Twitter es el nuevo Facebook y Substack es el nuevo Twitter: La vida después del 'peak algorithm'
No es el algoritmo. Lo que está arruinando las plataformas es la irrelevancia.
Be without fear in the face of your enemies. Be brave and upright that God may love thee. Speak the truth always, even if it leads to your death. Safeguard the helpless and do no wrong. That is your oath.
— Ridley Scott, The Kingdom of Heaven
Tengo una teoría que sospecho que va a ser controvertida, incluso que puede llegar a ofender. Pero me pasa que cada vez estoy más convencida de que Meredith Whittaker tiene toda la razón cuando afirma que no decir la verdad, y no sostenerla siempre, nos vuelve tontos. Porque nos obliga a operar intelectualmente en una farsa. Una que termina por atrofiarnos el razonamiento a base de construir castillos de pretendidas certezas que no son más que dogmas.
De todos los dogmas de nuestra cultura, quizás el más poderoso es el del mal absoluto. Cuando algo nos da miedo salimos corriendo a inventar un monstruo para exorcizarlo: para que ese terror deje de estar dentro de nosotros y tenga un cuerpo ajeno al que poder culpar, temer, odiar.
Así, mientras vivimos a merced de los elementos el Yeti, el monstruo del lago Ness, Bigfoot y el Chupacabras fueron algunas de las muchas variaciones de un mismo temor universal a la naturaleza. Más adelante, los vampiros fueron el invento de una sociedad traumatizada por la peste y la tuberculosis. Y cuando el mundo empezó a asustarse del progreso alumbró a la criatura del Doctor Frankenstein. Como suele ocurrir que lo que nos da miedo es lo desconocido, en los mapas medievales era habitual colocar una inscripción en las áreas que aún no habían sido exploradas: Hic sunt dracones. Siempre hay dragones en lo que todavía no sabemos explicar.
Nosotros, los seres humanos del siglo XXI, que vivimos aterrorizados por el fenómeno de la interconexión digital, también nos hemos inventado al demonio de nuestro tiempo. Un ser sin cuerpo, sin cara, ni alma, al que hemos llamado el “algoritmo”.
Y, como en el fondo lo que más miedo nos da no son los monstruos, sino los otros humanos, nos hemos convencido de que ese ser es un arma de destrucción masiva en manos de unos seres tan malvados que no tendrían nada que envidiarle a Drácula: los technobros. Y nos hemos convencido de que, en sus manos, las redes sociales serán la perdición de la humanidad, el infierno en el que arderán los niños y se violará a las mujeres.
Pero los monstruos, convendrás conmigo, no existen. Al contrario, todos los cambios que nos han dado miedo siempre estuvieron motivados por un fenómeno social: por una pluralidad de intereses, actores y circunstancias irreductibles, mucho más complejas de explicar que un monstruo.
Así que hoy vengo a meterme en un jardín y a ir en contra de ese dogma tan extendido que dice que todo lo que le pasa al mundo es culpa de las redes. Más aún, sostengo que las redes sociales, tal y como las conocimos, han muerto. O al menos están de salida. Lo más probable que es que los niños de dentro de unos pocos años no tengan el menor interés en entrar en ellas.
Y creo que no han sido asesinadas por los techbros, sino por el mismo sujeto que acabó con Facebook: la gente normal. O, dicho de otra forma: no es el algoritmo; lo que está arruinando las plataformas es una invasión de usuarios que no tienen nada que decir.
Me explico:
Las primeras redes sociales —como Twitter, Facebook, Reddit, Tumblr o Linkedin— se levantaron sobre una expectativa de horizontalidad. Facebook prometía conectar a todos con todos. Twitter ocupó otro espacio adyacente, pero con el mismo principio. El formato —esos posts mínimos que cualquiera podía crear sin ningún esfuerzo— estaba al servicio de esa función: gente normal hablando de sus cosas en igualdad de condiciones con otra gente.

Esto era en gran medida una herencia de la propia cultura de Internet. Ocurre que el software, en su primera versión, siempre intenta copiar al hardware sobre el que corre y en sus inicios se creía que Internet era una especie de red de carreteras donde muchos nodos (los ordenadores) se conectaban en igualdad de condiciones unos con otros. Como consecuencia, esas primeras redes sociales de los 2000 replicaron esa arquitectura y se concibieron a sí mismas como “distribuidas”.
Pero aquella era una visión prehistórica de la red (por más que siga enquistada en las cabezas de algunos). Por el contrario, tiene mucho más sentido pensar en Internet no como un territorio, sino como un cauce por el que discurre un torrente de información creada por miles de millones de manantiales (que somos cada uno de nosotros). Si, en lugar de pensar en la red desde el hardware (las máquinas conectadas), la pensamos desde la experiencia humana, se hace evidente que Internet no es un mapa de carreteras: es un río.
El “feed” de cada una de las redes sociales es un afluente de ese río, pero nuestros chats de Whatsapp son otro y las webs (en particular, las de los medios de comunicación) son un tercero, por poner tres ejemplos bien conocidos. Internet somos nosotros, es la humanidad. Y la mejor forma de explicarnos no es un mapa estático, sino que es un proceso, una historia: un devenir.
Mientras el río fue pequeño, en los primeros 2000, resultaba más o menos comprensible para el cerebro humano. En Facebook, cuando mejor funcionó, no estaba todo el mundo. Había una parte de la sociedad muy pequeña. Un grupo de early adopters que estaba dispuesto a dedicarle mucho tiempo a crear contenido y a modificar su conducta para adaptarse a la cultura de esa red. Era una red de pares.
Pero con el tiempo, Facebook se fue haciendo mainstream y se llenó de late adopters que ya no estaban dispuestos a hacer nada de eso. El río se volvió un torrente inmenso e incomprensible.
Twitter, que era una red mucho más nicho, duró algunos años más, pero terminó por correr la misma suerte. En sus inicios era lo más parecido al bar o al salón de tu casa: un lugar de confianza, una versión mejorada de los múltiples foros que dominaban internet. Pero a medida que se fue llenando de late adopters que no estaban dispuestos a adaptarse a la cultura local, se volvió un griterío.
Si Reddit sobrevivió —más o menos— fue porque nunca se volvió completamente mainstream. A día de hoy sigue siendo una comunidad de pares, bastante cerrada por el esfuerzo que requiere participar de ella.
El algoritmo, contra el sinsentido
Frente a ese aluvión de late adopters, Twitter y Facebook se encontraron con un problema. El feed se estaba llenando de actualizaciones que no tenían interés, no tenían importancia ni sentido para quien los recibía. El cerebro humano necesita dedicar una cantidad de tiempo a leer cada actualización y, si le obligas a revisar varias que no tienen relevancia para él, se aburre y se va.
Entonces esas plataformas modificaron su experiencia de usuario para que no se los llevara por delante esa avalancha de contenido irrelevante. Dejaron de mostrar los posts en el orden cronológico en el que se publicaban y empezaron a impulsar su propia versión de lo que era importante: había nacido el feed algorítmico.
El algoritmo de las redes sociales se llama “predictivo”. En esencia, lo que hace es coger una cantidad inmensa de información y las acciones previas de un usuario e intentar inferir qué será lo siguiente que le interese.
“Los ingenieros asignan un valor en puntos a cada tipo de interacción que los usuarios pueden realizar en una publicación (dar me gusta, comentar, compartir, etc.).
Para cada publicación que se te podría mostrar, estos valores de puntos se multiplican por la probabilidad de que el algoritmo crea que vas a realizar esa interacción. Estos pares de números multiplicados se suman, y el total es la puntuación personalizada de la publicación para ti.
Hay algunos detalles adicionales, pero a grandes rasgos, tu feed se crea ordenando las publicaciones según estas puntuaciones, de mayor a menor.”
(En este enlace tienes una explicación detallada sobre cómo funciona el algoritmo de Facebook y en este otro sobre cómo funciona el de Twitter)
En el fondo es lo mismo que lleva haciendo Google 25 años, una función sin la que no hubiera sido posible que Internet llegara donde está hoy: ordenar una enorme cantidad de información que el cerebro humano, por si mismo, no puede procesar.
Y es que los algoritmos de las redes sociales no tienen porqué ser el demonio. En realidad, cumplen una función que es muy necesaria en este mundo interconectado que nos ha tocado vivir: exploran contenido mucho más allá de lo que tú podrías consumir e intentan inferir qué parte de esa montaña de información es la que te interesa.
Y aunque ha calado la idea de que estaban intentando controlar lo que veíamos, yo sigo convencida de que no fue así. En sus inicios, los algoritmos de las redes sociales estaban reaccionando al hecho de que los feeds cronológicos se hubieran vuelto irrelevantes, aburridos e incomprensibles.
Si algunas redes se han vuelto un saco de pus, es por dos razones. Primero, porque sus usuarios (la versión de sí mismos que muestran en esa red) están buscando ese tipo de contenido (conflictivo, violento o que les hiciera de cámara de eco). La evidencia más sólida es que mientras unas plataformas parecen escupideras, otras, como Linkedin, son una imitación de un salón de té regentado por la difunta reina de Inglaterra en Buckingham Palace. Si el problema fuera el algoritmo, serían todas la misma mierda.
La segunda razón es que algunas plataformas —en cierta medida Facebook y Youtube pero, sobre todo, Twitter—, cuando un tipo de usuarios comenzaron a explotar el algoritmo para sus propios intereses políticos o económicos, no hicieron nada por corregirlo. Así, permitieron que los bots de extrema derecha o los creadores profesionales de fake news inundaran el feed de los usuarios y terminaran por deteriorar la plataforma para todo el mundo.
Claro que esto de que unos usuarios quisieran explotar el mecanismo interno de una aplicación para sus propios intereses no era nuevo en absoluto. Google, en muchas ocasiones en los últimos 25 años, ha hecho modificaciones salvajes de su algoritmo para corregir derivas como ésta. Los lectores recordarán, por ejemplo, que durante un tiempo todas las noticias parecían titularse algo así como “Esta chica salió a la calle, no te vas a creer lo que sucedió después”, y que en otro momento Internet se inundó de vídeos cortos de recetas de cocina que después desaparecieron como si nunca hubieran existido.
Las empresas que se dedican a ordenar la información en Internet — por un interés elemental de supervivencia— tienden a tomar decisiones que primen la calidad del servicio frente a los intereses de unos pocos.
Y esto es lo que es verdaderamente novedoso del momento actual. Mark Zuckerberg tomó hace muchos años una decisión aparentemente inexplicable: permitir que se llenara el sitio de contenido de pésima calidad para seguir cobrando anuncios. Con los años Elon Musk siguió la misma estela y ha terminado por convertir Twitter en el nuevo Facebook. Lo que ambos están advirtiendo es que sus plataformas han fracasado en ese modelo de crear una “sociedad distribuida” y ya solo tienen una audiencia cautiva que les va a durar unos años y que tienen que exprimir tanto como puedan.
Peak algorithm
Como consecuencia, esas redes sociales distribuidas han dejado de cumplir su promesa. Ya no son espacios neutros de conversación entre iguales. Publicar en ellas se ha convertido en un deporte de riesgo que te expone a juicios permanentes, malentendidos y linchamientos. La facilidad para postear ha hecho que salga demasiado barato atacar a quien publica. Y a eso se suma la presencia cada vez más intensiva de la publicidad y del contenido hecho por marcas.
El resultado ha sido una retirada silenciosa de los que antes hacían que esas redes fueran interesantes: cada vez hay menos publicaciones, menos likes, menos RTs y más consumo pasivo. La sensación imperante es que, para proteger la propia identidad y la tranquilidad mental, hoy es más seguro mirar que hablar.
Como consecuencia, esas redes están muriendo. Los usuarios de Facebook y de Twitter están en caída libre y el uso de las redes sociales en general, también (al menos, fuera de Estados Unidos).
Por su parte, esa función que cumplía Facebook, que era la de mantenernos conectados con nuestros conocidos, se ha mudado a las redes de mensajería, como Whatsapp y Telegram. La “red social distribuida” hoy está dividida entre múltiples grupos personales… y privados.
Y eso ha ocurrido en gran medida porque hace años que descubrimos que no queríamos compartir con nuestra madre las mismas actualizaciones que con nuestros amigos, pero también porque la cultura del feed algorítmico de las redes distribuidas ha fracasado: se ha vuelto insoportable, irrelevante, incapaz de ordenar la realidad y la información.
Substack, el momento de las tribus
En todo caso, lo que sigue revelando la necesidad del algoritmo es una condición de la experiencia humana: no queremos una sociedad distribuida donde todas las voces se escuchen igual, no queremos escuchar a todo el mundo. Queremos prestar atención a la gente que nos parece interesante en cada momento. Muy al contrario, tener que prestar atención a cualquiera que pase por allí y ponga un tuit es una terrible pérdida de tiempo, similar a lo que sería tener que revisar todos los resultados posibles de una búsqueda en Google para encontrar el que nos interesa. Es algo que no nos podemos permitir en esta vida en la que necesitamos estar conectados con lo importante.
Por esta razón las aplicaciones de la siguiente generación, como Tik Tok, Substack o, en cierta medida, Instagram, ya no comparten ni de lejos esa ambición de horizontalidad: nadie espera que todos hagamos vídeos ni artículos larguísimos, ni que tengamos las mejores fotos. Hemos abandonado esa ambición de vivir en una red de iguales. Asumimos que habrá unos “influencers” o “creadores de contenido” a los que los demás vamos a seguir porque son los que están haciendo el esfuerzo de crear cosas de valor. Las nuevas plataformas se parecen mucho más a un canal de televisión hecho entre muchos que a lo que pretendía ser Facebook.
El ascenso fulgurante de Substack es la consecuencia de esa tendencia. Esta red está ofreciendo hoy el contenido y la conexión con los debates públicos que hace 10 años en la red del pajarito. Es la nueva plaza pública. Substack es el nuevo Twitter.
Igual que Tik Tok, pero a diferencia de Twitter y Facebook, la novedad de Substack es que profesionaliza la creación de contenido por la vía de exigir un esfuerzo mayor a quien quiera ser autor. Ya no vale con un tuit de 140 caracteres para reclamar la atención de la audiencia. De la misma manera, para criticar un argumento en Substack tampoco se puede orquestar una campaña de bots de la nada.
18 años después del nacimiento de Facebook, estamos cerrando la edad de las redes abiertas distribuidas. El experimento por el que le dimos voz, simultáneamente y sin filtro, a todas las personas por igual, no ha funcionado y está muriendo. Y mi intuición me dice que nos dirigimos hacia algo que se parece más a la organicidad de las sociedades humanas premodernas: las redes descentralizadas organizadas en torno a líderes comunitarios, esto es, una sociedad de tribus.
En estos próximos años, creo que veremos emerger una red descentralizada, o lo que es lo mismo, una red con muchos pequeños centros, seguramente desconectados entre sí. Cada influencer de cierta envergadura tendrá una comunidad, un grupo que confiará en él o en ella y que le seguirá a todas partes.
Apuesto a que la siguiente gran plataforma ya no será pública, sino que hará falta que te inviten para participar, o tener algún tipo de credencial. También a que habrá muchas más que ahora.
Me pregunto si después de las tribus no emergerán también algo así como los estados-nación en Internet. Pero antes de eso tendremos que enfrentarnos a otro reto: el de cohesionar una sociedad que ya no tendrá espacios públicos comunes, sino una red descentralizada en el que cada uno formaremos parte de nuestra propia tribu.

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También puedes leer más sobre mi y sobre la historia que me empujó a escribirlo.






Para mi Substack son los nuevos blogs, y lo consumo de la misma forma que consumía blogs en 2006-2010: con un lector de feeds y eligiendo cuidadosamente que artículo leer de entre todos los que pueblan mi feed (feed RSS, no feed algorítimico). Y me encanta que sea así, este es el internet que me gustaba y que Facebook, entre otras, comenzó a matar poco a poco a partir de 2008.
P.D: Tus artículos siempre pasan el corte :)
Maria, escribes de maravilla y te acepto para líder de mi tribu…