SpaceX y la fábrica de burbujas.
Las cuatro burbujas financieras del siglo XXI no son fenómenos distintos. Son réplicas del mismo terremoto: ese que está a punto de producir su último gran temblor.
Salvo que hayas estado viviendo debajo de una piedra, no se te ha podido escapar que el viernes, una empresa cuyo propósito es “hacer de la humanidad una especie multiplanetaria” debutó en bolsa. SpaceX, la empresa de cohetes de Elon Musk, que en veintitantos años de vida nunca ha dado beneficios, afirmó valer 1,7 billones de dólares y a mucha gente debió parecerle bien. Al cierre de la sesión la cotización había ganado un 19%, hasta superar los 2 billones de dólares.
Si eres de los que piensan que esa valoración está justificada, me temo que este post no es para ti. Pero si compartes conmigo que esto es un disparate y que la realidad en la que vivimos se está volviendo cada vez más una charada disfuncional e incomprensible, quédate. Esta newsletter llega a tu buzón para arrojar luz sobre todo esto. Se propone aclarar, de una vez por todas, por qué nada de lo que ocurre en los mercados tiene sentido, cómo sabemos que esto es una burbuja y por qué —e incluso cuándo— va a estallar.
Comienza por la historia del homo bulla.
¡Allá vamos!
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:: Hijos del optimismo ::
Las burbujas no se limitan —en absoluto— a la economía. Al contrario: están por todas partes. Por ejemplo: las mujeres en la audiencia van a entender perfectamente lo que significa tener un crush. Es este señor o señora que un día te gusta un poco, al rato te empieza a obsesionar y cuando te quieres dar cuenta llevas seis meses imaginándote una relación entera: veinticinco versiones de vuestro primer beso, todos los sitios a los que te iba a llevar y cómo ibais a envejecer juntos. Y él (o ella) no sabe todavía tu apellido. Si algún día quiere el cielo que tengáis algo y esa persona se revela como un ser humano de verdad, en lugar del que tú te habías imaginado, la burbuja —romántica— que te habías montado, pinchará.
La “crisis de los cuarenta” —o de los cincuenta, pronto será de los sesenta— también es el estallido de una burbuja: la de las promesas que nos habíamos hecho a nosotros mismos y que no hemos terminado por cumplir. Son tan frecuentes las burbujas en la experiencia humana que hasta tenemos una fábula para explicarlas: el cuento de la lechera.
En lugar de sapiens, deberían habernos puesto homo bulla. Porque aunque la biología, la zoología y la etología nos recuerdan con frecuencia que no hay casi nada en los seres humanos que no esté presente en el resto del reino animal, esto de hacer burbujas sí que parece que es una cosa nostra: somos la única especie capaz de imaginar distintos futuros —y construirlos. No solo podemos anticipar lo que ocurrirá mañana, sino que somos conscientes de que podría ocurrir lo que nosotros queramos.
Las burbujas son un curioso fenómeno que se produce cuando nuestra imaginación se acelera hasta el punto en que la realidad ya no puede alcanzarla. Entonces, más tarde o más temprano, no nos queda más remedio que reconocer que habíamos soñado con un imposible. Y entonces pinchan.
Los occidentales contemporáneos hemos hecho de esa capacidad de soñar con el futuro el motor de nuestra civilización: donde otras culturas colocaron a Dios, nosotros hemos puesto el progreso. Y a continuación lo hemos llenado de un tipo dc instituciones —como la deuda, el ahorro, la inversión o la “carrera profesional”—que nos permiten crear una especie de lámina mental, o de continuidad, como si el presente y el futuro estuvieran en el mismo plano de la existencia. De todas ellas, la bolsa es la más ambiciosa: el lugar donde una civilización completa se reúne a imaginar su futuro y a ponerle un precio en el presente.”
No siempre fue así. En su origen, los mercados de acciones eran una solución para financiar proyectos que excedían la capacidad económica de unos pocos individuos. Pero con el tiempo fueron perdiendo parte de esa función y terminaron por ganar otra: se convirtieron en el lugar al que cada vez más personas acuden a apostar por las empresas que cree que irán bien en el futuro o, dicho de otra manera, por una visión del futuro en sí mismo. Las bolsas son mercados de expectativas.
Como nos ocurre a las mujeres con un crush, los mercados tienen cierta venia para soñar, durante un tiempo. Pueden creer que una empresa irá mejor de lo que realmente irá y sostener esa creencia a espaldas de la realidad. Pero ningún sueño puede durar eternamente. Más tarde o más temprano hay que liquidar la cuenta entre lo que nos habíamos imaginado y lo que terminará por ocurrir. En estos días, Ray Dalio, el fundador del hedge fund más grande del mundo, lo explicaba así:
Es importante distinguir entre riqueza y dinero. La riqueza se puede crear con mucha facilidad de la siguiente manera: dices “[para financiar una empresa] voy a levantar 50 millones de dólares a una valoración de 1.000 millones”. Y ya tienes una empresa de 1.000 millones. Pero la riqueza no se puede gastar. Necesitas vender esa riqueza para conseguir dinero, porque lo único que puedes gastar es dinero. Así que cuando hay mucha riqueza en relación con el dinero existente, hay una vulnerabilidad y las burbujas estallan cuando esa riqueza necesita convertirse en dinero.
A menudo eso ocurre por la deuda, pero puede deberse a cualquier cosa. Puede deberse a un impuesto. Imagina que se introduce un impuesto sobre la riqueza: esa gente que tiene patrimonio va a tener que vender una parte para pagar los impuestos.
Así pinchan las burbujas financieras. Es uno de los patrones más documentados de la historia económica: la acumulación de riqueza en papel que termina por chocar con la realidad del dinero. Ocurrió con los tulipanes en Holanda en el siglo XVII, cuando una sola flor llegó a valer el equivalente a una casa en Ámsterdam antes de que el mercado se derrumbara; ocurrió con los títulos de la Compañía de los Mares del Sur en 1720; con los ferrocarriles británicos en 1840 y en el crack de 1929.
En el siglo XXI ha ocurrido cuatro veces. Y lo que vamos a ver hoy es que esos estallidos no fueron, en realidad, cuatro burbujas distintas. Fueron réplicas del mismo terremoto. Uno que sacude la sociedad desde hace 25 años y que está a punto de desencadenar su último —gran— temblor.
Este rayo ni cesa ni se agota:
de mí mismo tomó su procedencia
y ejercita en mí mismo sus furores.
Miguel Hernández, El rayo que no cesa.
Los cuatro estallidos
2000: el de las puntocom
Tras unas décadas gloriosas, en los años 90, en Occidente no quedaba mucho hacer. Se habían construido millones de viviendas, asfaltado cientos de miles de kilómetros de carreteras. Había nuevas líneas férreas, hospitales, escuelas y universidades. Los garajes se habían llenado de coches y los hogares de electrodomésticos. El capitalismo industrial se había quedado sin territorios que conquistar y mostraba evidentes síntomas de agotamiento.
Buscando una nueva frontera nació la idea de la “sociedad de la información”, un mundo en el que el conocimiento circularía por autopistas, el e-commerce multiplicaría los intercambios y la biotecnología transformaría la vida. Eran los años en los que los mandatarios internacionales, como Al Gore y Tony Blair, se paseaban por los foros internacionales anunciando la creación de un Globo digital en el que habitaríamos una vida interconectada y el advenimiento de la primera e-generation. El Euro iba viento en popa, el muro acababa de venirse abajo y las expectativas de progreso eran inmensas. Era el fin de la historia.
Sin más referencia sobre cómo podría ser ese mundo virtual, lo que sí que parecía estar clarísimo es que internet iba a dar dinero. Mucho dinero. Esa expectativa infló una enorme burbuja en la que las acciones de los fabricantes de hardware se dispararon. Al mismo tiempo, prendió una fiebre en torno a las empresas que pretendían protagonizar aquel horizonte del e-commerce. Cualquier empresa, con poner “.com” en el nombre, crecía en la bolsa como la espuma.
Hasta el día en que la realidad alcanzó a las expectativas. Se había desplegado tanta fibra óptica que, cuatro años después del pinchazo, el 85% seguía "apagado", sin tráfico que transportar. Aquello eran auténticas autopistas, sin lugar a dudas. ¡Pero no había tráfico!
La burbuja estalló en marzo de 2000. El Nasdaq —donde cotizaban casi todas las tecnológicas— comenzó a descender tras haberse multiplicado por cinco en cinco años. El índice perdió en torno a tres cuartas partes de su valor en los dos años y medio siguientes. No recuperaría aquel pico hasta quince años después. Billones de dólares de riqueza, que solo existían en forma de expectativa, simplemente dejaron de existir.
Mientras tanto, la economía real apenas se había movido; lo que se desplomó fue el relato que la sociedad se había contado sobre el futuro.
2008: el hipotecario
Cuando la burbuja de las puntocom estalló, el impulso de la Reserva Federal fue intentar evitar el contagio a la economía. Para que no se produjera una contracción del crédito hizo algo que veríamos repetirse muchas veces después: bajó los tipos de interés e inundó el mundo de dinero barato.
Lo que no podía proporcionar la FED era un destino para todo ese dinero que, sin el sueño tecnológico de Silicon Valley, no tenía donde invertirse. Así fue como fue recalando en el mercado inmobiliario.
Los inversores no fueron los únicos a los que el crash de las puntocom dejó huérfanos. Sin la profecía de la sociedad del conocimiento, también la política se había quedado sin nada que contar. Entonces, algunos líderes —como Bush, o Aznar en España— vieron una oportunidad en la vivienda para volver a tener un proyecto que vender en sus países. En 2003 George W. Bush firmó la American Dream Downpayment Act y comprometió su acción de gobierno a la extensión de la propiedad a más familias. Era, decía, “un buen momento para el propietario estadounidense” porque los bajos tipos de interés habían hecho la vivienda más asequible y la construcción de casas nuevas acababa de alcanzar su nivel más alto en casi veinte años. Si la tecnología no iba a traer un mundo nuevo, lo harían las constructoras a base de ladrillos.
Y durante un tiempo, funcionó. La tasa de propietarios alcanzó un récord cercano al 70%. Pero para sostener esa fiesta, el sistema financiero se fue relajando y aparecieron las hipotecas sin entrada, las que no exigían pagos durante los dos primeros años y, finalmente, las que se concedían sin más documentación que la palabra del solicitante. Como en toda burbuja, aquello parecía no tener techo.
Pero claro que tenía. Cuando todo saltó por los aires, los precios de la vivienda llevaban dos años cayendo. Los tipos de interés habían subido y con ellos, las cuotas de las hipotecas variables. Muchos propietarios no pudieron seguir pagando. Como debían más de lo que su casa valía, tampoco podían vender ni refinanciar. El resultado fue una avalancha: en cuatro años se ejecutaron cuatro millones de hipotecas en Estados Unidos. Solo en octubre de 2008, casi 85.000 personas perdieron su casa.
A diferencia de las puntocom, esta no fue solo una burbuja del mercado. La sociedad al completo había comprado las expectativas de la revalorización de la vivienda. Por eso cuando estalló, en lugar de un índice tecnológico, la burbuja se llevó por delante el sistema financiero internacional. Los bancos quedaron atrapados bajo una montaña de préstamos insolventes y productos basura y dejaron de prestar a las empresas para no quebrar ellos mismos. La economía mundial se paró en seco, sus enormes ruedas chirriando sobre una población que miraba, atónita, lo que estaba ocurriendo.
2019: el de los unicornios
A 2008 no le siguió otra ronda de estímulos económicos. Durante años, la consigna fue la austeridad. Ocurrió porque en el momento del crack estaba teniendo lugar la campaña electoral que llevaría a Barack Obama a la presidencia de Estados Unidos. Y a pocas semanas de la cita con las urnas, el demócrata no tenía ningún incentivo para hacer experimentos con la economía. Se produjo entonces uno de esos raros momentos de acuerdo que alcanzan a todo el espectro político y que Obama cristalizó en una frase: habíamos “vivido por encima de nuestras posibilidades”. Tocaba apretarse el cinturón.
Siguieron años de recortes. Quiebras. Incluso de países enteros. Pero mientras la mayoría nos ahogábamos en sangre, sudor y lágrimas, en Silicon Valley, una parte del capital que se había vuelto a quedar sin propósito encontró donde seguir enredando.
Fueron los años de los unicornios: empresas como Uber, Airbnb y WeWork que alcanzaban valoraciones de más de 1.000 millones de dólares a base de prometer hacerlo todo “co-”: coworking, coliving, co-sharing. El Valle se llenó de startups que prometían “cambiar el mundo” y —crucialmente— de inversores que no sabían dónde colocar su dinero y buscaban rentabilidades extraordinarias allá donde fuera.
Esta nueva fase de la burbuja trajo dos grandes innovaciones. En primer lugar, ocurrió que por primera vez el relato de Wall Street y Silicon Valley no se construyó sobre un nueva promesa de crecimiento para todo el mundo, sino al contrario. En la línea de los tiempos, el plan consistía en hacerlo todo más barato a través de la colaboración y la tecnología. No se trataba de crecer, sino de buscar la eficiencia. Y para ello los negocios tradicionales iban a desaparecer y a ser sustituidos por empresas con sede en el Valle. Fue la primera vez que en Silicon Valley experimento con la idea de que su destino no estaba atado al del resto de la humanidad. Podían salir ganando, incluso —o, quizá, sobre todo— si el resto del mundo perdía.
La otra gran innovación de esta burbuja fue un cambio en la tolerancia al riesgo de los inversores. Estos unicornios eran difíciles, casi imposibles de encontrar. Había que buscarlos en un pajar de nerds proclamando cada uno una mini-revolución distinta. ¿Cómo saber si sería el de la app para montar en bici el que tendría éxito, o el de los micropagos? La inversión, que tradicionalmente había sido más conservadora, comenzó a buscar promesas de rentabilidad del 100% o del 1000% que compensaran las pérdidas que esperaban tener de todas las startups que no fueran bien. La idea era que había que asumir un riesgo enorme, las empresas que salieran adelante debían ser extraordinarias. De ahí el nombre, “unicornios”: criaturas míticas con un crecimiento disparatado.
Durante aquellos años, en el Valle se fueron concentrando los nombres que hoy se han vuelto familiares: Mark Zuckerberg, Elon Musk, Peter Thiel, Marc Andreessen, Sam Altman y Dario Amodei, Jack Dorsey, Sam Bankman-Fried, Jensen Huang, Reid Hoffman, Vitalik Buterin, Sergey Brin y Larry Page compartieron durante años el mismo sustrato social y cultural.
Más allá del dinero y de la tecnología, comenzaron a estar unidos por una convicción casi religiosa en que estaban destinados a un destino superior. Ellos estaban construyendo el futuro y el resto del mundo simplemente pertenecía a una clase inferior que no era capaz de comprenderlo. Esa fe encontró su catecismo, entre otras cosas, en la cuasi-religión del altruismo eficaz y en la creencia en la singularidad: la idea de que la inteligencia artificial acabaría superando la mente humana y desencadenaría un cambio tecnológico tan radical y tan rápido que la historia, tal y como la conocemos, simplemente dejaría de tener sentido. ¿Fue una filosofía? ¿O es un culto?
La burbuja de los unicornios quebró bajito: la mayoría de estas empresas no llegaron a cotizar en bolsa y se fueron disolviendo en silencio. El estertor final lo puso WeWork en 2019, una empresa que prometía hacer de las oficinas una empresa de software (no me pregunten cómo, ya ni lo recuerdo) y que fracasó espectacularmente en su salida a bolsa cuando se descubrió que no tenía ningún plan viable para ser rentable. Pero ese mismo año salió a bolsa Airbnb y alguna más y, mal que bien, en el Valle se taparon las vergüenzas.
2022: el del COVID
WeWork colapsó en octubre de 2019. En marzo de 2020, a Silicon Valley le volvió a venir Dios a ver con los confinamientos del COVID.
A la velocidad de la luz se fraguó un nuevo relato: viviríamos online. Las empresas digitales serían el nuevo real estate y —otra vez— nada volvería a ser lo mismo. Las valoraciones se dispararon. Zoom pasó de ser una herramienta para videollamadas a convertirse en el símbolo de una nueva era. Peloton prometió reinventar el gimnasio. Netflix, Amazon, Microsoft o DocuSign parecían haber encontrado una autopista directa hacia el futuro. La pandemia había adelantado diez años la digitalización del mundo y que ese cambio sería permanente.
Como ocurrió con las anteriores, este relato fue capaz de soportar durante un tiempo una burbuja. Lo que ocurre es que, como promesa civilizatoria, aquello de vivir delante de una pantalla asistiendo a conciertos por Zoom no terminaba de seducir a nadie. Así que aquello duró poco y la burbujita del COVID pinchó en mayo de 2022 con un nuevo crack bursátil que no terminó de arrasar con todo ni a trasladarse a la economía, pero que tampoco fue menor.
Las empresas tecnológicas perdieron casi todo lo ganado. Por encima de todo quedó claro que no iba a llegar ninguna otra revolución a las empresas de la economía digital. Google, Facebook y el resto de las grandes tecnológicas ya no eran jóvenes promesas llamadas a conquistar territorios vírgenes, sino gigantes establecidos administrando imperios más bien viejos. Seguían siendo empresas extraordinarias, pero el crecimiento exponencial de los primeros años no volvería a repetirse, ni aunque el mundo se pusiera patas arriba. Había que inventar otra cosa.
La fábrica de burbujas
Siete meses después, en diciembre de 2022, Sam Altman lanzó la primera versión de ChatGPT. Aquella que nos dejó boquiabiertos. Para entonces, muchas cosas habían cambiado.
Las burbujas anteriores habían quebrado, pero dejando una herencia: la concentración extraordinaria de inteligencia inversora y de ingenieros en Silicon Valley; ese mundo como de sitcom donde todos los actores se conocen, han invertido en las mismas empresas y se convencen unos a otros. En ese caldo de cultivo, Altman, Musk, Amodei & co. habían aprendido dos cosas imprescindibles para su siguiente aventura: a comportarse como líderes mesiánicos y a encontrar quien les financiara la secta. Habían montado, de la manera más literal posible, una fábrica de burbujas.
Durante aquellos años, Altman había dirigido Y Combinator, la incubadora más importante del Valle. Su especialidad eran un tipo de empresas capaces de levantar cientos de millones de dólares en capital sin haber ganado uno solo. Eran, de la manera más literal posible, empresas-burbuja. Y es que para entonces, el negocio del Valle se había transformado y ya no consistía en crear compañías que cambiaran el mundo —eso quedaba para después, para las que consiguieran sobrevivir y llegar a cotizar en bolsa. Su actividad consistía en fabricar burbujas: empresas que captaban el dinero de los inversores y podían pasar de mano en mano el tiempo suficiente como para que todos hicieran dinero con ellas.
Allí Altman descubrió el truco para conseguirlo: cuanto más revolucionaria era la tecnología que prometías, más capital podías levantar sin ofrecer resultados concretos. Cuanto más grande y más difícil la transformación, más se podía inflar la burbuja. Así que se fue especializando en hard tech —fusión nuclear, computación cuántica, biología sintética— y en cualquier cosa donde la promesa no fuera una vuelta de tuerca, sino una revolución.
Y con ChatGPT, en 2022, Altman tenía entre las manos la más grande de todas las promesas; un sueño que lleva acompañando a la humanidad desde los textos del Talmud; una idea que nos produce fascinación y terror al mismo tiempo: la inteligencia artificial.
Y como ocurrió en 2000 y en 2008, la política se dejó seducir por los cantos de sirena.
En 2022, Joe Biden llevaba años intentando revertir la desindustrialización de Estados Unidos con inversiones millonarias. Pero nada parecía funcionar. Los trabajadores blancos del Midwest —la cohorte demográfica donde se juegan las elecciones americanas— seguían sin ver el cambio. Y mientras tanto, China amenazaba industria tras industria en Occidente con una determinación que ningún gobierno occidental sabía cómo contrarrestar. Los gobiernos abrazaron las tesis de Altman como si fuera maná del cielo. ¡La inteligencia artificial! Por fin había llegado la tecnología que llevábamos 25 años esperando. Ahora sí, podíamos confiar en que se iba a reactivar la productividad y el mundo volvería a la senda del progreso. Esta sería la tecnología que le devolvería a Estados Unidos y a Occidente su liderazgo internacional.
El gran temblor: la superburbuja de la IA
Así se gestó el gran temblor: la última vuelta de tuerca de la burbuja que lleva 25 años en ciernes. Como había ocurrido en los años 90, fue un pacto de conveniencia entre la clase política occidental y las élites tecnológicas y financieras de Silicon Valley y Wall Street.
Todos los elementos que se habían ensayado a lo largo de los años hicieron acto de presencia: la creencia en que Silicon Valley debe liderar a la humanidad, incluso contra su voluntad; el apetito por el riesgo y las expectativas desbocadas; la tupida red de conocidos de hace 25 años; la ambición por no materializar jamás las promesas de una tecnología para que pueda seguir existiendo como burbuja; y las ideas mesiánicas de la singularidad.
Con esa maquinita de crear expectativas, Altman, Amodei, Huang y el resto de adventistas de la IA fueron construyendo la burbuja más grande jamás creada. Prometieron a toda velocidad y, a menudo, simultaneamente, el fin de la escasez, la cura del cáncer, la desaparición del trabajo, la guerra total y hasta una inteligencia artificial general que acabaría con la especie humana.
Pero han pasado tres años y medio y nada de esto ha terminado de pasar. No ha habido cuarta revolución industrial. Las cifras de empleo no muestran impacto alguno de la IA, tampoco las de productividad. Todavía queda quien insiste en que todo esto está por llegar, pero cada vez son menos y hablan más bajito.
Mientras tanto, a la burbuja de la IA han empezado a salirle muchas grietas. Cada vez hay más voces que apuntan que los números de la industria son “imposibles”, que las empresas no están encontrando retorno en su uso, o que es mejor protegerse de lo que está por venir, porque hay una burbuja evidente que está a punto de explotar.
Y el problema es que, a diferencia de los estallidos anteriores, no hay nada más. Silicon Valley se ha pasado de frenada. Hicieron de la IA un superlativo y ya no hay nada más grande que podamos imaginar. Por primera vez en 25 años, esta burbuja no puede pinchar y dejar paso a otra. Si explota (que lo hará) será el fin de la era del Valle. Quizá también de Wall Street. La única alternativa a su altura —que algunos ya exploran— es la computación cuántica, pero tiene un defecto fatal para fabricar burbujas: se puede medir. Será una realidad el día en que alguien la materialice y ni un minuto antes. La IA, en cambio, tenía la cualidad de permitir afirmar que lo que aún no ha pasado estaba a punto de ocurrir.
Así es como Silicon Valley y Wall Street se han hecho adictos a la burbuja que ellos mismos han inflado: ya no pueden existir fuera de ella. Es la burbuja total, quizá, del liderazgo americano en su conjunto.
Estos días estamos viviendo la fase aguda. Un punto a partir del cual ya no hay retorno. La IPO de SpaceX la semana pasada es el punto álgido. La valoración desorbitada, la desmesura de tasar la empresa como si pudiéramos dar por hecho que conquistará Marte, el que nadie esté esperando que sus fundamentos económicos cuadren con la cotización: todo eso se recordará dentro de veinte años igual que hoy recordamos a pets.com, aquella tienda de comida para mascotas que en el año 2000 llegó a salir a bolsa y a gastarse millones en anuncios para desaparecer nueve meses después, convertida en el símbolo de la euforia puntocom.
La burbuja que no cesa
A menudo, cuando digo esto de que estoy convencida de que vivimos en una burbuja que explotará hay gente que me alaba la “valentía”. ¡Qué arrojo tengo al hacer predicciones! Pero no hay tal. En realidad ni siquiera estoy anticipando nada. Lo único que hago es estudiar el pasado y observar el presente. Ese ejercicio es suficiente para evidenciar que los cuatro estallidos de las burbujas del siglo XXI no son fenómenos aislados, sino manifestaciones de un mismo cataclismo subyacente.
Como si viviéramos sobre una falla geológica, podemos observar a lo largo del siglo XXI dos placas tectónicas que empujan una contra la otra produciendo, de cuando en cuanto, estos temblores. Una es el crecimiento desorbitado del capital y la otra es la incapacidad de la industria, en particular de Silicon Valley, de encontrarle un destino.
La primera de esas placas es el crecimiento del capital. En la segunda mitad del siglo XX el ahorro se volvió un mantra: la esperanza de vida crecía a toda velocidad y la jubilación comenzaba a convertirse en el primer problema de las sociedades occidentales. Los estados entendían que la gente debía responsabilizarse, al menos en parte, de su propia jubilación. En países como Alemania, ahorrar era la primera forma de contribuir a la sociedad. Por el camino ocurrió algo extraordinario: por primera vez en la historia y es que hasta los pobres empezaron a tener patrimonio.
Pero el dinero parado pierde valor. Para que llegue intacto a la jubilación hay que invertirlo. Así nacieron los fondos privados, los planes de pensiones y la idea de la vivienda como inversión. Las sociedades se comprometieron a sangre y fuego con la noción de que el dinero, por sí mismo, debía dar más dinero.
Y esa es la pregunta que han intentado responder todas las burbujas del siglo: dónde colocar semejante montaña de capital para que rente. Hacía falta una industria lo bastante grande como para absorberlo.
Cada vez que el estallido de una burbuja, o una crisis como el COVID, amenazaba con parar esa rueda, los gobiernos respondían de la misma forma: con quantitative easing, estímulos monetarios y crédito barato para mantener la fiesta en marcha. Así fue como, en el siglo XXI, a cada fracaso de la industria para encontrar un destino para el capital, le sucedió un rescate que inyectaba aún más dinero en busca de rentabilidad.
El resultado es que la riqueza global —que incluye las viviendas, los ahorros, los fondos de pensiones y las bolsas— se ha multiplicado por seis en los últimos veinticinco años, mientras la economía crecía a la mitad de ese ritmo.
¿No podría ocurrir que esta vez sea verdad y que la IA traiga por fin esa revolución de la productividad que encuentre un destino para toda esa inversión? Yo creo que no. Lo explico en este otro artículo con mucho más detalle, pero el resumen es este:
La razón por la que a lo largo del siglo XX la tecnología produjo una “economía industrial” es que el conocimiento necesario para producir estaba monopolizado en unos pocos países y unas pocas empresas. Algunos países podían vender ese conocimiento, empaquetado en forma de productos y servicios, al resto del mundo. Pero cuando la extensión universitaria, al final del siglo XX, hizo el conocimiento universal, ese monopolio se vino abajo. Desde entonces, la economía industrial que habíamos conocido está muriendo.
Y todo esto no tiene nada que ver con que la tecnología tenga éxito o no. La historia de los veinticinco años es la de un sinfín de tecnologías extraordinarias —Internet, el email, GPS, www, blockchain, las redes sociales y una lista que no se acaba nunca— que no produjeron ninguna revolución industrial. Lo que tenemos que observar no es si la tecnología funciona, sino que ninguna tecnología, por más que funcione, puede producir ese monopolio que necesitaba el capitalismo para encontrar donde invertirse.
El crack de 1929
Se ha dicho muchas veces que esta burbuja de la IA se parece a de las puntocom en 2000. Pero aquello fue el inicio de algo. Y yo creo que lo que estamos observando hoy es un final. Todo este proceso, de veinticinco años de duración, tiene mucho más que ver con lo que ocurrió en 1929.
En las primeras décadas del siglo XX, la mecanización de la agricultura y los fertilizantes estaban multiplicando la capacidad para producir alimentos y reduciendo drásticamente el empleo necesario en el campo. El efecto hubiera sido evidente mucho antes de 1929, si no hubiera sido porque durante la Primera Guerra Mundial los agricultores americanos tuvieron que multiplicar su producción para alimentar a Europa.
Pero cuando la guerra terminó, siguieron produciendo igual sin que nadie pareciera preocuparse por quién iba a comprar todo ese grano. El resultado fue inevitable: los precios agrícolas se desplomaron a lo largo de los años veinte, los agricultores se endeudaron para sobrevivir y los salarios rurales tocaron suelo. Era una crisis enorme que afectaba a millones de personas, pero ocurría despacio y en el campo, lejos de Wall Street, así que Wall Street miró hacia otro lado. Hasta que en octubre de 1929 ya no pudo seguir haciéndolo. La bolsa quebró y produjo la mayor recesión conocida hasta hoy.
Hoy ocurre algo parecido, con un siglo de diferencia y con la industria ocupando el lugar que entonces tuvo la agricultura. Hemos llegado al final de la era industrial igual que en 1929 había llegado el final de la era agrícola y por las mismas razones: la extensión del conocimiento necesario para fabricar ha roto el monopolio que tenían los países desarrollados hace unas décadas. Hoy podemos producir infinitamente más, con menos gente. Esa abundancia ha desplomado los precios de la economía industrial.
Igual que en 1929, los empleos que sostuvieron a la clase media durante el siglo XX están desapareciendo, los salarios se han estancado y regiones enteras —el Midwest americano, el norte de Inglaterra, buena parte del interior europeo— se han quedado atrás sin que nadie sepa muy bien qué ofrecerles a cambio.
La diferencia es que la deuda, en esta ocasión, la están asumiendo los países, en lugar de las familias. Por esa razón la deuda pública está disparada en todo el mundo. Pero el fenómeno es esencialmente el mismo.
Razones —¡siempre!— para el optimismo
Como ocurrió en 1929, cuando la burbuja explote, más que una crisis económica, tendremos una inmensa crisis existencial. Millones de personas que habían encontrado su lugar en el mundo en el trabajo no sabrán que hacer, igual que los ejércitos de agricultores que en los años 30 tuvieron que mudarse a las ciudades y comenzar una vida nueva.
Será un tiempo en el que habrá mucho miedo, como siempre, en los cambios. Pero si somos capaces de anticiparnos, de comprenderlo, de entender que no se trata de una crisis de la vida, sino de un estadío necesario que tenemos que transitar en busca de un futuro mejor para la humanidad, entonces podremos aprovechar todas las oportunidades de este tiempo nuevo.
Somos los hijos del optimismo, y no tenemos nada que temer.



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