El error de Adam Smith
Una lectura de verano: Cómo la verdad a medias de un filósofo escocés se convirtió en el sistema operativo del mundo moderno — explicada, en parte, con un juego de niños.
Puedes encontrar la versión en inglés de este artículo aquí.
En un chiste bien conocido, dos hombres que crecieron juntos en la Alemania del Este se reencuentran, años después, tras la caída del Muro de Berlín:
—Wolfgang —dice uno—, ¿te das cuenta de que todo lo que nos contaron sobre el socialismo era mentira?
—Ya lo creo, Hans, ya lo creo. Pero eso no es lo peor, ¿sabes? —responde el otro—. Lo peor es que todo lo que nos contaron sobre el capitalismo era verdad.
Y eso es, más o menos, lo que pasó. Durante medio siglo, el mundo libró una batalla existencial entre dos visiones enfrentadas de la sociedad. Pero en cuanto terminó, hace casi cuarenta años, dimos por buena la versión del ganador: asumimos que todo lo que nos habían contado sobre el capitalismo —lo bueno y lo malo por igual— era verdad.
Pero ¿y si no lo fuera? ¿Y si nuestra manera de entender la economía también estuviera construida sobre una mentira? No, no me refiero a la clase de mentira que denunciarían Bernie Sanders o Jean-Luc Mélenchon —una que habla de injusticias y de reglas amañadas—. Me refiero a una mentira como lo fue el creacionismo, o como lo fue la creencia en que el Sol giraba alrededor de la Tierra. ¿Y si estuviéramos equivocados sobre los mecanismos fundamentales que mueven los intercambios humanos?
Para empezar, tendría bastante sentido. Con 250 años a sus espaldas, los principios que gobiernan la economía son los más longevos de la ciencia moderna. Se formularon apenas 90 años después de los Principia de Newton, mucho antes de que entendiéramos que el calor es energía y no una sustancia, o que las infecciones las causan los microbios. Nuestro modelo económico contemporáneo tiene 100 años más que la teoría de la evolución de Darwin y 130 más que la relatividad de Einstein. Lo que es sorprendente no es que el modelo pueda estar equivocado, sino que haya sobrevivido tanto tiempo sin que nadie lo pusiera en duda.
Además, una falla en nuestra manera de entender la economía explicaría buena parte del malestar que hoy se instala sobre Occidente. Los regímenes socialistas no cayeron por injustos —los sistemas totalitarios y brutales pueden durar siglos—. Se derrumbaron porque eran falsos: porque no funcionaban. La realidad se negó a comportarse como decía la doctrina, y la gente ya no pudo seguir viviendo dentro de aquel relato.
¿No es exactamente eso lo que está pasando hoy en Occidente? Cada vez más, nos enfrentamos a una realidad que no funciona como nos dijeron. Las virtudes que tan cuidadosamente cultivamos —el esfuerzo, la constancia, la excelencia, el sacrificio— han dejado de dar frutos. Una persona puede ser hoy su versión más disciplinada y trabajadora y aun así caer por debajo de la posición de sus padres. Algo, claramente, se ha roto. Confundidos, muchos nos hemos entregado a la idea de que estamos siendo estafados —por las élites woke, por los billonarios, por los tech bros, según a quién le preguntes—. Pero habría una explicación más sencilla: algo en nuestra manera de entender la economía —y, por extensión, la sociedad y la propia naturaleza humana— está simplemente mal.
¿Y qué sería ese algo?
Este es el primero de una serie de verano sobre un defecto congénito en nuestra concepción de la sociedad. Un mito que se ha filtrado desde la economía a la cultura, la moral y la política hasta apoderarse de nuestra vida privada, y que hoy determina cómo criamos a nuestros hijos, cómo elegimos pareja, cómo medimos una vida — y nuestro propio valor.
Cada martes, durante todo agosto, enviaré una entrega, bajo estos titulares —espero— irresistibles:
El error de Adam Smith
De la productividad y el deseo
Los indeseados
¿Qué es la riqueza?
Intuiciones para una teoría del valor basada en el conocimiento
Ya sé que todo esto puede sonar a muchísima economía, pero no lo es. Esta serie aspira a ser tan práctica que se lea casi como una guía. Su objetivo es darte el conocimiento que necesitas para entender este mundo nuestro tan enloquecido. Si lo consigo, terminarás estos ensayos transformado: viendo el mundo con otros ojos, tomando mejores decisiones sobre tu futuro, puede que incluso entendiéndote un poco mejor a ti mismo.
Todo empieza con una pregunta sencilla. Una que, pese a su aparente urgencia, nunca hemos conseguido responder del todo:
¿Qué es exactamente la «riqueza»?
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El error de Adam Smith
¿Qué es la riqueza?
Desde luego, es un tema candente. Los periódicos llegan llenos de historias sobre ella: sobre la creciente desigualdad, sobre cómo se concentra, sobre lo que hacen los ricos con ella o sobre la gente que piensa que debería redistribuirse. El rally que vemos estos días en las bolsas no es una burbuja, es una ola de «riqueza generacional» y las redes sociales están llenas de gente deseando enseñarte a surfearla.
La riqueza es, además, un rasgo de nuestra época: en los últimos 25 años, nos dicen, se ha disparado. Ha crecido más deprisa que en ningún otro momento de la historia — hasta duplicarse desde el año 2000.
Y sin embargo, ¿de qué está hecha esa riqueza? ¿Cuál es la sustancia que crece a semejante velocidad? Si hacemos caso a los analistas, dos tercios son los edificios donde vivimos y trabajamos: el sector inmobiliario. Pero los edificios no crecen. Y el mundo, salvo China, tampoco ha construido tanto en los últimos 25 años. Entonces, ¿cómo crece la riqueza?
También puede menguar. La semana pasada, en un mini-crash, cientos de miles de millones de dólares de esta sustancia escurridiza se esfumaron de la bolsa surcoreana en unas pocas sesiones. ¿Pero a dónde se esfumaron? ¿Se los llevó alguien? ¿Puede la riqueza, sencillamente, dejar de existir?
Y aún más extraño: si preguntas por ahí, casi nadie te dirá que la riqueza es un activo monetario. La riqueza es la salud, te dirán. O el tiempo libre, o el amor, o la tranquilidad.
La riqueza está en todas partes. Es una piedra angular del mundo moderno. Nos peleamos por su distribución, organizamos la vida en torno a conseguirla y, sin embargo, con todo lo que hablamos de ella, no somos capaces de precisar qué es.
No siempre fue así. Durante la mayor parte de la historia, hasta finales del siglo XVIII, la respuesta estaba perfectamente clara: la riqueza era el oro y la plata guardados en las arcas de los países. Y la creencia tenía sentido. La industria tal y como la conocemos no existía; las reservas de grano se echaban a perder enseguida; la vivienda era informal —barrios enteros de cada ciudad se levantaban en cualquier lugar donde la gente pudiera alzar una pared— y, aunque la tierra agrícola tenía valor, estaba limitado a lo que pudieran pagar los campesinos que la trabajaban. El metal precioso era la única forma de valor que duraba, se mantenía estable y se podía contar, acumular y transportar.
Convenientemente, la forma de enriquecerse estaba igual de clara: había que conseguir más oro y más plata. Pero en el mundo no hay más que una cantidad limitada de ambos. La riqueza, entonces, solo podía ser un juego de suma cero: para que una persona —o un país— tuviera más, otro tenía que acabar con menos.
De esa idea nació, hacia el siglo XVI, un sistema político que hoy llamamos mercantilismo. Si la riqueza del mundo era una tarta fija de metales preciosos, la única política racional era capturar una porción mayor de esa tarta. Para enriquecerse, los gobiernos asfixiaban el comercio, prohibían exportar oro y plata, imponían arancel tras arancel y construían imperios cuyo propósito era despojar a otros territorios de sus recursos. El resultado fue un mundo de piratería patrocinada por el Estado — uno en el que robar no era un fallo del sistema, sino su modelo de negocio más exitoso.
Adam Smith pensaba que todo aquello era muy mala idea. Una que estaba empobreciendo a todo el mundo. En 1776, escribiendo desde un tranquilo pueblo pesquero escocés al norte de Edimburgo, se propuso tumbar la sabiduría convencional.
Empezó así:
EL TRABAJO ANUAL de cada nación es el fondo del que se surte originalmente de todas las cosas necesarias y convenientes de la vida que la nación consume anualmente, y que consisten siempre o en el producto inmediato de ese trabajo, o en lo que con ese producto se compra a otras naciones.
La riqueza, sostenía Smith, no era un stock sino un flujo: la capacidad de producir de un país. Las naciones más ricas no eran las que se sentaban sobre las mayores arcas de oro, sino las que ponían a más gente a trabajar. La sociedad, en su visión, debía ser algo así como una fábrica gigantesca en la que cada persona aportara su esfuerzo para crear, entre todos, algo de valor. La riqueza de las naciones, como decía el título, era cuestión de cuántas manos podía poner un país a producir y con cuánta inteligencia.
El nuevo sistema tenía una debilidad. Si cada persona era un engranaje minúsculo en una cadena de montaje, produciendo miles de unidades del mismo producto, no podría fabricar todo lo demás que necesitaba para vivir. La vieja autosuficiencia tenía que dejar paso a una forma más sofisticada de organizar la propia sociedad. El mercado era el mecanismo que permitiría a cada cual intercambiar el producto de su trabajo por el de todos los demás y obtener así, como decía Smith, todas las cosas necesarias de la vida.
Así es como todos los incentivos quedaban alineados: el interés individual conducía a la riqueza colectiva, porque producir más hacía crecer el mecanismo entero. A su vez, contribuir al motor económico no era solo una elección personal: era un imperativo social. Uno que se esperaba cumplir de dos maneras muy concretas: aportando trabajo o aportando capital.
La doctrina de Smith, una gramática común del esfuerzo y la recompensa, resultó ser la mayor tecnología de coordinación jamás inventada: una historia tan simple que era capaz de poner a desconocidos de culturas, lenguas y husos horarios distintos a trabajar juntos. Bajo el capitalismo, una persona en Shenzhen, otra en Róterdam y una tercera en São Paulo podían colaborar en la misma empresa sin compartir religión, idioma ni gobierno — sin conocer siquiera la existencia de las otras. Ningún imperio, ninguna iglesia, ninguna ideología consiguió jamás que tantos seres humanos se movieran en la misma dirección. Un solo dato basta para capturar la escala de su éxito: en la era del capitalismo, la esperanza de vida humana se ha más que duplicado — y en algunos países, triplicado.
El modelo de sociedad de Smith resultó tan exitoso, tan omnipresente, tan bellamente alineado con las ideas liberales sobre el valor de las personas y con el desarrollo de las primeras industrias y ciudades, que lleva 250 años organizándonos la vida. Todavía hoy, los países se organizan en torno a maximizar su capacidad productiva. La política industrial sigue siendo uno de los ámbitos de gobierno más trascendentes y, cuando un país no rinde según algún estándar, corremos a diagnosticar fallos en su sistema productivo: sus empresas son demasiado pequeñas o su capital está mal asignado. Economistas y políticos se reúnen regularmente en hoteles de lujo, todos de traje, para clasificar a los países según lo productivos que son. El pánico ante la posibilidad de que la IA sustituya a cientos de millones de trabajadores nace de la misma creencia: que el papel principal del trabajador en la economía es producir cosas. Si la IA también puede producir cosas, entonces sustituirá a los trabajadores.
En la arena política, el tema está tan al rojo vivo que hay partidos —como el de Trump o el de Merz en Alemania— que apenas hablan de otra cosa. Solo en los últimos meses han estallado en Internet varias escaramuzas entre economistas. En una, el argumento era que Europa se está quedando atrás en el orden internacional porque ya no sabe producir. «Los europobres son unos vagos», se burlan los críticos. En otra, un coro de autores notables se declaraba muy preocupado porque China está a punto de asestar un segundo «shock» al mundo, tras aprender a fabricar más cosas —y mejores— que sus acomodados homólogos occidentales.
Durante todo este tiempo, la teoría económica ha mantenido el trabajo y el capital en su núcleo, igual que la física tiene la energía y la gravedad, o la biología los genes y la selección natural. Al resultado de la conjunción de ambos factores lo llamamos productividad y lo tratamos como una estadística técnica y oscura, pero si nos paramos a pensarlo, el concepto nos revela lo que significa de verdad: si lo que podemos producir es nuestra riqueza, entonces la productividad no es una medida de la riqueza. Es la riqueza misma.
La idea de que el comportamiento individual es la fuente de la prosperidad común ha calado tan hondo en nuestra cultura que hoy criamos a nuestros hijos según su lógica —educándolos en el esfuerzo y el trabajo duro como la vía segura hacia una buena vida— y nos exigimos cuentas según esa misma filosofía, tomando decisiones bajo su luz a cada paso, del parlamento a la mesa de la cocina. Nos juzgamos a nosotros mismos en función de si «somos productivos»; la productividad personal es hoy uno de los géneros más vendidos de la no ficción; nos sentimos culpables los días en que no producimos nada y concedemos ayuda —a los parados, a los pobres, a países enteros— solo cuando decidimos que han trabajado lo bastante para merecerla.
La productividad se ha convertido en la moneda del contrato social: la única forma aceptada de demostrar compromiso y virtud. Y precisamente por eso importa saber si la teoría que hay detrás es verdadera.
No lo es.
Deja que te lo explique de la manera más fácil, más tonta y más entretenida que he encontrado.
Cuando cinco deditos fríen un huevo
En un juego que casi todos hemos jugado antes incluso de saber hablar, cinco deditos van a freír un huevo. Un adulto aprieta suavemente cada dedo del niño, uno tras otro, mientras cuenta esta historia:
Este dedito compró un huevito,
este lo frió,
este le echó la sal,
este lo revolvió,
y este dedito gordito… ¡se lo comió!
Aquí tenemos una mano que, como un país, produce cosas: huevos fritos. Cuatro dedos producen; el quinto, como veremos, solo come.
La producción total de la mano es un huevo. ¿Cuál es la productividad de cada dedo? Un huevo dividido entre cuatro dedos. Si la mano fuera un país y cada dedo un trabajador, su productividad sería ¼ de huevo frito por trabajador.
Imaginemos ahora que le damos al dedo índice una tecnología milagrosa que le permite hacerlo todo él solo: comprar el huevo, freírlo, salarlo y revolverlo. Ya no hacen falta cuatro dedos para producir; basta con uno.
La productividad de ese dedo es ahora cuatro veces mayor. Pero ¿qué pasa con la productividad de toda la mano —lo que llamamos la «productividad agregada» del país— gracias a esta nueva tecnología? ¿Sube? ¿Baja? Pues no. Se queda igual. La producción sigue siendo un huevo entre cuatro dedos o ¼ de huevo por dedo. La suma de la productividad de todos los dedos es exactamente la que era — solo que repartida de otra manera.
El problema es que ahora tenemos tres dedos que se quedan sin nada que hacer y allá que se van, a la cola del paro de los deditos. Cuando un dedo multiplica por cuatro su productividad, expulsa a los demás del sistema productivo — y reduce su productividad a cero.
Cuando una tecnología —la IA, Internet, el ordenador personal o la que sea— consigue aumentar la producción de algunos trabajadores y algunas empresas de una economía a costa de los demás, el resultado no es un crecimiento de la productividad agregada de esa economía. El resultado es que algunos trabajadores salen ganando y otros, perdiendo mucho.
Los economistas llaman a este fenómeno «desplazamiento tecnológico», y es lo que ha ocurrido con las tecnologías digitales en los últimos 25 años. Algunos trabajadores —los de las tecnológicas, por ejemplo— han visto dispararse su productividad mientras otros sectores se vaciaban.
Ah —casi se oye protestar a los políticos—, pero entonces lo que hay que hacer es darle a cada dedo la misma tecnología, ¡y así en vez de un huevo freiremos cuatro! Que cada dedito compre, fría, sale y revuelva su propio huevo, y habrá muchos más huevos, ¡y todos seremos mucho más productivos!
¿Verdad?
Ya, muy bien, pero ¿quién se va a comer todos esos huevos? Solo tenemos un dedo gordito.
El dedo gordito es el consumidor.
Por muchos huevos que frían los productores, si no tienen más consumidores a los que vendérselos, solo caben dos desenlaces: o baja el precio de los huevos fritos y el gordito se come cuatro por el precio de uno, o los huevos sobrantes acaban en la basura porque no hay consumidores para ellos.
Y esto, queridos amigos —esta historia tonta, esta cosa que se explica con los dedos de una mano—, revela la mentira que llevamos 250 años contándonos:
Nos hemos convencido de que lo que hace más ricos a los países es aumentar la productividad: freír más huevos. Pero freír más huevos, si no hay nadie que los compre, no puede hacernos más ricos. Puede elevar nuestro nivel de vida, claro. Y puede beneficiarnos a todos vía precios más bajos, por supuesto. Pero no mejorará nuestra posición relativa frente a los demás.
La consecuencia es lo que hoy observamos en Occidente: cuando una tecnología dispara la productividad de un sector de la economía sin ampliar su base de clientes, muchos trabajadores acaban desplazados a empleos menos «productivos». La renta se concentra, la riqueza se concentra y la desigualdad crece.
Entonces, ¿cómo creció la productividad todos estos años? ¿Cómo funcionaba en realidad el capitalismo?
Al contrario de lo que nos han contado, lo que hizo más ricos a (algunos) países durante los últimos 250 años no fue el crecimiento de su capacidad de producir, sino el crecimiento de su consumo.
La gran conquista de los clientes
Desde la Revolución Industrial, en Occidente hemos estado jugando a un juego. Cada salto tecnológico ha multiplicado nuestra capacidad de freír huevos mucho más deprisa que nuestra capacidad de comerlos. Y las soluciones que hemos ido inventando para escapar de esa trampa son, contadas en orden, la historia económica de los últimos 250 años.
La primera solución fue salir a buscar los dedos gorditos de los demás. Cuando los talleres de Mánchester producían más tela de la que Inglaterra podía vestir, el excedente se vendía al resto del planeta — a punta de pistola, si hacía falta. El imperialismo del siglo XIX fue, entre otras cosas, una búsqueda de estómagos hambrientos: nuevos mercados para una producción que crecía más deprisa que sus consumidores. Como bien dijo Rosa Luxemburgo, el capitalismo necesitaba un «afuera» al que venderle lo que su propia población no podía comprar.
La segunda solución fue engordar a los deditos locales, lo que llamamos «capitalismo de consumo». En los años treinta, Henry Ford convirtió esta idea en un meme: los propios obreros debían poder comprarse los coches que fabricaban. Dicho en el idioma de los economistas: la demanda interna debía ser el motor del crecimiento.
A lomos de esa idea, Keynes y compañía sostuvieron que era la demanda la que tiraba de la oferta y no al revés. Si queríamos que todo el mundo fuera un dedo gordito, los gobiernos debían asegurarse de que la demanda fuera lo bastante fuerte como para darle a todo el mundo un empleo. El consenso de posguerra —con sus salarios crecientes, la creación de las clases medias y los estados del bienestar— fue esta idea puesta a funcionar a escala civilizatoria: convertir a los dedos productores en gorditos consumidores.
Los siguientes cincuenta años fueron un experimento de fabricación de consumidores. El Plan Marshall fue exactamente eso: una transferencia a Europa para que comprase con ese dinero huevos americanos. Los préstamos que los países ricos extendieron al tercer mundo a finales de siglo eran parte del mismo esquema: vendor financing.
Si lo miramos con cierta distancia, se distinguen dos patrones distintos. Por un lado, los nuevos consumidores de cada época fabricaban cosas de valor que podían venderles de vuelta a los productores: materias primas y productos simples. Por otro lado, se endeudaban para pagar la producción de los países ricos e industriales. En la práctica, lo que el capitalismo hizo durante 250 años fue encontrar a cada vez más gente dispuesta a hacerse capitalista, y por tanto encantada de endeudarse para financiar su propio desarrollo.
Pero a finales del siglo XX ya no quedaba gran cosa que vender a los consumidores. Los hogares del primer mundo estaban llenos de electrodomésticos; una cadena de crisis de deuda en los países en desarrollo había hecho que los prestamistas se lo pensaran dos veces antes de volver a prestar. Y los salarios habían dejado de crecer. La tercera y última solución fue prestarles dinero a los dedos locales para que pudieran seguir comprando huevos.
Desde los años ochenta, los países dependen cada vez más de la deuda —hipotecas, tarjetas de crédito, préstamos al consumo y una pila creciente de compromisos públicos— para tapar el hueco que dejan los salarios estancados y los empleos de mala calidad. El dedito gordito ha seguido comiendo — solo que ya no puede pagar los huevos.
Esa última solución saltó por los aires en 2008. Y todavía no hemos encontrado otra. Mientras tanto, muchos más países se han sumado al lado productor de la ecuación, inundando los mercados de huevos fritos. Así es como esos debates sobre la productividad esconden en realidad otro: una disputa sobre qué dedos fríen huevos (y cobran por ello) y cuáles se quedan pidiendo prestado para comérselos. Todas las tensiones comerciales de la última década, de los aranceles a las guerras de divisas, son riñas por quién fríe y quién come. En muchos sentidos, estamos volviendo a aquel mundo que creía que el oro y la plata eran la única riqueza y donde, para que un país fuera más rico, otro tenía que empobrecerse.
Esta es la razón por la que la IA, aunque cumpla sus promesas más locas, no va a aumentar la «productividad». Porque promete multiplicar la capacidad de freír justo cuando no queda continente nuevo al que vender, los salarios llevan décadas planos, la carta de la deuda ya está jugada y el consumidor de último recurso da señales de indigestión. Una tecnología que abarata la producción y que, según cuentan sus propios promotores, prescinde de los productores, ataca los dos lados de la ecuación a la vez: fríe más huevos y despide a la gente que solía comprarlos.
Y antes de terminar, fíjate en esto: la misma ecuación recorre tu propia vida. A todos nos criaron en el credo del dedito freidor: trabaja duro, domina tu oficio, sé excelente, y los resultados llegarán. Pero mira a tu alrededor — mira tu oficina, tu sector o tu feed. La persona más productiva que conoces casi nunca es la que más éxito tiene. La mejor ingeniera rara vez es la CTO; el mejor escritor rara vez es el que más vende; el empleado más entregado rara vez es el ascendido. Los que suben son los que encontraron a alguien que comprara lo que hacen: los que tienen la atención del jefe, la audiencia, la red de contactos o los clientes. En otras palabras: los que venden.
Hoy a esto lo llamamos injusticia y nos indignamos con el fracaso de la meritocracia. Pero bajo esta luz no es ningún fracaso: es el sistema funcionando exactamente como está construido. El mérito es una teoría de la producción y la producción nunca fue la fuente de la riqueza. El esfuerzo, como los huevos de los dedos, no vale nada hasta que alguien lo quiera. La persona disciplinada y trabajadora que cae por debajo de la posición de sus padres no está siendo estafada — simplemente juega con unas reglas que nunca fueron las de verdad. Perfeccionó su forma de freír mientras otros salían a buscar deditos gorditos.
Este fue el error de Adam Smith. La riqueza, dijo, es lo que una nación puede producir. Quizá en 1776 ese diagnóstico podía ser correcto, pero solo porque su mundo estaba lleno de deditos gorditos y apenas había dedos que frieran. Todo lo que se producía encontraba una boca esperándolo. Lo que Smith no pudo imaginar fue un mundo en el que la máquina funcionara tan bien que dejara de haber gente suficiente para desear sus productos — y pagarlos. Confundió la escasez de su tiempo con una ley de la naturaleza. Todo lo que hoy llamamos crisis económica es, de un modo u otro, la consecuencia de aquella interpretación.
Lo que deberíamos habernos preguntado desde el principio no es cómo producen las sociedades, sino por qué consumen — qué hace que los seres humanos deseen cosas, por qué intercambiamos, qué constituye el valor. O, dicho de otro modo:
¿Qué es la riqueza?
Esa será — una vez más — la pregunta del próximo martes. ¡No dejes de suscribirte para recibirla en tu buzón!
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