El gran reemplazo: trabajadores por tokens
La sustitución que realmente está teniendo lugar en la economía no tiene nada que ver con el origen de la gente. Lo que estamos observando es un divorcio entre la bolsa y la vida.
La semana pasada tuvo lugar en la economía mundial algo inaudito. En mitad de una guerra que aún amenaza con elevar los precios de los combustibles —y, por ende, de todo lo demás— y mientras los datos de la economía americana, alemana y china están cada día más pochos, la bolsa americana tocó máximos históricos.
El dato lo puso la aparente contradicción entre dos indicadores: Al tiempo que el SP500 superaba su mejor cota, la confianza de los consumidores, la señal que apunta si la gente percibe que las cosas van bien o mal, tocaba mínimos, incluso por debajo de 2008.
Hasta el año 2020 ambos movimientos habían ido de la mano. Tiene sentido. A las empresas les va bien cuando la gente consume, invierte y se endeuda; cuando confía en el futuro. Así que esa encuesta es una brújula bastante fiable para anticipar si la economía se expande o se contrae.
Pero en estos últimos años estamos observando un patrón nuevo: la bolsa no deja de subir —ha duplicado su valor en 5 años— ni siquiera en estos meses en los que los economistas coinciden en que la economía global se está desacelerando.
La respuesta está, en gran medida, en la burbuja de la IA. El miedo a quedarse fuera del reparto de los astronómicos beneficios que prometen obtener las tecnológicas gracias a esta tecnología está llevando a las bolsas a una exhuberancia que yo ya no sé si se puede calificar de irracional o hay que llamarla estúpida.
Pero creo que hay algo más, mucho más profundo. Lo que estamos viendo no es solo una burbuja puntual, sino un cambio de mentalidad. Entre quienes mueven el capital se ha instalado la idea de que la economía, en su conjunto, va a crecer menos —o a dejar de crecer— y que la creación de valor se va a concentrar en unas pocas empresas que van a ser capaces de capturar ese crecimiento menguante.
Esto es lo que subyace debajo de todos los relatos apocalípticos de la IA: que esta tecnología va a incrementar la productividad de unas pocas empresas, pero a coste de destruir muchas otras.
El resultado de esa ecuación es bien conocid: lleva repitiéndose 25 años. Cuando las tecnologías digitales se extienden, automatizan tareas para las que antes había que contratar personas. Así, se llevan por delante ámbitos enteros de la economía, con todos sus puestos de trabajo asociados. A falta de otros que nazcan en su lugar, el resultado de esa operación es que la economía encoge. Lo que observamos en todos los indicadores es un consenso en torno a la idea de que la deriva actual de la IA perjudicará a la economía en su conjunto.
De manera que todo el mundo acierta: los consumidores tienen razones para pensar que a ellos les va a ir peor y los inversores tienen otras para creer que la bolsa va a ir muy bien.
Estamos siendo testigos del divorcio entre la bolsa y la vida.
Hace un par de días Mark Zuckerberg anunció que Meta despedirá al 10% de su plantilla, 8.000 personas, para gastarse ese dinero en centros de datos. Era el último de una saga de decisiones explicitadas en la misma línea en Oracle (30.000 personas), Accenture (11.000) o Amazon (~30.000), entre otras.
Alguien podría pensar que anunciar despidos para gastar más en capital es una muy mala idea que perjudica seriamente la reputación de tu compañía. Pero eso era en los tiempos en los que tener muchos empleados te hacía ser una empresa bien considerada. Y esto es lo que está cambiando a toda velocidad. Por primera vez de forma explícita, grandes compañías están diciendo que el futuro se juega en la sustitución de trabajo por capital tecnológico —y que ellos, desde luego, no serán los que se queden en el lado de los perdedores del nuevo ciclo.
Trabajadores por tokens, este es el verdadero gran reemplazo de la economía actual.
Alguien podría pensar que esto es un drama: ¿qué harán todos esos trabajadores que se queden sin trabajo? ¿De qué vivirán? ¿Cómo darán de comer a sus hijos?
La verdad es que ese es el menor de nuestros problemas. En el año 2026 hay recursos más que suficientes en el mundo para hacernos cargo de toda la población, aunque no trabaje.
El problema es otro: si esta nueva vuelta de tuerca de la digitalización, sumada a un más que probable estallido de la burbuja de la IA, nos hace enfrentar de una vez por todas el maldito elefante en la habitación de la sociedad contemporánea, que es el fin del trabajo…
¿Cómo se decide quién contribuye, quién es de fiar, quien merece nuestra atención y quién pertenece al común? ¿Qué sustituirá al empleo como mecanismo de reconocimiento, jerarquía y legitimidad social? ¿Cómo se ordena una sociedad cuando el trabajo deja de ser la medida del valor de las personas?
Esta es la pregunta de nuestro tiempo.
Y tú, ¿tienes una respuesta?
Te leo —con mucha atención— en los comentarios.
Si te interesa este contenido, te encantará mi primer libro, Hijos del optimismo. Hace un recorrido por todos los cambios que han tenido lugar en estas décadas de la sociedad del conocimiento y apunto ideas para seguir adelante.



