lo que es esencial de nuestra existencia, que es conectar con otros humanos. Si lo despojamos de la carga cultural que arrastra hoy, se hace evidente que ese interés por la historia de otra persona, esa curiosidad genuina por otro ser humano —o incluso por otro animal— es el sustrato donde después pueden brotar esos chispazos en los que experimentamos una profunda conexión con los demás; esos instantes que nos dejan una desbordante sensación de estar completos, de que no nos falta nada. Esas explosiones que se producen en el (buen) sexo, o en una noche de carcajadas de esas que producen agujetas, o cuando descubres a medias con otra persona una idea que nadie había comprendido antes, o cuando celebras un gol con tu mejor amigo. Esa experiencia en la que parece que el universo se alinea contigo, como cuando abrazas a un hijo.
Que haya que describir esas experiencias como “fogonazos” o “instantes”, en lugar de como un hábito cotidiano, nos da una idea de la escasez lacerante en la que vivimos.
“Lo que hace del amor una forma de locura”, dice Eva Illouz, “es que no guarda ninguna conexión con lo real”. Y por eso, porque solo vive dentro de nosotros y no está atado a los límites del mundo físico, el amor no es escaso, es abundante, y guarda la promesa de regresar a esa experiencia intensa de ser un humano completo, conectado a otros.
Quiero imaginar que aquellos hombres y mujeres de la Edad Clásica y de la Edad Media, que no cargaban sobre sí mismos el peso moral del amor escaso, aunque se casaran por linaje, luego buscaban el amor por todas partes. Pero nosotros ni siquiera eso podemos permitirnos. En nuestras vidas el amor se ha restringido a la capacidad de compromiso que podemos ofrecer y que pueden ofrecernos. Cuando alguien metió el amor en el bote cerrado del matrimonio, nos robó la posibilidad de conectar con otros.
Como consecuencia, las personas ven cómo esa posibilidad de conectar de verdad con otros seres humanos se va reduciendo cada vez más. Nos encontramos rodeados de relaciones de cartón-piedra, sostenidas por lugares comunes y conversaciones de ascensor que difícilmente producirán esa intimidad profunda que nos hace plenamente humanos. No tengo dudas de que es la búsqueda desesperada de más oportunidades para sentir esa conexión lo que impulsa el consumo de alcohol y de drogas.
Hace 50 años, el capitalismo nos prometió acabar con esa escasez. La “sociedad del conocimiento” iba a traer un mundo de intelectuales conectados que vivirían una vida de experiencias chispeantes como las de las películas de Woody Allen. Pura conexión.
No ocurrió. Y hoy nos ahogamos en la vida que tenemos, en el amor escaso, urgando en Internet con la esperanza de encontrar —no solo en Tinder, ni mucho menos— otros seres humanos con los que vivir ese vínculo.
Y esta es, en mi opinión, la razón por la que hoy campa el odio. Porque mientras el amor se hizo escaso, el odio siguió siendo abundante. Así que a nadie le extraña que detestes al presidente del gobierno —o incluso a grupos genéricos de personas—, pero te encerrarían en un sitio muy oscuro si afirmases, con la misma vehemencia, que estás enamorada de él.
Pequeña teoría del amor (libre)
Hace unos años me encontré enmarañada en una de esas relaciones donde el amor y el compromiso dejan de alinearse. Con el tiempo —y grandes dosis de terapia— descubrí una cosa. Lo que estaba resultando realmente doloroso para mi no era que aquella persona hubiera dejado de quererme (en realidad, eso no había ocurrido), sino que, una vez que se había roto nuestro compromiso, por algún motivo yo me sentía obligada a dejar de quererle a él, a dejar de estar invertida en él. A perder la conexión que teníamos.
Y tengo la sensación de que esto es bastante universal. Lo que nos duele cuando se acaba el compromiso, o cuando no “nos corresponden” es que nos sentimos obligados a renunciar al amor que teníamos. Pero es una ilusión óptica: estamos convencidos de que deseamos ser amados solo porque nos hemos prohibido a nosotros mismos amar sin ser correspondidos.
Así que el amor que teníamos se encuentra proscrito, igual que el de una adolescente por sus ídolos o el de una mujer por el hijo que murió antes de nacer. Nos hemos convencido de que el amor debe ir graduado en la misma medida que va aparejado a un compromiso, de manera que uno no puede estar locamente, intensamente enamorado de todos sus amigos. Ni seguir enamorada de una expareja, mucho menos reconocer que ama a alguien que no le hace ni caso.
Pero, ¿Y si nos autorizáramos a amar locamente, sin esperar nada a cambio? ¿Y si fuéramos capaces de querer con la misma libertad con que odiamos hoy en día?
Si dejamos caer ese manto de escasez en el amor, lo que emerge con sentido es lo contrario: hay que amar hasta los límites de la capacidad propia. Bañarse en esa emoción. Levantarse todas las mañanas enamorado de una estrella del k-pop, de tus amigos, de ese señor con quien compartes cama de vez en cuando, de tus hijos, por supuesto, pero también de los hijos de todas tus amigas, y de los hijos de tu pareja aunque no los hayas parido. Amar renunciando a cualquier expectativa de que el sentimiento sea recíproco nos devuelve la posibilidad de la abundancia, porque cuando tu amor es infinito, no te hace ninguna falta que te lo paguen.
Es aquí donde mejor se entiende que la abundancia es sinónimo de libertad. Que no tiene nada que ver con tener más bienes escasos (esto es, más compromisos) sino con permitirnos vivir en el mundo de las cosas que no tienen límite. Y en comenzar a reconocer un mayor estatus no a quien tiene más bienes limitados, sino a quien mejor sabe vivir una vida buena (¡extraordinaria, incluso!) en un lugar abundante.
Así que yo he dejado de atarme las manos a la espalda en el amor. Y desde entonces me conduzco sin frenos. Vivo enamorada de muchas personas. Mi curiosidad y mi deseo de conectar con otros ya no está limitado por el compromiso que podamos tener, ni siquiera por el tiempo que pasemos juntos, sino que en cada momento que compartimos, y en todo el tiempo que dedico a pensar en esas otras personas, me dejo sentir el mismo éxtasis que la mayoría de la gente reserva al “amor de su vida”.
En francés, se dice que la gente que es muy enamoradiza tiene “un corazón de alcachofa”, “un cœur d'artichaut”, porque va por la vida dándole un pétalo a cada persona. Yo me reivindico en ese espíritu. y voy dando pedacitos de mi hasta agotarme.
Y parezco un bicho raro, lo confieso. Es probable que haya gente que piense de mi que soy demasiado naïve, o demasiado intensa, o too goody-goody. Pero, ¿sabes qué? Que me da igual. Porque la consecuencia es que mi vida interior se parece muchísimo a la de las adolescentes que viven en una nube pensando en su estrella del k-pop, solo que mis estrellas son de carne y hueso y las veo a menudo: son mis amigos, mis amantes, mi familia y la gente con la que me cruzo y que me deslumbra, aunque no los vuelva a ver.
Y soy muy feliz. No queda en mi ni un poquito de espacio para el odio.
Comensalismos
Escribiendo este artículo me he dado cuenta de que esta pequeña teoría del amor tiene todo que ver con otra un poco más grande que está en el centro de todas las cosas que pienso y escribo.
Hace mucho tiempo, Adam Smith propuso que las personas se conducían desde el egoísmo, y que esa búsqueda del interés individual producía, por arte de magia, un bien colectivo. Otros autores intentaron después enmendarle la plana a Smith y probar que el ser humano no es egoísta, sino altruista: hace lo correcto para todos en la expectativa de que los demás hagan lo mismo. Cuida esperando que le cuiden, conduce en el lado derecho de la carretera con la confianza de que los demás harán lo mismo.
Seguro que hay algo de todo esto, pero yo diría que la máxima expresión del ser humano está en la idea de ser “comensalista”.
El comensalismo es una forma de interacción biológica en la que un individuo obtiene un beneficio, mientras que el otro no se perjudica ni se beneficia. El término proviene del latín cum mensa, que significa ‘compartiendo la mesa’ y se creó para describir la relación en la que una especie aprovechaba los desechos de un segundo animal sin perjudicarle, como hacían los perros y los gatos que seguían a las primeras comunidades de cazadores-recolectores.
Pero a los humanos nos ocurre algo extraordinario: nos sobra casi de todo. Somos capaces de producir mucho más de lo que necesitamos. Por eso podemos existir en un mundo de abundancia: somos la única especie capaz de crear sistemáticamente más de lo que consume.
Una cantidad innumerable de comportamientos humanos —yo diría que casi todos los que van más allá de la pura supervivencia— son comensalistas: escribir un libro (o una newsletter como esta), escribir música, o software, hacer ciencia, cuidar, enseñar, pintar, bailar, producir arte o inventar herramientas. Nuestra esencia es regalar, hacer cosas que benefician a otros sin esperar nada a cambio, simplemente porque nos hace felices. En el amor, como en el conocimiento y el arte, nuestra experiencia vital crea más de lo que necesita para crear.
Y, de hecho, podríamos decir sin miedo a equivocarnos que el progreso humano es consecuencia de este comensalismo. Desde Socrates, a Aristóteles, Gutenberg, Newton, Curie, Kant, Lincoln, Martin Luther King Jr., Tim Berners-Lee y hasta el propio Smith, las grandes figuras que han empujado el mundo hacia adelante no lo hicieron por un afán de lucro, al contrario: se entregaron para crear ideas que podían ser usadas por todos sin agotarse. Y lo mismo ocurre en la literatura y en el arte. ¿acaso alguien cree que Camus, o Shakespeare, o Beethoven, escribían esperando que el mundo le devolviera algo a cambio?
Hasta podríamos decir que algo se torció el día en que empezamos a mirar esa generosidad con sospecha e hicimos de esa entrega sin cálculo algo ingenuo o ridículo.
Hay muchas especies de animales egoístas, y otras muchas altruistas, pero esa capacidad de dar sin perjudicar y sin esperar reciprocidad es, para mí, la forma más pura de nuestra existencia, lo que nos hace genuinamente humanos.
Así que si yo tuviera que empezar a liberar la abundancia por alguna parte, lo haría por aquí, por el amor. Comenzaría por autorizarnos a nosotros mismos a amar sin medida, sin filtro, sin rastro contable. Por desatar esa curiosidad por los demás hasta llenarnos y que no quede hueco para ningún odio. Y por despachar con un silencio a quienes pretendan avergonzarnos.
Hay que poner de moda tener un corazón de alcachofa ;-).
Si tú también eres abundantista, te gustará Hijos del optimismo. Es mi primer libro, el hermano mayor de esta newsletter y un proyecto en el que llevo trabajando un montón de años.
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También puedes leer más sobre mi y sobre la historia que me empujó a escribirlo.
https://en.wikipedia.org/wiki/The_Art_of_Loving
https://www.goodreads.com/quotes/4964-love-is-that-condition-in-which-the-happiness-of-another
https://www.worldhistory.org/article/1713/love-sex--marriage-in-ancient-greece/
Photo by Thomas Gabernig on Unsplash




Te envío mucho amor, me gustó tu artículo y considero firmemente, que el amor romántico es demaciado reduccionista, encasillante y desprovisto de libertad, nos tendremos que convertir entonces en una sociedad que entienda el amor como sustancia escencial de la vida para todo y en todo. Amor sin miedos, amar por dar, amar por ser.
https://youtube.com/shorts/gQkHLx7vcB4?si=avxSvB3cz0KP5dZi
Me ha encantado!! Soy #alcahofista. A mí me cabe mucho amor en el pechito y creo que tienes razón en lo que escribes. Un abrazo