4 de julio de 2026: la fiesta del fin del siglo americano.
El momento que atravesamos no se parece a la burbuja de las puntocom, sino a otra crisis mucho más temible: el crash que en 1929 acabó con la hegemonía británica e inauguró el "Siglo Americano"
Ayer fue 4 de julio y Estados Unidos celebró el 250 aniversario de su declaración de independencia. Como si el destino se hubiera apuntado a la fiesta, esta semana se han conjurado tres acontecimientos: la deuda pública americana ha alcanzado el 100% del PIB por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial; la parte de la población que trabaja o quiere trabajar ha tocado mínimos de los últimos 50 años y la primera empresa de la inteligencia artificial se ha ofrecido a regalar al gobierno de EE.UU. el 5% de sus acciones —valoradas en algo así como 40.000 millones de dólares— para “despejar los obstáculos políticos” que pudieran interponerse en su camino.
No parecen muy buenas noticias. Mucho menos datos propios de un país que todavía se considera el líder del mundo libre. Aun así, el tono de las celebraciones que llegan del otro lado del Atlántico —que incluyen un torneo de gladiadores en el jardín de la Casa Blanca— es el de una euforia casi histérica. Subido, como está, al hype de la IA, el establishment americano cree que está alumbrando una cuarta revolución industrial que los volverá a colocar a la cabeza del progreso.
Se ha dicho muchas veces que esa exuberancia que transmiten sus responsables es el síntoma de una burbuja parecida a la que explotó en el año 2000 con las puntocom. Pero yo tengo otra teoría. Creo que el momento actual se parece mucho más a un punto distinto de la Historia. Uno más oscuro. Más peligroso. También menos conocido. Creo que atravesamos un momento idéntico al crack de 1929, el que dio lugar primero a la Gran Depresión y después a la Segunda Guerra Mundial.
Y sé que suena terrorífico, pero no lo es. Porque en esta ocasión tenemos la oportunidad de comprenderlo a tiempo y anticiparnos.
La cosa es esta:
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1929
La década de los años 20 del siglo pasado, igual que esta, fue un tiempo de entusiasmo. Superada la Primera Guerra Mundial, la extensión de los coches, la radio, la electricidad, la aviación y los primeros electrodomésticos hacían anticipar una auténtica utopía futurista (1). El mundo estaba cambiando a toda velocidad y nadie podía imaginar hasta dónde llegaría, pero lo que estaba claro es que los afortunados habitantes de los países ricos iban a ser los ganadores de aquella partida. Fueron los “Roaring Twenties” en EE.UU., las “Années folles” en Francia y los “Golden 20s” en Alemania.
Bajo aquella euforia, con los avances tecnológicos habían llegado, sin avisar, nuevas técnicas de producción agrícola que habían multiplicado la productividad del campo (2). En circunstancias normales aquello debió haber producido una reducción de la demanda y una caída de los precios que habría ido estrangulando la economía desde mucho antes de 1929, pero aquellas no eran circunstancias normales y lo que ocurrió fue justo lo contrario: durante el tiempo que duró la Primera Guerra Mundial, para suplir a Europa, los agricultores americanos vieron aumentar la demanda.
Cuando la guerra terminó y Europa volvió a ocuparse de su propia producción, el mundo se inundó de materias primas y productos agrícolas cada vez más baratos. Los precios comenzaron a desplomarse y, con ellos, los salarios en el campo. Muchas explotaciones tuvieron que cerrar y otras muchas tuvieron que endeudarse hasta las cejas (3) para sobrevivir. La gente comenzó a comprar a crédito mucho antes de 1929.
La caída de los salarios puso freno a la demanda (4) de bienes de consumo. Quien podía permitirse comprar un frigorífico o un coche a los precios de 1925 ya se lo había comprado. Quien no, tampoco podía hacerlo en 1929. El precio de la vivienda (5), que había subido con fuerza en los primeros años 20, comenzó a bajar en 1926 y dejó a mucha gente atrapada: endeudada por encima del valor de sus viviendas.
Mientras tanto, la bolsa americana subía como la espuma (6), desconectada de la realidad (7) cada vez más difícil de los ciudadanos y borracha —como ahora— de las expectativas de crecimiento infinito que traía la nueva tecnología. Maravillados por lo que parecía una máquina de hacer dinero, miles de particulares invertían sus ahorros a diestro y siniestro en los mercados financieros. Si no tenían ahorros, daba igual: pedían un crédito para comprar unas acciones. No podía ser una mala idea en un momento en el que parecía que no iban a dejar de subir nunca.
Dicen que Joseph P. Kennedy, el padre del que después sería presidente de Estados Unidos, se paró un día de octubre de 1929 a que le lustraran los zapatos en la calle. Asombrado, escuchó cómo el limpiabotas empezaba a darle consejos sobre qué acciones comprar y cuáles iban a subir. Kennedy concluyó que si hasta aquel muchacho tenía opiniones sobre el mercado, la burbuja estaba a punto de estallar (8). Así que vendió sus posiciones, salió indemne del peor crash de la historia de Wall Street y pasó a la historia con esta anecdotilla.
2026
El mundo de hoy se parece tanto a 1929 que da un poquito de miedo hasta pensarlo.
(1) Igual que entonces, la IA se presenta como una utopía tecnooptimista que está a punto de cambiarlo todo.
(2) También hoy atravesamos una gigantesca crisis de sobreproducción que está desplomando los precios. Con la única diferencia de que no es la agricultura ni la extracción de materias primas lo que se está tambaleando, sino la industria. En los países ricos, durante los últimos 25 años, el precio de los objetos ha caído o se ha estancado. Todo lo que se produce industrialmente se ha abaratado en términos relativos y estamos inundados de productos cada vez más baratos.
No debería hacer falta ningún dato para entender este fenómeno. Resulta evidente para cualquiera que haya observado la avalancha de tiendas de todo a cien (o similares) que ocupan cada vez más espacio en las grandes ciudades, o el huracán que han supuesto Temu, Aliexpress o la Tiktok shop. Lo que ocurre es que los productos industriales están siguiendo el mismo camino que un día transitó la comida: de una industria de artesanos, meticulosamente ordenada para no desperdiciar nada, a otra de escala donde los supermercados venden cada vez más y más barato. Los artículos electrónicos no están lejos hoy de los tomates.
No debería hacer falta ningún dato para entender este fenómeno, pero también los hay. Este artículo del Financial Times lo explica con lucidez:
Exactamente igual que ocurrió con la Primera Guerra Mundial el siglo pasado, en estos años la pandemia del COVID, la invasión de Ucrania, la guerra de Irán y las demás fantochadas a las que nos tiene acostumbrados Donald Trump empañan la realidad económica y no nos dejan ver que, más allá de las crisis de oferta y de la burbuja de la IA, el momento es de una profunda desaceleración.
(3) Hoy, igual que entonces, el mundo se ha visto obligado a endeudarse para compensar los rendimientos decrecientes de la industria. Solo que en esta ocasión no han sido los agricultores los que han soportado el peso de la deuda, sino los estados.
La deuda pública de los países ricos ha pasado de aproximadamente el 70% del PIB en el año 2000 al 110% en 2026. Estados Unidos empezó el siglo debiendo un 33% de su PIB —Clinton llegó a soñar con liquidar la deuda entera— y acaba de cruzar el umbral del 100%. China debía un 22%; hoy —si contamos lo que esconden sus gobiernos locales— supera el 125% y va camino del 150%. Los grandes países industriales llevan un cuarto de siglo endeudándose para subvencionar una industria que ya no puede producir suficientes rendimientos.
(4) El estancamiento de los salarios en Occidente, que acumula una trayectoria de tres décadas, tiene hoy las mismas consecuencias que en 1929: los mercados no pueden crecer sin una demanda que crezca con ellos. Se puede producir más, cada vez más barato, pero no se puede vender a quien no tiene con qué comprarlo. Las industrias quedan atrapadas dentro del perímetro de sus clientes de siempre, condenadas a pelearse por un pastel que ya no crece.
(5) El precio de la vivienda lleva varios años estancado o en descenso en la mayor parte de Occidente. España y Portugal son los dos outliers en esto, pero en EE.UU., como en otros países desarrollados, es un fenómeno evidente y bien conocido.
(6) A pesar de que todos estos indicadores deberían convocar a la prudencia, las bolsas americanas llevan casi cuatro años desbocadas, creciendo casi en vertical con la única promesa de que la IA va a transformar el mundo.
(7) Mientras tanto, no parece que los ciudadanos estén tan convencidos de que ese cambio sea a su favor. Mientras el SP500 sigue marcando máximos, la confianza de los consumidores está en mínimos históricos.
(8) ¿Qué decir de los limpiabotas? Hace semanas que los principales hedge funds están saliendo de las empresas de la IA y hay gente muy seria alertando de que esta última remontada de la bolsa no es nada más que el traspaso del riesgo de los inversores profesionales a los amateur. Mientras tanto, hoy Twitter es un hervidero de inversores wannabe, encantados de haberse subido a esta ola y siempre dispuestos a contártelo.
Lo malo es que no te abrillanten los zapatos mientras te lo explican.
Del siglo británico al siglo americano
1929 marcó el final de un ciclo y el principio de otro. El comercio de materias primas había caracterizado la economía de la primera parte de la era industrial, bajo el dominio de Inglaterra. Esa supremacia se fue agotando poco a poco durante los primeros 30 años del siglo XX y terminó de desmoronarse con el crash. Entonces dio comienzo —guerra mediante y con mucho esfuerzo— lo que alguien bautizó como “el siglo americano”, la segunda gran etapa de esa era.
A diferencia del siglo británico, el siglo americano fue el de la producción en serie, el del fordismo, el trabajo como contribución social y el consumo como motor del crecimiento; el de los estados del bienestar y la vivienda en propiedad. Lo que muchos años después se acabó lamando el “sueño americano” de la prosperidad.
Ese tiempo, ese siglo, es lo que está muriendo hoy.
Los marxistas en la sala dirán que esto no son más que crisis de sobreproducción como las que había pronosticado Marx hace 150 años. Los neoclásicos argumentaran que son un saludable ejercicio de destrucción creativa consustancial al capitalismo: una forma de detox del sistema.
Con independencia de la interpretación que haga cada uno, el hecho es que después de 1929 el mundo estuvo a base de zumos durante los siguientes 10 años, el tiempo que duró la Gran Depresión. Y no contento con esa limpieza, en 1939 dio con sus huesitos en la guerra. Y el riesgo que corremos en la actualidad es algo parecido a eso.
Y yo diría que esa amenaza está ahí tanto si explota la burbuja con violencia, como si no. Ya está ocurriendo, en realidad. Hace mucho tiempo que sabemos que la fabricación y el consumo de bienes industriales no puede ser el motor de la sociedad: que no es ya una aspiración suficiente como para ponernos a todos a caminar en la misma dirección. El empleo industrial cada vez es un porcentaje más pequeño del total en los países occidentales y hasta en China parece haberse estancado. Por efecto de la difusión del conocimiento, las nuevas tecnologías nacen comoditizadas y ya no pueden producir las inmensas ganancias de la industria en el siglo XX. Más allá de las cifras, las nuevas generaciones muestran un rechazo evidente al trabajo seriado y al consumo de masas. Se mire por donde se mire, el siglo americano está muriendo. Trump y la deriva del gobierno actual es el síntoma.
Todo el tiempo que tardemos en reaccionar será como aquellos años en los que los trabajadores del campo americano daban evidentes muestras de estrés y las élites de Washington y Wall Street no les hacían ni caso.
Manual de supervivencia para una recesión
Los historiadores económicos suelen decir que la Gran Depresión se produjo porque la respuesta al crash del 29 no fue acertada. Para defender el patrón oro, los bancos centrales subieron los tipos y redujeron la masa monetaria justo cuando la economía pedía lo contrario. Los gobiernos, obsesionados con el equilibrio presupuestario, recortaron gasto y subieron impuestos en plena caída. Además, dejaron quebrar miles de bancos, porque consideraban que rescatarlos era inmoral. El espíritu del momento era el de la purificación. Había que sacar “la podredumbre del sistema” —dicen que dijo el secretario del Tesoro americano, Andrew Mellon— aunque para ello hubiera que “liquidar las acciones, las granjas y a los trabajadores”. Para rematar, cada país levantó aranceles contra los demás y entre todos desataron una guerra comercial que hundió el comercio mundial. Cada gobierno intentó salvarse solo y se acabaron hundiendo juntos.
Pero yo creo que hubo algo más importante.
En 1930 el mundo no tenía un plan alternativo. No solo para crecer; tampoco para ofrecer a cada persona un trabajo que pagara lo suficiente como para sostener la economía; mucho menos para darle a cada ciudadano un lugar en el mundo. Extraer y transportar materias primas ya no requería ni tanto trabajo, ni tanto capital como antes. La Gran Depresión se produjo, sobre todo, porque el modelo británico ya no servía para organizar la sociedad. Y costó 15 años y una guerra que apareciera algo que lo sustituyera.
Entonces se conjugaron las tres ideas que fundaron el siglo americano: el fordismo, que consistía en fabricar coches, pero también en pagar a los obreros lo suficiente como para que pudieran comprarlos; los estados del bienestar, que transportaron esa lógica al pacto social y un nueva idea de sociedad donde cada persona iba a tener un papel en el mundo.
Ahora, como entonces, sospecho que la salida del impasse en el que nos encontramos va a requerir los mismos ingredientes.
El primero ya lo hemos usado antes y sabemos que funciona: trabajar menos. La salida de la crisis de 1929 conllevó una reducción drástica de las horas trabajadas, de las 60 semanales que eran habituales en 1930 a las 40 actuales. De las horas liberadas salieron la educación de masas, el tiempo libre y las vacaciones pagadas — y de ahí, todo lo demás. Una generación entera pudo estudiar. Después, otra fue a la universidad y produjo la gran transformación de nuestro tiempo. (Si no sabes de qué hablo, es que no has leído mi primer libro, Hijos del optimismo y esto tiene que cambiar :p).
La reducción de la jornada laboral en la década de los 30 es quizá la transformación más importante del siglo XX. Una que dio lugar a una sociedad distinta. Y hoy necesitamos algo muy parecido. Podríamos empezar por la semana de 4 días.
El segundo ingrediente es sacar del armario a la sociedad que somos. He argumentado muchas veces que creo que estamos en una verdadera “sociedad del conocimiento”, pero que es una que lleva 25 años amordazada en un cuarto trasero porque nos da pánico dejarla salir del todo, enfrentarnos a la idea de que el esfuerzo ya no es la fuente del valor: lo es el ingenio. Por eso preferimos seguir haciendo como que estamos en una era industrial, donde la economía se mide en horas y sudor (o en productividad, que viene a ser los mismo), donde las fábricas siguen siendo el centro del mundo. Pero lo que hoy de verdad produce valor —el software, la ciencia, los datos, las ideas, las marcas, las tendencias, las formas de vida— no se comporta según esas reglas, por más que nuestras instituciones se niegen a reconocerlo.
El tercero es entender qué significa construir un estado del bienestar en la era del conocimiento. El del siglo XX extendió el bienestar material: sanidad, pensiones, vivienda, la garantía de que nadie quedaba fuera del reparto industrial. No habrá sociedad del conocimiento sin su equivalente: la extensión del bienestar intelectual. La posibilidad de comprender, de participar, de vivir incorporado al mundo del siglo XXI y no arrastrado por corrientes ajenas e incomprensibles. En 1950 el pacto era que cada obrero pudiera comprarse lo que fabricaba. El pacto que viene tendrá que ser que cada ciudadano pueda entender —y usar y discutir— lo que el conocimiento produce.
Si interesa este artículo, no puedes dejar de comprar Hijos del optimismo. Es mi primer libro y la mejor explicación que he sido capaz de componer sobre las transformaciones que están ocurriendo en el mundo.



