Queridos lectores:
Creo que os debo una explicación. Había prometido publicar un capítulo de esta serie todos los martes de agosto y aquí estoy, con dos tres cuatro cinco días casi una semana de retraso en la tercera entrega.
Ocurre que yo paso los veranos en Reino Unido. Mientras escribía Hijos del optimismo, me escondí en distintos rincones de Escocia y desde entonces, en mi cabeza esta parte del mundo está ligada a la escritura. Este año había planeado quedarme en Glasgow, en lo que iba a ser una estancia un poco monástica. Y como Adam Smith trabajó y enseñó allí durante años, me pareció apropiado escribir una serie sobre su pensamiento.
Entonces la vida se interpuso en mi camino: en el último momento tuve que cambiar de alojamiento y acabé en Edimburgo, donde da la casualidad de que cada mes de agosto tiene lugar el mayor festival de artes escénicas del mundo. Aquí se reunen unas 50.000 funciones de casi 4.000 producciones distintas repartidas por 300 espacios. El Fringe atrae a más de 4,5 millones de visitantes y, para atenderlos, las calles se llenan de barras y terrazas improvisadas. Es una fiesta de un mes a escala metropolitana. No exactamente un retiro apacible.
El plan monástico duró más o menos una semana y mi calendario de publicación salió volando con él.
Todo hay que decirlo: también ha sido un momento extraordinario para pensar sobre los intercambios humanos. El Fringe es, en el fondo, un mercado enorme donde se venden más de 2,6 millones de entradas al año, incluso cuando hay cientos de espectáculos gratuitos. Escribiré algo sobre ello en septiembre, si para entonces no se ha desatado el infierno financiero.
En fin: mis disculpas y volvamos al tema.
Esto es «Los indeseables», la tercera parte de una serie de verano titulada «El error de Adam Smith», donde intentamos encontrar una respuesta a la pregunta de qué es la riqueza. ¿Por qué? Porque la que tenemos no funciona y nos está llevando a un pozo sin fondo.
Si no habéis leído los capítulos anteriores, no os preocupéis: cada uno funciona por separado. Aun así, podéis volver al principio siguiendo estos enlaces:
Los indeseables
¿Qué es la riqueza?
Intuiciones para una teoría del valor basada en el conocimiento
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:: Hijos del optimismo ::
Los indeseables
“Quiero a alguien que me diga qué ponerme por la mañana. No... Quiero a alguien que me diga qué ponerme cada mañana. Alguien que me diga qué comer, qué me gusta, qué no me gusta, por qué enfadarme, qué escuchar, a qué bandas seguir, qué entradas comprar, sobre qué bromear, sobre qué no se puede bromear. Quiero alguin que me diga en qué creer, a quién votar y a quién querer y cómo... decírselo.
Creo que solo quiero a alguien que me diga cómo vivir mi vida, Padre, porque creo que hasta ahora no lo he estado haciendo muy bien. Y sé que es por eso por lo que la gente quiere a gente como tú en sus vidas: porque tú les dices lo que tienen que hacer y cómo vivirlas y qué resultado van a obtener. Y aunque no me creo ninguna de sus gilipolleces y sé que científicamente nada de lo que haga, al final, importa, aún así estoy asustada.
¿Por qué estoy asustada? Dime qué es lo que tengo que hacer. Joder, Padre, solo dime qué es lo que tengo que hacer.”
Flebag, episodio 4, temporada 2, Phoebe Waller-Bridge
Hay una paradoja en la sociedad moderna que tiene desconcertados a los científicos sociales: la gente más cabreada no coincide con los que peor lo están pasando.
La historia oficial es que el deterioro del nivel de vida está en la raíz del descontento social. Pero si miramos en los datos, esa relación directa es muy difícil de encontrar. Los millennials no viven realmente peor que sus padres; la clase trabajadora no es más pobre hoy que hace veinticinco años (en uno o dos países quizá sí, desde luego no en la mayoría); la desigualdad crece en Estados Unidos, pero en Europa, donde el populismo campa a sus anchas, apenas se ha movido en lo que va de siglo. Estar “cabreado” o mostrar “desconfianza” en las instuciones no correlaciona con la clase social: hay puñados de votantes del populismo en los distritos más ricos. Y en conjunto, los países en desarrollo registran niveles de confianza más altos que los desarrollados.
Los políticos y sus equipos se quejan amargamente de esta contradicción. Según ellos, hay una desconexión entre la realidad y lo que siente la mayoría, de manera que, hagan lo que hagan, la gente no reconoce sus logros y «se resiste a aceptar el progreso incluso cuando lo ve venir».
Los demócratas estadounidenses solían desesperarse con esto. Cuando Joe Biden se enfrentó a Trump en unas elecciones, el paro estaba en el 3,4%, el dato más bajo desde 1969. Durante su mandato se habían creado catorce millones de empleos y los salarios más bajos eran los que habían subido más deprisa. Y sin embargo, a pie de urna, el 46% de los votantes dijo que su familia estaba peor que cuatro años antes: una proporción mayor que en 2009, en plena crisis financiera.
¿Es esto una contradicción? Yo creo que no. Solo lo parece si se mira desde el ángulo equivocado.
La mayoría de la gente, aunque sea de forma intuitiva, tiene razón al pensar que sus condiciones empeoran. Porque lo que aquí llamamos «material» es en realidad un eufemismo de «riqueza», y la riqueza no es lo que creemos. Mucha gente se siente más pobre hoy por un buen motivo. Son los analistas quienes no entienden por qué.
Normiemaxxing
Si seguimos el viejo relato racionalista de la economía clásica, la riqueza es el producto del sistema industrial. Un conjunto de items. De ahí se sigue que cuantas más cosas materiales tenga uno, más rico debería considerarse. Si suben los salarios y el empleo, y todo el mundo tiene más cosas que hace diez años, la gente debería estar contenta.
Pero si pensamos la riqueza como un stock de deseo humano —es decir, si la riqueza no es lo que tenemos sino lo que los demás quieren de nosotros—, se hace evidente que el stock de mucha gente lleva una o dos décadas vaciándose.
¿Qué es lo que los demás quieren de nosotros? ¿Qué es lo que los humanos intercambiamos unos con otros? ¿Qué debemos hacer para ser considerados valiosos por los demás?
La sociedad industrial se sostenía sobre un trato: si te comportabas de una manera muy concreta, serías considerado valioso. No hacía falta inventar nada, ni encontrar tu propio camino. No había que ser especial. Ni notable. Ni distinto. Al contrario: cuanto menos especial fueras, mejor te iría.
Tanto es así que los mejores especímenes de esta especie industrial eran los que alcanzaban la normalidad absoluta. Superman, Batman, Spiderman y James Bond eran todos el mismo tópico: el-chico-normalísimo-que-es-en-realidad-un-superhéroe-de-incógnito. Y todos los medios y la escolarización de la segunda mitad del siglo XX fueron un larguísimo ejercicio para enseñarte a ser uno de ellos.
La televisión mostraba cómo era una familia (spoiler: como todas las demás familias de la televisión); la escuela clasificaba a los niños en el mismo puñado de patrones; la moda enseñaba qué ponerse; las revistas para niñas instruían sobre cómo ser mujer; todos los medios explicaban cómo ser hombre, y uno no tenía por qué preguntarse qué estudiar, qué pensar o cómo comportarse. Bastaba con elegir una pareja lo más parecida posible a todas las demás parejas y seguir adelante.
Las rarezas, en cambio, había que enterrarlas bien hondo. Si eras de los que tenían un interés particular, mejor guardárselo. A los inadaptados se les pegaba y se les acosaba rutinariamente en el colegio, y se les difamaba tranquilamente después en los medios de comunicación. La sociedad industrial era un enorme manual de instrucciones para una vida en serie y la verdadera habilidad consistía en seguirlo.
Decir que alguien “sería considerado valioso” en la sociedad es lo mismo que decir que la sociedad lo desearía: habría demanda de él en el mercado laboral, en el mercado sentimental, en la representación de la sociedad que los medios exhiben a diario, y en todas partes.
Así, las grandes marcas como Ford, Volkswagen, Coca-Cola, Nike o Adidas, no producían cosas, sino que fabricaban deseo. Y había dos formas de participar del reparto: trabajar para ellas o comprar sus productos.
En esencia, durante mucho tiempo el mismo capitalismo industrial fue la auténtica fábrica del deseo. Lo que Occidente exportaba nunca fueron los coches ni las latas: fueron el sueño liberal europeo, una visión tecnoutópica y el American Way of Life, pero empaquetados en millares de productos y servicios. Esos tres ideales de lo que podía ser una vida se vendieron al resto del mundo como el futuro y se convirtieron en un enorme stock de deseo alimentado por todos los demás países del mundo. Los ciudadanos occidentales que se atenían al código podían participar de ese stock sin necesidad de demostrar ninguna característica propia. Formando parte del «sistema productivo» podían considerarse valiosos para la sociedad sin tener que crear nada nuevo, ni atractivo, ni especial.
Hoy, aunque nadie se atreva a reconocerlo, ese tiempo se ha acabado.
Desde luego que todas las personas siguen siendo valiosas. Pero en el ámbito de la economía, el valor de algo depende de su escasez. Lo que permitió a un puñado de países vender ese deseo empaquetado durante casi todo el siglo XX fue el monopolio que Occidente tuvo sobre ese sueño. Los países occidentales eran los únicos capaces de proyectar una visión de cómo debía ser una vida buena. Hoy ese monopolio ya no existe. Docenas de países pueden fabricar todo lo que fabricamos nosotros y, sobre todo, pueden proyectar un futuro luminoso para sus ciudadanos.
Lo curioso es que, a falta de uno nuevo, todos están vendiendo el mismo sueño que llevábamos vendiendo los occidentales setenta y cinco años.
China está aplicando un programa rooseveltiano en pleno siglo XXI: infraestructuras a gran escala, una clase media en ascenso y la promesa de que la próxima generación vivirá mejor que esta. India hará lo mismo dentro de poco. México, Chile, Corea del Sur, Singapur, Taiwán, Polonia y los países bálticos son ejemplos de países que hoy resisten la comparación con cualquier nación occidental. En la mayoría de los países en desarrollo hay ya una clase alta que vive una vida indistinguible de la nuestra. Y toda esa gente ha construido sus propias fábricas de deseo, desde destinos turísticos hasta centros financieros, desde estrellas del pop hasta industrias cinematográficas. Ya no desean nuestras cosas tanto como antes.
Nuestro stock de deseo global está menguando y no somos tan ricos como éramos.
Además, el ascenso de todos esos países al papel de fabricantes de deseo lo ha vuelto todo abundante. O, como les gusta decir a los economistas, hay «sobrecapacidad» en prácticamente todos los sectores de la economía industrial.
Podría echar aquí trillones de datos, pero no hace falta. Se ve en cualquier calle comercial: en Primark, Costco, Poundland y el pasillo central del Aldi, donde una motosierra convive con un anorak de esquí. Los productos están en todas partes y ya casi no tienen valor. Están ahí como pretexto para los servicios organizados a su alrededor: los sueldos de los dependientes, el alquiler del local, el margen de quien sea dueño de la cadena. Los productos de la producción industrial se están convirtiendo en commodities, como los plátanos.
Ni siquiera debería sorprendernos, porque no es la primera vez que ocurre. En 1900, cuatro de cada diez estadounidenses trabajaban en el campo; hoy es más o menos uno de cada cincuenta. Mientras tanto, producimos más alimentos que en ningún otro momento de la historia. Exactamente igual que ahora, a principio del siglo XX el triunfo de los métodos agrícolas hundió los precios hasta convertir la comida en una commodity. ¿Diríais que la agricultura «fracasó»? Probablemente no. Triunfó de forma tan completa que dejó de poder repartir su valor entre quienes la practicaban: ya no podía dar sentido, ni valor, a todo el mundo en los países ricos.
La diferencia entre aquel momento y este es que Occidente ya no tiene otro proyecto al que pasarse. Costó quince años y una guerra mundial, pero después del crac de 1929 salimos del paradigma agrícola y construimos otra cosa: el capitalismo de consumo, el fordismo y el estado del bienestar. Ese fue el proyecto que nos trajo hasta aquí, y es el que China y otros están copiando ahora.
Sin un nuevo proyecto económico —o más bien civilizatorio— más allá de «fabricar más cosas», a.k.a. «ser más productivos», Occidente se ahoga. Y por eso la rabia no sigue a los indicadores económicos. Si lo medimos en objetos, el occidental medio de 2026 es rico más allá de lo que sus padres podrían haber imaginado: tiene más ropa, más electrodomésticos, come más calorías, consume más entretenimiento, su casa vale más y probablemente hasta tiene más coches y mejores. Medido en deseo, en cambio, lleva años siendo desposeído.
Por eso la gente se aferra a su casa, a su pensión y a su condición nacional como si le fuera la vida en ello. Son las últimas cosas que poseen que otros todavía quieren. Cuando la gente compara lo que ya tiene con su capacidad de generar deseo nuevo, concluye que sus activos deben defenderse a toda costa. Los políticos lo saben, y por eso son tan reacios a cuestionar esos activos y se comprometen en cambio a hacer todo lo posible para que suban de precio. La consecuencia son las burbujas inmobiliarias de los últimos veinticinco años, en todas partes, y la burbuja del ahorro que vivimos ahora, con los fondos de pensiones sosteniendo el boom de la IA como si no hubiera un mañana.
Los indeseables
En esta carrera hacia el fondo, los hombres se han llevado el peor golpe. La masculinidad era el industrialismo en estado puro, su modelo. Vestidos literalmente con trajes-uniforme, los hombres fueron entrenados meticulosamente para ser iguales a todos los demás hombres. Son quienes menos capacidad tienen para adaptarse.
Si los hombres de la manosfera están enfadados, es porque su stock de deseo —el deseo de las mujeres, el de los empleadores— está menguando: el mercado del «tío normal» se encoge, y estas personas no tienen las herramientas —emocionales, educativas, culturales— para convertirse en otra cosa.
Lejos de ser un problema solo de esos hombres, creo que haríamos bien en reconocer la parte de ese sentimiento que todos llevamos dentro. ¿No estamos todos, de una manera u otra, atrapados entre un viejo modelo de lo-que-deberíamos-ser que ya no renta y el vértigo de convertirnos en algo distinto?
Profesiones enteras sienten lo mismo. No solo los obreros industriales: periodistas, profesores, procuradores, fotógrafos, camioneros, contables y diseñadores gráficos, junto a quienes llevan una tienda de barrio que compite con Amazon o una marca de ropa que compite con Shein.
Y el mismo sentimiento resuena en las tensiones que surgen alrededor de la raza y el género. Lo blanco, la heterosexualidad y el binarismo eran una especie de activo en el que la gente había invertido, a menudo con mucho esfuerzo y sacrificio para encajar en esas categorías estrictas. Cuando esos atributos pasan a ser posibilidades, cuando dejan de ser universales para volverse opcionales y la gente puede desear la alternativa, los antiguos pierden valor.
Más aún: A falta de un modelo nuevo para esta nueva fase del capitalismo, las redes sociales están definiendo el éxito simplemente como lo contrario de la homogeneidad industrial. Donde el siglo XX se cebaba con los raros, ahora tenemos todo un vocabulario de desprecio para quienes no pueden —o no quieren— ser distintos: Karen, NPC, normie, vanilla, basic, wagie, mid. No es de extrañar que casi cualquiera que sea «solo» algo note que el suelo se mueve bajo sus pies.
Aaron Bastani, para referirse a todas las personas que no son necesarias hoy para hacer mover la gran máquina de la economía, acuñó un término: el “innecesariado”. Pero yo creo que sería mucho más exacto referirnos a todas estas personas que se sienten expulsadas de la máquina global del deseo como los indeseados; los nuevos pobres. O peor, los que por su propia configuración vital, sin haber hecho nada más que seguir las reglas, se han vuelto indeseables. Son el undesiderat.
Reponer el stock
¿Se puede revertir esta tendencia? ¿Podemos volver a los viejos métodos de la era industrial y reconstruir las estructuras que un día otorgaron valor a la gente a través del trabajo y de la uniformidad?
El mundo económico y político entero se está haciendo esa pregunta ahora mismo. Todos los debates del momento — China Shock 2.0, la pérdida de competitividad europea, la crisis industrial alemana, los aranceles estadounidenses— son el mismo.
Yo no creo que sea posible.
Primero, porque la industria hoy no necesita tantos trabajadores. Una base industrial más fuerte quizá arreglaría la balanza por cuenta corriente, pero no haría gran cosa por la gente que antes trabajaba en las fábricas. China se está dando de bruces con este problema con unas cifras de paro cada vez más altas y más gente desplazada a la economía informal, igual que en Occidente.
Segundo, porque ya no somos aquellos países. Menos de uno de cada cinco adultos chinos tiene estudios superiores; en la OCDE la cifra supera el 40%, y entre los menores de treinta y cinco roza la mitad. Cuando estábamos en el 15% también éramos máquinas de producir. Pero las sociedades cambian y lo que la nuestra pide hoy es un modelo nuevo, no que le devuelvan el de sus padres.
Y tercero, lo más importante y menos intuitivo: porque fabricar más cosas no haría que la gente se sintiera más rica. Aunque recuperásemos la industria; aunque la gente estuviera dispuesta a trabajar —y a cobrar— como un obrero chino, eso no haría a los europeos más deseados que a sus homólogos de otros países. Sería igual, pero trabajando de sol a sol en una fábrica en feroz competencia salarial con esos obreros de todos los países.
Decía Henry Ford que si le hubiera preguntado a sus clientes qué querían, le hubieran contestado que un caballo más rápido. Los países, hoy, al intentar retornar a un glorioso pasado industrial están haciendo lo que Ford supo evitar. Estados Unidos no puede arreglar su crisis social devolviendo al país las fábricas. China se va a convertir en la fábrica del mundo, pero también fracasará en hacer de ese esfuerzo una fuente de sentido para la mayoría de su población. No podemos arreglar el descontento social aumentando la producción, por la misma razón por la que no podemos medirlo en condiciones materiales.
Lo que necesitamos es un modelo nuevo. Un sueño nuevo. Un stock de deseo nuevo. Y no lo conseguiremos mientras sigamos arrastrando el viejo fantasma de la productividad como fuente de valor social.
Toda esta gente que está enfadada tiene razón en algo. Se les está pidiendo que sean distintos, que sean especiales, que tengan algo propio que ofrecer, cuando toda la vida les habían dicho lo contrario: que tenían que ser iguales; que la igualdad era lo decente, y que destacar, tener una marca personal, querer que se fijaran en uno, querer ser deseado por uno mismo y no por la estructura de la que formaba parte, era una desviación moral. Muchos lo siguen viendo así.
Tanto es así que ya me esperaba que mi post anterior levantara ampollas. Pasa cada vez que hablo de la teoría subjetiva del valor, y volvió a pasar la semana pasada. Hay gente a la que le remueve escuchar que el valor social reside en lo que los demás quieren de nosotros, y no se lo reprocho.
Pero creo que esa gente confunde mis creencias personales sobre el valor humano —o las suyas— con el propósito de este artículo, que es entender el comportamiento de la sociedad contemporánea. Por poner un ejemplo menos cargado políticamente, imaginemos que estuviéramos hablando de cómo elige la gente lo que come. Una discusión versaría sobre lo que deberían tener en cuenta al decidir qué se llevan a la boca; la otra, sobre lo que de verdad les pasa por la cabeza delante de la nevera. Una va de absolutos morales; la otra, de comportamiento observado. A mí me interesa la segunda.
Es lícito pensar que a las personas no habría que medirlas por lo que los demás desean en ellas. Y aun así, cada uno de nosotros lo hace constantemente, y casi siempre sin darse cuenta. Nadie cree que las plazas de profesor deban repartirse por orden de llegada. Nadie paga cientos de euros por oír cantar a una persona elegida al azar, ni lee un libro escrito por cualquiera, ni quiere que su presidente del Gobierno sea elegido por sorteo. Creamos lo que creamos sobre la igualdad de valor humano —y no lo estoy discutiendo—, esto es lo que hacemos y cualquier explicación de cómo reparten las sociedades la renta, la atención y las oportunidades tiene que partir de ahí.
Dicho esto, y dado que este es un tema tan politizado, yo comprendo que hay mucha gente que no querría escuchar a alguien que no comparte sus convicciones morales, del mismo modo que no escucharía ideas sobre biología de quien hubiera declarado su fe en la superioridad de la «raza blanca».
Así que dejadme aclarar mi postura personal sobre el valor humano desde el punto de vista moral, para que todo el mundo pueda relajarse:
Yo creo que todo ser humano es un milagro.
Hay una cita que vive en mi cabeza sin pagar alquiler. La escribió Erik Olin Wright en el diario que publicó durante sus últimos días, mientras padecía una leucemia terminal:
«Me queda muy poco tiempo en esta maravillosa forma de polvo de estrellas de la que he estado hablando durante los últimos meses. No siento ningún temor. Quiero asegurarles que no tengo miedo. Me parece muy mezquino quejarse de la eventual disolución de mi polvo de estrellas de nuevo en el polvo de estrellas del cosmos después de haber vivido 72 años en esta extraordinaria forma de existencia que tan pocas moléculas de todo el universo llegan a experimentar. De hecho, incluso utilizar la palabra “experiencia” en relación con mi polvo de estrellas es algo asombroso. Los átomos no tienen experiencias. Son simplemente materia. Eso es, en el fondo, lo que soy: materia. Pero materia organizada de una forma tan compleja, atravesando varios umbrales de complejidad, que es capaz de reflexionar sobre su propia condición de materia y sobre lo extraordinario que ha sido estar viva, ser consciente de estar viva y, además, ser consciente de ser consciente de estar viva.»
Somos —de verdad lo somos— polvo de estrellas.
Digamos que hay 10⁸⁰ átomos en el universo observable. Escoged uno al azar. Las probabilidades de que pertenezca a la biosfera —esa fracción minúscula de materia que está viva en la Tierra— son de una entre 10³⁹.
Y no os quedéis ahí. No somos «materia viva» a secas. Somos seres humanos, la única especie capaz de reflexionar sobre su propia materialidad; los únicos conjuntos de átomos conscientes de estar vivos. Por si fuera poco, tú y yo pertenecemos al puñado diminuto de seres humanos que, en las más de 12.000 generaciones que nos precedieron, no tienen que temer ver morir a sus hijos de una forma horrible. Las probabilidades de que existamos, la probabilidad de que cualquiera de nosotros esté aquí disfrutando de esta experiencia inimaginable, son, como dijo Richard Dawkins, «estupefacientes».
Somos un milagro. Todo ser humano que haya nacido lo es. Incluso los más despreciables, como Pol Pot, o Mussolini, o quien inventó esos escapes que los motoristas más miserables instalan en sus motos para hacerlas más ruidosas: cada uno de nosotros es un prodigio.
Yo suscribo esa idea de que somos una manera que tiene el Cosmos de descubrirse a sí mismo, y el hecho de que malgastemos un solo segundo de nuestra existencia extraordinaria, preciosa y limitada peleando por quién es dueño de qué, o quién nos debe algo, o por cualquier otra minucia de la vida, me resulta tan ajeno que a veces me dan ganas de agarrar a la gente por las solapas y gritarles: «¿No te das cuenta de que te vas a morir, insensato?».
Pero no puedo. No se me permite zarandear a gente random para que crean lo mismo que yo. Ni a mí ni a nadie. Tampoco conozco ninguna fuerza lo bastante poderosa como para que todo el mundo llegue a mis mismas conclusiones.
Y tampoco cometería el error de creer que tengo derecho a intentarlo. No soy en absoluto superior a nadie por pensar así. Si puedo desprenderme de mi experiencia individual es porque tuve la oportunidad de aprender historia, física, matemáticas, astronomía y filosofía mientras otros no la tuvieron. También tengo ventajas —cierta cantidad de dinero, inteligencia, formación, los atributos sociales adecuados— que me permiten vivir una existencia acolchada frente al miedo. Si mi vida hubiera sido otra, tendría otras creencias. Del mismo modo que probablemente sería musulmana practicante si hubiera nacido en Arabia Saudí, o analfabeta, desdentada y madre de diez chiquillos si hubiera nacido en 1670.
Así que tendréis que disculparme si no me interesa discutir absolutos morales sobre el valor humano. No es que no crea que esos debates importan: importan. Pero resultan poco prácticos en un momento en que nos cuesta encontrar terreno común sobre asuntos mucho más sencillos.
En su lugar, creo que puedo ofrecer algo más útil: una teoría subjetiva del valor humano más justa que la que tenemos ahora. Una que funcione, con la que la gente pueda tomar decisiones.
Porque hoy, como dice Phoebe Waller-Bridge de forma tan inolvidable en Fleabag, mucha gente está pidiendo instrucciones. Quieren que alguien les diga qué estudiar, para quién trabajar, qué les tiene que gustar, qué no y a quién odiar. Necesitan reglas nuevas.
Esto es lo que busco con esta serie. No un acuerdo sobre cuánto vale una persona, sino una explicación de cómo se fabrica realmente el valor social, de por qué somos valiosos unos para otros, que se sostenga con independencia de la tesis moral de cada cuál.
De eso va esta serie.
El próximo viernes —con suerte— publicaré la conclusión. Si el deseo es valor, ¿qué es lo que queremos los unos de los otros? ¿De qué está hecho el deseo humano por otros humanos? O, dicho de otro modo: ¿qué es la riqueza?
Y el martes siguiente cerramos con algunas intuiciones para una teoría del valor en la que el conocimiento, y no el esfuerzo, ocupe el papel principal.
Espero que me acompañéis, pese a mis retrasos injustificables.
Si este artículo te ha hecho ver el mundo desde otra perspectiva, y si te gusta esa sensación de que, de pronto, te de la vuelta la cabeza, creo que te gustará Hijos del optimismo. Es mi primer libro, el hermano mayor de esta newsletter y la explicación más potente de los cambios que estamos atravesando.



Impresionante, María. Me ha gustado mucho el artículo. Creo que estás poniendo el dedo en la llaga. Espero ansiosamente el siguiente artículo. Gracias