Amancio Ortega y la montaña del ahorro
Lo que le ocurre al hombre más rico del mundo explica lo que nos pasa a todos los demás.
Amancio Ortega acaba de convertirse en el mayor magnate inmobiliario del mundo. Según la revista Forbes, el fundador de Inditex acumula 200 propiedades en 13 países por valor de 21.000 millones de euros.
Esto debería ser un sinsentido. ¿Por qué iba un empresario que controla una de las empresas más exitosas del mundo a invertir en edificios? ¿No debería ser mucho más rentable seguir invirtiendo en su propia empresa?
La disparatada respuesta es: NO.
Inditex salió a bolsa en el año 2001. Desde entonces, sus ventas se han multiplicado por 12, el resultado operativo por 18 y la valoración de la compañía por 17. Sus acciones valen hoy 10 veces más que hace 25 años. En todo ese periodo, no han vuelto a hacer una emisión de acciones, pero han repartido dividendos todos los años.
Son esos beneficios —que en el caso de Ortega suman más de 21.000 millones en estos 25 años— los que el empresario está usando para comprar propiedades y participaciones en empresas de suministros (utilities) en toda Europa.
En otras palabras: Inditex no necesita capital para seguir creciendo. Su propio negocio genera suficiente cash flow como para pagar los gastos corrientes, repartir dividendos y hacer las inversiones necesarias y seguir creciendo a toda velocidad.
Por eso Amancio Ortega no tiene otra cosa mejor que hacer con su dinero que meterlo en el ladrillo.
Es evidente que Inditex es una empresa excepcional. Muy rentable y muy bien gestionada. Si me tiráis de la lengua diré que Zara no es solo una marca de moda: en el futuro será estudiada como una forma de arte (ni confirmo, ni desmiento, que eso es lo que me cuento cada vez que saco la tarjeta para sumar otra *ejem* obra a mi pequeña *ejem* colección). Pero el caso es que la de Ortega no es ni mucho menos la única empresa que no necesita tanto capital como beneficios es capaz de producir.
Al contrario. Al hombre más rico del mundo le ocurre lo que a todos los demás: estamos inundados en ahorros con los que no sabemos qué hacer. Por eso el mundo entero está invirtiendo en inmobiliario, que ya representa el 60% de la riqueza.
En los últimos 25 años, la riqueza global ha pasado de representar 3 a 6 veces el PIB del mundo. O sea, se ha duplicado con respecto a la economía.
Mientras tanto, en la economía digital las oportunidades de inversión productiva para esa riqueza cada vez son menos. Explicado de la manera más elemental posible: las webs de Inditex, que hoy representan un cuarto de las ventas del grupo, no requieren la misma inversión que sería necesaria si esas ventas tuvieran que producirse en tiendas.
Vivimos enterrados bajo una montaña de ahorro. Y sin embargo, el capital, en el siglo XXI, cada vez tiene menos papel en la economía.
La razón es que desde que la tecnología digital comenzó a impactar en la economía (primero en la burbuja de las puntocom, más tarde en la burbuja de las subprime, después en la crisis del COVID) los gobiernos se han entregado a inyectar estímulos monetarios (liquidez) para evitar que se produzca el resultado que hubiera sido natural cuando la digitalización hizo innecesarios grandes sectores de la economía: deflación y decrecimiento.
Para evitar tener que explicarles a los ciudadanos que el crecimiento que había hecho posibles los grandes acuerdos del siglo XX (como las pensiones, el ahorro, o la revalorización de la vivienda, o el “sueño americano”) se había parado, llevamos 25 años inyectando dinero artificial al sistema.
Por esa razón la riqueza no deja de crecer, pese que la productividad está estancaba. Por eso los activos que todavía pueden sostener algún flujo de caja (como la vivienda, las infraestructuras o las empresas energéticas) no dejan de revalorizarse. La burbuja que hay ahora mismo en la bolsa americana, el crecimiento de Bitcoin y las criptomonedas y la revalorización disparatada del oro en los últimos meses son otros síntomas de este mismo problema.
Mientras tanto, a ras de suelo, para la gente que va vez tiene que pagar más por los mismos bienes para retribuir a los propietarios de toda esa riqueza, la percepción es que la vida cada vez es más cara y más difícil.
Incluso habría otra manera de verlo. Una que da todavía más vértigo, pero terminar por explicar lo que está ocurriendo mucho mejor.
En lugar de pensar que los activos (las viviendas, los edificios) se revalorizan y son cada vez más caros, podemos pensar que está ocurriendo lo contrario: el dinero (no una moneda en particular, sino todo el dinero) cada vez vale menos. Se está devaluando. Si consideramos que el valor de los activos es el mismo y no ha cambiado, lo que pasa es que cada vez tenemos que pagar más por el mismo activo.
Esto explica por qué tanta gente siente que son ellos quienes se están devaluando. Su trabajo, su posición en el mundo, que se miden todavía por dinero, pierden valor. Es verdad. Con el valor que una persona era capaz de producir hace 50 años con su trabajo, podía acceder a un número de activos. Hoy puede acceder a la mitad, o menos. ¿Es el activo el que se revaloriza o el trabajo el que se deprecia?
Uno podría pensar que esto es una catástrofe. ¡Nos estamos devaluando sin remedio!
Pero no es así.
El dinero no se devalúa por algún tipo de fenómeno maligno. Pierde valor porque cada vez nos interesa menos: porque nos interesan cosas que no tienen valor económico (esto es, escaso). No nos interesa llenar la estantería de figuritas de Lladró, ni cambiar el sillón cada dos años. Tenemos mucho más interés en viajar a muchos sitios que en tener casa en una sola playa. Y cada vez nos interesa más la conversación con otras personas, o aprender, o ver series, escuchar música, leer, estar con los amigos o con la familia. Vivir.
Lo que ocurre es que cada vez usamos más otra moneda, que es la de la atención. Y esa “nomía” (que no es eco-, sino que “pluto-nomía”) va viento en popa. Es fascinante la cantidad de personas que, en los últimos años, tienen un proyecto paralelo a su trabajo: como un substack, o una revista, o un festival que organizan en los veranos, o una tertulia o un club de running. O lo que sea.
Y lo que ocurre es que desde los códigos del siglo XX se sigue pensando que esas cosas son una distracción de la verdadera tarea del hombre, que es trabajar. Pero no es así. El mundo ha cambiado y lo va a servir haciendo. Y esos proyectos, esos aprendizajes, son las inversiones que en el futuro se revalorizarán.
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Joseph Stiglitiz lo llamó en su librro "El precio de la desigualdad" Marx ya lo predijo, la competencia es autodestructiva y tiende a la concentración, ¿dónde están los talleres de costura en España? ( clandestinos y en negro ) donde empezó todo, en Vietnam o Bangladesh, ya ni en China, esta última empieza a ser demasiado cara